Mercado negro online

El lado oscuro del e-commerce: las nuevas “cuevas” del delito

A partir del notable crecimiento del comercio digital en Argentina, también se expandió por esas plataformas el comercio de objetos robados. Radiografía de una metodología delictiva que llegó para quedarse. Por Juan Federico
miércoles, 22 de septiembre de 2021 · 01:20

Ilustración Daniel "Pito" Campos

 

El comercio electrónico, en línea o por internet, adquiere una sola nomenclatura que engloba sus múltiples rostros: e-commerce. La mayor conectividad en Argentina, potenciada por una proliferación de teléfonos celulares, los nuevos “ciudadanos digitales” (denominación que deja afuera a varios ciudadanos más, con reclamos mucho más urgentes), tuvo un impacto en el e-commerce local a partir de la cuarentena que en el país comenzó a regir a fines de marzo de 2020. 

Sobre la pandemia y su gestión autóctona se escribirá y analizará mucho. Al igual que en buena parte del mundo, el orden que conocíamos se quebró. En el país, se potenciaron las brechas y aquel anhelo de una “nueva normalidad” terminó por trocar en otra crisis más. Esta vez, profunda, casi humillante. 

La introducción no es antojadiza. Porque en Argentina en los últimos 18 meses se conjugaron ambos fenómenos: el boom del e-commerce y una proliferación delictiva, hija de una intemperie social que excede al bolsillo. 

Según un estudio de la consultoría Kantar y de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico, en sólo seis meses de este 2021 el e-commerce movió más 314.000 millones de pesos, un?104% más?de manera interanual?.

De los casi 45 millones de habitantes que tiene el país, se estima que 34 millones tienen redes sociales. Y es allí donde anida el corazón de este fenómeno: el surgimiento del marketplace (“lugar de mercado”) digital. Un gran número de empresas que ofrecen productos de todo tipo convergen a sólo un clic de distancia. 

Mercado Libre, Amazon y eBay aparecen como los marketplaces más conocidos a nivel local. Para comercializar allí, es necesario someterse a todo un proceso de registro y validación: un sistema de identificación digital (SID) que entre otras medidas solicita varias selfies con diferentes gestos del potencial usuario, con el objetivo de realizar un reconocimiento efectivo y evitar el fraude de identidad a través del uso de imágenes robadas.? 

 

Salto mundial 

El fenómeno tiene su contexto latinoamericano. En 2020, el año de la pandemia y el confinamiento, la región tuvo el mayor crecimiento de e-commerce. Argentina se convirtió en el mercado de comercio electrónico minorista con el salto más rápido del mundo, según un informe que elaboró eMarketer. En ese punto, la Cámara Argentina de Comercio Electrónico también le puso cifras a lo que ocurrió el año pasado en este rubro: un crecimiento de un 124%. 

Es en medio de toda esta reconfiguración del mercado que también tuvo un pico de crecimiento Facebook Marketplace, “un lugar para descubrir y comprar artículos”, según la descripción del sitio. Su uso se expandió en Argentina de manera exponencial porque es realmente un mercado a “cielo abierto” donde se ofrece a la venta desde una casa hasta un vaso de plástico. Ello lo hizo sumamente popular. 

También ayudó a su gran crecimiento que cualquier persona puede ser vendedor o comprador sin tener que pasar por el riguroso proceso de validación antes mencionado. Exige los mismos requisitos que para abrir una cuenta en la red social: un correo electrónico y un chip de celular para validar, dos cuestiones que de ninguna manera aseguran que un usuario conozca la real identidad del otro usuario que está del otro lado de la pantalla. No hay historial de quienes venden ni valoraciones de otros clientes, por lo que todo queda reducido a una cuestión de confianza (o fe) personal entre los involucrados. Y a las averiguaciones que se puedan hacer de manera privada, a través de las mismas redes. 

Muchísima gente encontró allí un medio gratuito y veloz para llegar a miles de potenciales clientes con excelentes resultados. Desde quienes elaboran algún producto comestible hasta los que desean sacar de circulación algo en particular que ya no necesitan tener más en casa y, de paso, perciben un dinero que siempre viene bien. Cientos de miles de usuarios con comercializan con éxito y de buena fe en estos sitios. Pero, entre ellos, también se mimetizaron los delincuentes. 

 

“Cueva” online 

Camuflados pero a la vista de todos, los ladrones encontraron un nuevo espacio donde operar siguiendo aquel viejo axioma que dice que el mejor escondite está a la luz del sol.  

Antes del auge del e-commerce, a los delincuentes se le hacía necesario contar con aceitados mecanismos para llegar a los “reducidores”: comerciantes inescrupulosos que les compraban los objetos robados y los vendían en sus locales: aparatos electrónicos, celulares, joyas y hasta bicicletas, televisores “flojos de papeles”. 

Hoy, los investigadores policiales y judiciales coinciden en que, si bien estas “cuevas” continúan funcionando en las grandes urbes del país, buena parte del negocio turbio se trasladó a las plataformas digitales. 

Haciéndose pasar por usuarios, los ladrones abren directamente una cuenta bajo un nombre ficticio para ofrecer objetos robados. En general, los presentan a precios relativamente bajos, por lo que rápido encuentran algún comprador, lo que alimenta un verdadero “mercado negro” montado sólo a partir de una computadora o un celular con acceso a internet. 

 

Vendo bici 

¿El que lo adquiere es cómplice de toda esta maniobra? Vale aquí un ejemplo real. Días atrás, Javier estaba buscando una bicicleta para su niño de 7 años. Buscó en internet y localizó, relativamente cerca de su casa, una oferta que le llamó mucho la atención: “Poco uso, 9.000 pesos”. El precio estaba casi a la mitad de lo que había encontrado hasta entonces. Contactó al vendedor, pasaron a un chat privado y pronto acordaron monto y hora de la transacción. Cuando llegó al domicilio indicado, algo le llamó la atención: no observó indicios de que allí vivieran niños, tal como le había dicho el vendedor. Pero no tuvo tiempo para indagar mucho. Pagó y se llevó la bicicleta a su casa. 

Las fuentes consultadas aseguran que es “impresionante” la cantidad de objetos robados que se venden ahora a través de redes sociales, lo que obligó a las principales fuerzas de seguridad a crear cuerpos de investigadores dedicados al ciberpatrullaje.  

La tarea no es sencilla, ya que una vez que logran identificar algún objeto robado que se ofrece a la venta, se topan con varios escollos: el vendedor no está identificado con su nombre real, sitios como Facebook no facilitan los datos de manera simple y veloz cuando un fiscal o juez se los pide, por lo que nos les queda más remedio que “infiltrarse” y simular ser potenciales compradores, siempre y cuando un juez o fiscal los avale, algo que supone una gran inversión de tiempo y recurso humano para poder encontrar sólo un objeto robado en particular.  

Mientras realizan toda esa pesquisa previa, es posible que un comprador que no pregunte tanto ya haya acordado la operación con el vendedor camuflado y se frustre la investigación. 

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