Memorias

Mariano Moreno, el suspiro de un bravo ardor

El inmenso revolucionario de 1810 tuvo un protagonismo fugaz, apenas unos meses en nuestra historia naciente, hasta que lo sorprendió una muerte que siempre ha estado envuelta en misterio y sospechas. Pero dejó indeleble el trazo que nos condujo hacia la libertad y la independencia.
lunes, 24 de mayo de 2021 · 00:01

“Las fortunas agigantadas en pocas manos, a proporción de lo grande de un estado, no sólo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, no solamente cuando en su poder absorben el jugo de todos los ramos de un estado, sino cuando en nada remedian las grandes necesidades de los infinitos miembros de una sociedad”

Mariano Moreno fue casi como un suspiro en la historia argentina. Pero acaso el más ardoroso y potente de nuestros primeros suspiros. 

Por un espíritu como el suyo, que resumía la pasión, el pensamiento y la acción de aquella generación que saltó a la gran escena en 1810, los agitados y luminosos días que alumbraron al primer gobierno patrio pasaron a la memoria colectiva como “La Revolución de Mayo”. 

Es que sólo una verdadera revolución podía dejar abierto, sin retroceso, el camino hacia la independencia final y sólo modificar el gobierno y dejar el resto de las cosas como estaba.

Nacido en Buenos Aires en 1778, cuando tenía 21 años partió hacia Chuquisaca, Alto Perú, para cursar sus estudios de abogacía. Regresó en 1805, ya casado con María Guadalupe Cuenca, una niña de Charcas que estaba resuelta a convertirse en monja hasta que se cruzó con el futuro revolucionario. Venían con Marianito, el hijo de ambos.

Justo a tiempo para entrar en el huracán de la historia.

De lo primero que tomó nota su corazón patriota, fue de los sentimientos revelados en la  invasiones inglesas. “Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a 1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad”, cronicó.

Es decir, así como había constatado multitudes con sus mismos sentimientos, que armados de coraje y decisión terminaron por echar al invasor, también había visto a los sectores de la case alta porteña ofrendarse sin vergüenza a los que por unos días fueron amos de Buenos Aires.

Moreno había regresado a la ciudad con el propósito de proveerse de prestigio profesional, todo un desafío para ser uno de los 14 hijos del funcionario español Manuel Moreno y Argumosa, y de Ana María Valle, una familia con recursos medios. Su madre, en aquellas décadas finales del siglo 18, se contaba entre las escasas mujeres que sabían leer y escribir puesto que a ellas les estaba vedada la educación escolar.

Regresó con el ánimo inflamado por las ideas de su tiempo, como las del suizo Rousseau: “Renunciar a la libertad es renunciar a la condición de hombre, a los derechos de la humanidad y aun a sus deberes”, o Juan de Solórzano, que en su “Política Indiana”, había planteado la igualdad de los derechos de los criollos en América.

Podía decirse que el horizonte de la libertad era el que venía hacia aquellos criollos, tanto como los criollos iban hacia la libertad. Era un momento intenso de la historia y la calma colonial de aquella todavía nueva capital del virreinato del Rió de la Plata (creado en 1776) se había quebrado. 

“El odio de los criollos amantes de la independencia contra el europeo es indecible; muchos hijos que, viviendo en la misma casa que sus padres españoles, no los ven ni les hablan y le dicen con frecuencia que darían la vida por sacarse la sangre española que circula por sus venas”, dice un testimonio de la época que recoge Sergio Bagú en su biografía de Moreno.

El llamado de la historia

Y cuando llegó el llamado de la historia, en aquellos días de Mayo, Moreno estaba allí, protagonista y alerta. No habló en el Cabildo Abierto del 22 de mayo, pero percibió que el desenlace olía a traición. “Si no nos prevenimos, los godos nos van a ahorcar dentro de poco. Tenemos muchos enemigos y algunos que andan entre nosotros y que quizá sean los primeros en echarnos el guante”, le diría a Vicente López y Planes.

Fue en la noche del 24 y madrugada del 25, cuando en la casa de Rodríguez Peña, donde se reunían los patriotas, cuando la voz de Manuel Belgrano hizo temblar las paredes:  “Juro, dijo, que si a las 3 de la tarde del día inmediato el virrey no hubiese sido derrocado, a fe de caballero, yo lo derribaré con mis armas”, según contó Tomás Guido.

Lo dijo en medio de una discusión sobre los nombres que integrarían la próxima junta de gobierno, que sería, al final, nuestra Primera Junta. Mariano Moreno estaba entre ellos, como secretario. El presidente era el comandante el Regimiento de Patricios, Cornelio Saavedra. Allí, en esos nombres, quedaría tendido el primer gran antagonismo de nuestra historia. 

“Si no se dirige bien una revolución, si el espíritu de intriga, ambición y egoísmo sofoca el de la defensa de la patria: si el interés privado se prefiere al bien general, el noble sacudimiento de una nación es la fuente más fecunda de todos los excesos y los trastornos del orden social”, afirmaría el secretario.

Mariano Moreno anhelaba, necesitaba que el movimiento revolucionario se extendiera por los rincones criollos e indios de nuestra América: escribió y trabajó por eso. Su pulso firme en la consecución del objetivo lo llevó a aplastar movimientos contrarrevolucionarios como el que lideraba el exvirrey y héroe de la resistencia contra los ingleses, Santiago de Liniers, fusilado en Cabeza de Tigre, Córdoba, junto al grupo que lo acompañaba.

El fundador y redactor principal de La Gazeta de Buenos Aires, el primer periódico patrio que apareció el 7 de junio de 1810 (fecha que quedó consagrada como el Día del Periodista) para propagar las ideas de la Junta. También escribiría ese año el “Plan de Operaciones”, en el que trazó las grandes líneas de la Revolución.

Tenía consigo el apoyo de Manuel Belgrano, Juan José Paso, Juan José Castelli; de grupos de jóvenes porteños, pero entretanto sus adversarios políticos consiguieron acorralarlo luego de la creación de la Junta Grande. Se encolumnaban con Saavedra, con el propósito de conservar la relación entre los distintos sectores sociales y los viejos privilegios distribuidos en tiempos de la colonia.

El 5 de febrero, en un festejo de este último sector le dispensó un trato referencial cual emperador a Saavedra. Al día siguiente, Moreno redactó un decreto suprimiendo todo tipo de honores. 

“El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso”, ya había escrito en La Gazeta.

Presentimiento funesto

Pero su tiempo se desvanecía. El mismo Saavedra dirá que fue el propio Moreno quien le solicitó que lo enviara en la misión diplomática a Europa, en un barco que zarpó el 24 de enero de 1811. A poco de navegar, Moreno enfermó y presintió “algo funesto”. Murió el 11 de marzo de 1811 y su cuerpo fue arrojado al mar. “Se necesitaba tanta agua para apagar tanta sed”, fue la frase con la que Saavedra cerró el capítulo.

Fue una de las muertes más sospechosas de nuestra historia. El historiador Felipe Pigna cuenta en un artículo que estas sospechas tenían fundamento: “Un tal Mr. Curtis el 9 de febrero, es decir, quince días después de la partida del ex secretario de la Junta de Mayo, adjudicándole una misión idéntica a la de Moreno para el equipamiento del incipiente ejército nacional. El artículo 11 de este documento aclara ‘que si el señor doctor don Mariano Moreno hubiere fallecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá entenderse Mr. Curtis con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo habría hecho el doctor Moreno’”.

Tres días después de su muerte, Guadalupe, su esposa, ponía en el sobre una carta con destino a Inglaterra.

 “Moreno, si no te perjudicas, procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios" (Felipe Pigna, “El amor después del amor”, artículo publicado en El Historiador).

Pero Mariano Moreno ya no estaba. Se lo había devorado el ardor de su tiempo. Soñaba con la libertad y la libertad lo vino a buscar para construir una patria independiente, para iluminar el umbral de la historia argentina.

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