Entre fronteras

El desafío de buscar un lugar en otro mundo

lunes, 3 de agosto de 2020 · 00:00

Ilusttración: Juan Dellacha

Migrar es “trasladarse desde el lugar en que se habita a otro diferente”, dice de manera escueta el diccionario de la Real Academia Española. Una definición que suena incompleta y mezquina si se piensa en toda la carga emotiva que para miles, millones de personas a lo largo de la historia de este mundo, ha significado esa acción nómada, voluntaria o forzada, de abandonar el espacio vital al que se está ligado en busca de un destino diferente, temporario o definitivo, que se supone mejor.

Los migrantes internacionales componen un flujo de 272 millones de seres humanos, 51 millones más que los relevados en 2010, y representan algo menos del 3,5 por ciento de la población total del planeta, según un informe del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, divulgado en septiembre del año pasado.

Mucho más incierta es la cifra global de migrantes internos, cuyos desplazamientos no siempre son objeto de censos o estadísticas confiables. Al mismo tiempo, la cantidad de desplazados forzosos en el mundo trepó a casi 80 millones de personas, casi el doble de la registrada una década atrás, según un informe de junio pasado de Acnur, la Agencia de la ONU para los refugiados.

En el atribulado inicio de este siglo XXI, en el que la mentada “aldea global” tuvo siempre libre circulación para capitales especulativos pero casi nunca para personas obligadas a abandonar sus hogares con lo puesto, los migrantes fueron muchas veces noticia con ribetes de tragedia.

Así, el Mediterráneo se convirtió en un cementerio a las puertas de Europa para muchos de quienes buscaban huir de las guerras interminables de Medio Oriente o de los conflictos y el hambre de África. Un fatal epílogo para más de 20 mil vidas que naufragaron entre 2014 y comienzos de marzo de este año, según un recuento de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Historias signadas por abusos, barreras e indiferencia que el documentalista cordobés residente en Barcelona Pablo Tosco ha retratado con su lente y su sensibilidad.

También en las Américas, los migrantes han padecido los discursos y las políticas de quienes los estigmatizan y ejercen desde el poder un control selectivo de su movilidad. Un control y nuevos muros erigidos y exacerbados por gobernantes como Donald Trump, según explica la antropóloga social y geógrafa ecuatoriana Soledad Álvarez Velasco.

A ese panorama global de incertidumbre y precariedad que ya enmarcaba las migraciones de millones de personas se sumó la irrupción de la pandemia del Covid-19 y sus múltiples y ya palpables efectos colaterales en las relaciones humanas y entre países. Hoy incluso se habla de un “coronaéxodo” desde las metrópolis hacia lo natural, como explica el equipo que integran las investigadoras argentinas Luciana Trimano y Lucía de Abrantes y el chileno Ricardo Greene.

Argentina tiene una singular historia en la que los migrantes externos e internos han desempeñado siempre un papel crucial en su vida económica, social y política. Más allá de los trillados clichés sobre un fenómeno abarcativo y con muchas aristas, en esta primera entrega intentaremos aproximarnos a una realidad compleja y acaso interminable: la de buscar un lugar en el mundo. Un sitio al que se llega para empezar de nuevo; para arrancar de cero.

En el mundo postpandemia que muchos se aventuran a imaginar, tal vez las experiencias resilientes de migrantes de ayer y de hoy podrían ayudar a edificar sociedades más justas, empáticas y solidarias.

 

Modernidad

“La de ’Gobernar es poblar’ fue una premisa que tenía como correlato poblar ‘el desierto’. Ciertamente, en el censo de 1869 vivían en la Argentina aproximadamente 1,8 millones de personas, lo que implicaba 0,43 habitantes por kilómetro cuadrado. Si la preocupación de la elite gobernante era subirse al tren del progreso, esto no se podía hacer sin tierras, sin capitales y sin mano de obra. Como el crecimiento vegetativo era insuficiente se recurrió entonces a la inmigración, que fue fomentada por todos los medios”, explica Alicia Servetto, doctora en Historia, exdirectora del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba (CEA-UNC), y actual docente de Historia Argentina en distintas facultades de la Casa de Trejo.

“La inmigración europea fue pensada como un factor propicio para la transformación de la sociedad y la economía. Si bien en un principio se alentó la inmigración europea del norte, por concebirla como una población ‘más capacitada y predispuesta al trabajo’, fue la población de países de la Europa mediterránea y latina la que nutrió a la gran ola inmigratoria entre 1880 y 1930. En este lapso, alrededor de 40 millones de personas dejaron Europa con destino a Estados Unidos, Canadá, Brasil, Nueva Zelanda y otros lugares. Argentina recibió cerca del 12 por ciento de ese caudal (4,8 millones de personas), constituyéndose en el segundo país en importancia respecto del total de inmigración recibida, después de Estados Unidos”, explica la historiadora.

La inmigración masiva y el progreso económico modificaron tanto a la sociedad argentina que podría decirse que la hicieron de nuevo.  Pensemos que en 1869 había en el país 1,8 millones de personas y en 1914, ¡casi 7,9 millones! Dos de cada tres habitantes de la ciudad de Buenos Aires eran extranjeros. Italianos, españoles, franceses, sirio-libaneses, rusos...  Algunos decían que Buenos Aires se parecía a una nueva Babel, porque en sus calles se oía hablar todos los idiomas. Muchos inmigrantes se quedaron en las ciudades (Buenos Aires, Rosario, Córdoba), pero muchos otros se fueron al campo y se transformaron en chacareros. Algunos pocos podían comprar la tierra y otros, sólo arrendarlas. Algunos lograron hacerse la ‘América’, otros no”, afirma Servetto.

El desarrollo capitalista de la Argentina basado en la economía primaria exportadora fue posible, entre otros factores, por la mano de obra inmigrante, que proporcionó la fuerza de trabajo necesaria para atender la demanda creciente de productores y comerciantes.  “La crisis del capitalismo mundial de 1929 –sostiene Servetto– afectó las bases del modelo agroexportador. La inmigración de ultramar había disminuido y, por lo contrario, se produjo un aumento de las migraciones internas y las de países limítrofes, alentadas por el proceso de industrialización. Las industrias sustitutivas se instalaron en las grandes ciudades y demandaban mano de obra que en parte fue aportada por quienes migraban del campo a la ciudad. Hacia el año 1947, el 37 por ciento de los residentes en Buenos Aires, había nacido en otra provincia”.

 

Estado

Antes de avanzar en el tiempo con esta recopilación conviene ahondar en matices y connotaciones que entrañaba aquella máxima de “gobernar es poblar” que Juan Bautista Alberdi plasmó en sus “Bases”, y que fue recogida en el Preámbulo de la Carta Magna, al aludir a “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”. ¿Fueron las políticas de Estado hacia los inmigrantes lo incluyentes y generosas que prometían esas palabras de 1853? ¿Gobernar era poblar con quiénes?

“Esto era parte de un proyecto político económico de las elites nacionales y en una época donde también la población era parte de las riquezas de las naciones. Esa forma de apertura que está en la Constitución contenía una noción de selectividad en la recepción de inmigrantes, una promoción de la inmigración pero definida como europea”, sostiene Eduardo Domenech, especialista en Sociología de las Migraciones, investigador del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Córdoba.

“Todas las definiciones de inmigrantes de la segunda mitad del siglo 19 tienen que ver primero con la idea de un inmigrante que era considerado como aporte; como un agente económico pero también ‘civilizatorio’ en términos culturales. En la Ley de Inmigración está esa idea de proteger a la inmigración que es ‘laboriosa’, que es ‘útil’ y evitar a la que es ‘viciosa’ e ‘inútil’. Esa noción de selectividad ya está presente en la primera Ley de Inmigración en la Argentina, que data de 1876, bajo el gobierno de Nicolás Avellaneda”, dice el investigador.

Domenech destaca que Argentina, a diferencia de otros países, tiene una experiencia muy temprana de regulación estatal de la migración. “Con la llegada de inmigrantes italianos y españoles, vinculados a las luchas obreras y en particular al movimiento anarquista, se sientan las bases para todo lo que van a ser las políticas de control migratorio en adelante. En 1902, la Ley de Residencia es la primera norma de expulsión de extranjeros de la región y una de las primeras a nivel mundial. Luego vendría la Ley de Defensa Social, de 1910, y de allí en adelante las normativas se vuelven mucho más selectivas y restrictivas de lo que habían sido con la política de inmigración de fines del siglo 19. Los inmigrantes ‘indeseables’ empiezan a ser centrales como objeto de regulación del Estado”.

Esas listas de “indeseables” se elaboran en los años ’20 y ’30 del siglo pasado no sólo aquí sino en distintos países de la región, pero el académico subraya que, a diferencia de sus vecinos sudamericanos, sólo Argentina y Brasil estuvieron entre los cinco destinos principales de la inmigración europea. “En términos relativos –puntualiza Domenech– en Argentina la inmigración tuvo por momentos mayor peso que en Estados Unidos, que era el principal destino en esa época”.

 

Cambios

La inmigración europea de fines del Siglo XIX y principios del siglo XX provino fundamentalmente de los países latinos: Italia, España y Francia. En su mayoría era gente campesina, analfabeta y con pocos recursos. Los franceses tenían mayor calificación para el trabajo y quizá mayor capital. La distribución geográfica fue desigual, siendo las provincias del Litoral y de la pampa húmeda las que recibieron mayores proporciones de extranjeros. Si bien el Estado promovió políticas de colonización, estas no fueron efectivas ni generaron alicientes entre los extranjeros. La mayoría fue eligiendo de acuerdo a sus posibilidades, lo que generó como efecto la desproporcionada concentración en la capital”, indica Alicia Servetto.

Con la llegada de la inmigración y los cambios producidos en las relaciones de producción comenzaron a surgir numerosas asociaciones de trabajadores, muchas de ellas efímeras. Estas organizaciones estaban vinculadas a las ideologías obreras que para entonces circulaban en Europa: el anarquismo y el socialismo. Con la irrupción de este nuevo sector social comenzó a formarse un incipiente movimiento obrero con capacidad de organización y confrontación con los gobiernos de turno. La conflictividad social de ese entonces no puede escindirse del papel que jugaron los inmigrantes. Y en los años ‘40, el surgimiento del peronismo no puede explicarse enteramente sin considerar el fenómeno de las migraciones internas y de la concentración urbana en el gran cinturón industrial de Buenos Aires, argumenta la historiadora, quien además tiene una maestría en Partidos políticos.

“Si se analiza la información censal sobre la población extranjera desde 1869 hasta 2010, se observa que la proporción de inmigrantes en la Argentina creció de modo exponencial hasta llegar a un 29,9 por ciento del total en 1914, cuando en el país había 7.885.237 habitantes, de los que 2.357.952, casi tres de cada 10, eran extranjeros”, apunta a su vez Marta Guerreño, médica nacida en Paraguay, quien en 1986 vino a estudiar a Córdoba y hoy se siente tan argentina como el que más, sin que ello implique abjurar de sus orígenes.

Guerreño es presidenta de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (UCIC), fundadora de la Red Nacional de Líderes Migrantes en Argentina, y trabaja en la defensa de los derechos de quienes se radicaron en fecha reciente en esta parte del mundo o buscan aquí un espacio, y cuyas nacionalidades de origen reflejan componentes muy diversos a los de un siglo atrás.

 

Hoy

Según un relevamiento actualizado de “(In)Movilidad en las Américas”, el  proyecto en el que intervienen unos 40 investigadores del continente,  2.212.879 inmigrantes viven hoy en Argentina, lo que representa poco menos del cinco por ciento del total de su población actual. Los principales países de origen de esos inmigrantes son Paraguay (31,2%), Bolivia (19.3%), Chile (9.8%). Y en los últimos años, el país ha recibido a unos 145 mil venezolanos. En cambio, alrededor de un millón de argentinos, vive en el extranjero, principalmente en España (25.6%), Estados Unidos (21.2%) y Chile (7.2%). Por otro lado, más de seis mil personas viven en la Argentina con solicitud o estatuto de refugiado. Entre ellos hay sirios, colombianos, ucranianos, ghaneses, haitianos, cubanos y nigerianos.

Guerreño abona con datos esos cambios de configuración demográfica. “En 1914, del 29,9 por ciento de población argentina que conformaban los inmigrantes, un 27,3 por ciento provenía de países no limítrofes, en especial europeos, de Medio Oriente y otras naciones de Asia. Y, a la inversa, en 2010, sobre el total de extranjeros, que representaban un 4,5 por ciento de la población de Argentina, apenas el 1,4 por ciento había llegado de países no limítrofes y el 3,1 restante había nacido en naciones vecinas”.

Ante la pregunta sobre si los inmigrantes europeos o los descendientes de aquellos que fueron pioneros o fundaron pueblos y ciudades de la Argentina profunda están abiertos o son renuentes a recibir a los inmigrantes del siglo XXI, Guerreño responde: “Hay de todo. Hay quienes aceptan a los nuevos inmigrantes y se reconocen en ellos, y hay otros que consideran a los suyos como los buenos migrantes que vinieron a trabajar y a los nuevos, sobre todo si son latinoamericanos, como una clase inferior”.

“Se discrimina mucho lo que no se conoce”, resalta la médica y también académica paraguaya dejando entrever algunas tensiones y problemáticas actuales que serán parte del contenido de la próxima entrega de este informe.

10
63%
Satisfacción
27%
Esperanza
9%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
0%
Indiferencia

Comentarios

Cargando más noticias
Cargar mas noticias