El streaming bajo la lupa

Quién es quién en el modelo de la música on-line

Durante la pandemia se asentaron las nuevas reglas de juego en la industria musical: un oligopolio de plataformas de reproducción con procesos internos inescrutables y la aparición de un nuevo tipo de intermediario entre el músico y su audiencia. Por Luciano Lahiteau
lunes, 17 de enero de 2022 · 16:52

Ilustración Juan Pablo Dellacha

Entre las apuestas revolucionarias de Steve Jobs se suele olvidar una, quizás por su éxito breve. El iPod, el dispositivo que Apple desarrolló y presentó a inicios de este milenio como reproductor portátil de música en formato digital, fue la estrella de un modelo que la industria musical esperaba masificar y, así, desterrar la piratería. Con su iPod, cada usuario podía recurrir a iTunes y obtener más música de la que pudiera imaginar, mucha más que la que podía albergar una gran disquería, y formar su biblioteca personal, su selección perfecta de canciones preferidas y ser, al mismo tiempo, musicalizador y oyente. La industria también ganaba: cada canción costaba 99 centavos de dólar, y cada usuario de iTunes debía pagarlos (en lugar de hacer una descarga ilegal) si quería que su iPod continuara funcionando.  

El ocaso de iTunes y iPod tiene una explicación directa en el éxito de las plataformas de streaming (DSPs), el nuevo modelo que encontró la industria de la música para renacer de las cenizas. En este modelo, la orientación del flujo se ha invertido: los usuarios no compran o descargan canciones para almacenar en sus dispositivos (sea un iPod, un reproductor mp3 o la PC) sino que se conectan a la fonoteca y reproducen la música que deseen desde la nube. Así, la descentralización que antes desesperó a los gigantes de la industria pasó a estar bajo un control blando en el que todos parecen ganar. Esto es relativo, por supuesto. Pero esa sensación general deviene de los bajos precios de suscripción que ofrecen las plataformas de streaming (el costo es muy inferior a los formatos físicos y no existe comparación posible entre la cantidad de música a la que se puede acceder), la facilidad con que la música de los artistas llega a esos usuarios (sin que intermedien los viejos circuitos de distribución e impedimentos económicos) y la, en apariencia, inequívoca correspondencia de los derechos de autor e intérprete: con el streaming, la piratería redujo su impacto al mínimo y, al estar bajo licencia, la música en línea reporta directamente a sus dueños, que pueden consultar periódicamente la cantidad de veces que se reproducen y qué regalías obtienen de ello.

Músicos a la deriva

Eso, al menos, en teoría. Aunque pudo haber ocurrido, el reordenamiento del negocio musical en torno a las plataformas de streaming no significó una mejora en las condiciones comerciales de los músicos. Con excepción de un grupo pequeño de artistas que, por su caudal de oyentes, disfrutan de los beneficios de los adelantos, contratos de exclusividad y paquetes de distribución y difusión de la era dorada de la industria trasladados a la era digital, la mayoría está indefensa y desnuda ante lo que dispongan las plataformas. Hoy, cuando un músico ofrece su producción en una plataforma de streaming no tiene ningún control sobre el precio que esa producción tiene, ni sobre la forma en que los beneficios por el éxito de esa producción pudieran llegarle. Los precios por reproducción son relativos (se calculan de acuerdo al mercado en que se realizan, el monto total de reproducciones y otras variables que solo las plataformas conocen: aquí un simulador que, según algunas fuentes, es bastante realista) y el reparto de los ingresos por derechos de autoría, interpretación y producción suelen ser opacos (muchos artistas ni siquiera saben qué parte les corresponde ni cómo hacer para que sus canciones les queden correctamente acreditadas dentro de la plataforma).  

Puente de plata

En este marco tomaron especial importancia las agregadoras de música, compañías que se dedican a distribuir la música en el universo de plataformas de streaming. El rol de la agregadora es sistematizar el contenido y traducir el laberinto burocrático de Spotify, Deezer, Apple Music, Tidal o cualquier otro servicio de streaming para que los músicos vean reflejado su trabajo y puedan obtener de él lo máximo posible. Cada canción subida tiene un código internacional de identificación para grabaciones sonoras y audiovisuales, que se denomina ISRC, y que es una identificación única y exclusiva.

Las agregadoras tienden un puente con la plataforma. Al tratarse de un negocio global y digital, las agregadoras pueden estar situadas en cualquier parte y operar en todo el mundo. Es lo que sucede con DistroKid, EmuBands, Record Union, AWAL, Ditto, Altafonte, The Orchard, OneRPM, Believe Digital, CD Baby y TuneCore, entre otras. “La geolocalización de usuarixs, oyentes y nosotrxs no influye en nada, como en casi cualquier aplicación actual de internet”, confirma Julián Olaso Gorriti, dueño de La Flota, una distribuidora digital con base en la Patagonia que nació en 2016 que gestiona los derechos y recolecta las regalías que la misma genere dentro de las DSPs por ventas, descargas y reproducciones.

La Flota surgió como una necesidad ante la maraña de trámites on-line (y en servicios extranjeros) que eran necesarios para subir música y gestionarla. “La fundó un amigo músico en 2016, luego de notar que quería subir su música y que todos los servicios eran extranjeros”, dice Olaso Gorriti en conversación con Redacción Mayo. “Trabajé un tiempo con él y luego quiso desligarse. Actualmente somos cuatro personas que trabajamos remotamente para ofrecer el mejor servicio posible. Algo que nunca soporté es el pésimo soporte técnico de muchas empresas, así que hacemos bastante hincapié en la satisfacción de lxs artistas”. 

“Los beneficios que tratamos de proveer, es ser un servicio de excelencia con competencia global a un precio muy accesible, la posibilidad de pagar el servicio y de retirar las regalías en pesos argentinos, la autogestión de artistas y sellos pequeños con una interfaz muy simple, reduciendo al máximo los intermediarios entre lxs oyentes finales y el arte original”, explica Olaso Gorriti, puntualizando algo no menor: las dificultades con el tipo de cambio

En general, las plataformas realizan pagos trimestrales (como mínimo) y en moneda extranjera a través de billeteras digitales, por lo que resulta engorroso hacerse de ese dinero (que no suele ser cuantioso en la mayoría de los casos) a un cambio justo. “Las restricciones argentinas respecto al dólar acentúan este problema por las limitaciones que ofrece el sistema”, admite.

“Lo poco que pagan las DSPs es un tema de constante queja a nivel mundial, esperamos que los próximos años se traten leyes que beneficien más a los autores originales, con todo el respeto y admiración que tenemos por el funcionamiento de las plataformas globales”, dice Olaso Gorriti, que estudió ingeniería industrial y es un apasionado de la música, la ciencia y la tecnología, “la escalabilidad global de internet, las conexiones humanas y en especial las que interfieren las máquinas en la instantánea transferencia espacial de datos”. Pero, asegura, no descarta grabar su propia música. Como otros dos de sus compañeros en La Flota, es oriundo de Viedma, Río Negro. “Aunque no estamos siempre allí, la Patagonia es una gran inspiración, con tanta belleza e inmensidad, internet es el puente que conecta todo”.

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