ENTREVISTA

“Ya es hora de que la literatura deje de ser una cuestión de género”

Gabriela Cabezón Cámara rechaza la idea de un “boom” de escritoras argentinas y hasta se siente cansada de opinar del cruce entre literatura y género (femenino). Cree que la escritura es universal pero funciona bajo un sistema de exclusión que, de tan naturalizado, no se ve. Por Natalia Ferreyra
sábado, 25 de septiembre de 2021 · 00:00

Crédito de fotografía Alejandra López

 

Aunque venía publicando relatos desde mucho antes, es en 2009 con La Virgen Cabeza (Editorial Eterna Cadencia), cuando Gabriela Cabezón Cámara provoca una disrrupción en la escena literaria argentina. Después de la novela gráfica Beya (Le viste la cara a Dios) y de la nouvelle Romance de la negra rubia, publica en 2017 Las aventuras de China Iron, una reescritura del Martín Fierro en clave feminista. La novela, considerada una de los libros del año, finalista de importantes premios internacionales, está próxima a ser llevada al cine. 

 

-Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Selva Almada, entre otras varias autoras argentinas, ya publicaban cuando se editó tu primera novela. ¿Por qué crees que hoy se habla de “boom” de escritoras? ¿Por qué ahora merece más lugar esa misma literatura? 

-En ese momento no se hablaba de nada. En realidad, no sé cuándo empezaron a hablar del “boom”, creo que hace dos o tres años. Están sorprendidísimos que las mujeres escribamos. Sigue siendo una sorpresa. Me tiene cansada hablar de mujeres y literatura, literatura y género; es como si habláramos de literatura y religión, y hubiera una mesa de escritura y musulmanes, escritura y judíos… Como la mayoría supuestamente es católica, siempre se está marcando a lo que se toma como minoría, ¿no? Las personas escribimos con las cabezas y las manos, no con los genitales. Las personas podemos escribir sin que importe nuestro género, nuestra genitalidad, nuestra religión, etnia ni, tampoco, nuestra clase social; que es algo que podríamos traer a la difusión. La mayor parte de mis amigos son gente que no trabajó hasta que terminó la facultad. Y eso habla de una clase social que está muy lejos de ser baja, ni siquiera, media baja.  ¿Y sabés qué?  Las personas que trabajan desde los 7 u 8 años, también escriben.  Ya es hora de que la literatura deje de ser una cuestión de género. ¡Hablemos de universal, muchachos! Quisiera acabar con esta discusión, no puede ser que veamos a la literatura como un campo de competencia. ¿A quién le importa? Que el autor, autora, o autore es varón, mujer, trans, cis, blanco o negro. Mi apuesta va por construir un universal donde quepamos todes y no, solamente, ellos: Podemos estar todos juntos chicos, les va a gustar. No se asusten. 

 

-¿Cuál sería el riesgo de que se siga hablando de la literatura producida por mujeres,  como si fuera un fenómeno? 

-No sé si veo riesgos pero siguen ubicando a la literatura como una cuestión de género. Voy a hacer un poema que se llame: Las personas podemos escribir todas. Seguramente, fue una buena idea de un editor para poner un título y prendió. No habla mal del editor, el periodismo es así. Tenés que poner un título ganchero, generar clics. Creo que hay que preguntarse por qué resonó tanto que las mujeres escribamos, seamos comunicadas, nos lean y nos premien.  En la lista de finalistas de premios, la relación es bastante pareja: hay hombres y mujeres. En este último tiempo, en los internacionales puede que haya más mujeres. En los premios nacionales, siguen ganando los muchachos. Por eso, para mí, el boom no existe, genera una sorpresa que saca las cosas de proporción. 

 

-Con tu última novela, “Las aventuras de la China Iron” (Ed. Eterna Cadencia, 2017), fuiste finalista del prestigioso Premio Booker Internacional y ahora, sos finalista del Premio Médicis. ¿Crees que las premiaciones generan un impacto real en los lectores? 

-A mí me parece que a los lectores no les importa. Sí, hay más prensa. Entonces, una puede vender más; tiene ese impacto. Yo fui lectora toda mi vida y nunca me fijé quién había ganado un premio para comprar un libro. Tampoco me enteraba, no tenía esa influencia, no tenía amigos escritores tampoco. ¿Qué sabe el lector de Booker Prize? ¡Qué le importa! La verdad, no creo que a los lectores ni a la academia les interesen los premios. Sí, a la prensa y a los que escribimos. Tengo esa impresión. 

 

-Cuando se habla del “boom” de las mujeres en la literatura, se apunta a la cuestión de género y no a las literaturas que están produciendo. ¿Ves algún vínculo entre las obras, los temas, las miradas? 

-Yo veo una diversidad enorme. Porque uno podría decir, hay más narradoras mujeres, pero narran historias de varones. Selva Almada, Fernanda Melchor y Mariana Enríquez, que con Nuestra parte de noche (Ed. Anagrama, 2019)  –sensacional éxito del mundo entero- habla del vínculo entre un padre e hijo. Sí creo que hay una aparición de temas que antes no aparecían o eran vistos de otra manera. Los mundos de las mujeres, eso me parece hermoso. Hay cuentistas como Carina Radilov Chirov que abrieron un mundo y son espectaculares. La novela Siberia de Daniela Bellolio, de Ecuador, es la historia de la llegada de un hijo que nace sin vida. Y eso no estaba, nunca lo había leído. Hace una excelente autoficción, que trasciende lo personal y se vuelve universal desde lo singular. O lo que hace Ariana Harwicz con las relaciones filiales madre-hijo. Se trata de agrandar el universo. Nunca fue y es un solo mundo. Jamás en la historia. Mataron a millones de personas para tratar de lograrlo, para imponer esa mirada y que no haya ninguna otra. No pudieron, estamos acá, están los pueblos originarios, también, que tienen otra forma de ver el mundo, me parece que hay celebrar eso, las diferentes maneras de mirar.

 

-Si estamos corriendo el machismo hacia una visualización de las mujeres en la escena literaria, ¿no crees que falta más apertura, por ejemplo, hacia las diversidades, hacia autores y autoras que vienen de otras clases sociales, de otros trayectos de formación o estilos de vida? 

-Sí, por supuesto. Mirá lo que pasa con Kike Ferrari, que es un enorme escritor y siguen haciendo hincapié que trabaja limpiando el subte. Mirá Camila Sosa Villada, lo que hizo es enorme: resucitó el realismo mágico que estaba muerto por exceso de uso. Y a Camila, la siguen titulando por otro lado. Pero no es sólo la prensa, no le echemos la culpa de lo que en alguna medida hace todo el mundo. En cuanto a la clase, casi la única que conozco que se auto sustenta desde los 18 años, soy yo. ¿Qué pasa con los que escribían bien, que tenían el deseo (que es lo que más tenés que tener para escribir –ni talento, ni genio- sino el deseo que hace que encuentres un tiempo entre trabajo y trabajo, entre la organización de la casa y la vida cotidiana, para sentarte a escribir)? ¿Qué pasó con ese deseo en los que eran proletarios? Se los aplastaron a fuerza de 12 horas de trabajo por día… Por eso, nos corramos del género, vamos más allá. ¿Por qué algunas clases no acceden a la escritura? ¿Dónde están las generaciones de pueblos originarios que escriben? ¿No escriben? Mentira. Es un sistema de exclusión que está tan naturalizado que ni lo vemos (...) Pero lo del “boom”, no me lo creo, es falopa. Boom es lo que hizo (la agente literaria española) Carmen Balcells. Ahí sí hubo una operación de mercado impresionante. Inventó un fenómeno, buscó artistas de talento y los convirtió en Premios Nobel. Eso sí fue un boom. Estalló el mercado, se vendían libros de verdad, la gente tenía más plata. Ahora no hay nadie inventando nada, no hay nadie sosteniendo nada. No hay nadie que te diga, “tomá 10.000 dólares para que estés un año y medio para terminar tu novela”. No hay nadie moviendo la marca. Lo que hay es que, de golpe, suenan los nombres de algunas escritoras. Y les resulta tan raro que tienen que decirle “boom”, o cohete, o extraterrestre, o begonia. Si fuera lo mismo con los muchachos, nadie tendría nada que decir. 

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