CONSUMOS DIGITALES

Memes: Un shock de humor para la crisis de pensamiento

Hay una forma de salir victorioso de un debate en redes sociales: un buen meme. El poder de síntesis de estas unidades de sentido juega su rol en la discusión pública. ¿Quién hace mejores memes? ¿Por qué las campañas políticas se parecen tanto a los memes? Por Luciano Lahiteau
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11-11-2021
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Ilustración Juan Pablo Dellacha

 

9 de junio de 2021. En una conferencia de prensa compartida con su par español, el presidente Alberto Fernández improvisó una cita y se permitió una licencia poética para exagerar la influencia ibérica en la cultura local. "Los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos”, dijo Fernández, apoyándose en una letra de Litto Nebbia. El furcio, hijo de un sentido común persistente en los grandes centros urbanos, pudo haber pasado desapercibido, o haberse diluido en la comidilla política, si no fuese por la avalancha de memes que lo sucedieron.

Al día siguiente, el 10 junio, el hashtag #BastaAlberto producía unos 200 tweets por hora. En torno a él se compartían mayormente memes, unidades de imagen y texto creadas por los usuarios que ampliaron el absurdo de la frase original, esparciendo su lógica eurocéntrica y racista, condimentándola con los prejuicios que subsisten bajo la línea de flotación de la corrección política. Incluso hasta el 13 junio, cinco días después de los dichos del presidente, #BastaAlberto seguía generando intercambios en las redes sociales. Así, lo que debió ser un acto protocolar se convirtió en un asunto público de escala internacional.

#BastaAlberto no fue tanto una bandera de repudio como una contraseña para reírse del patetismo de la frase. Una forma de digerir la frustración creciente por una dirigencia política cada vez más decepcionante, expuesta en su ignorancia. A ambos lados de la grieta y más allá, las palabras de Fernández despertaron una reacción en la que el hartazgo se tramitó con el humor. Por eso tuvo nulo impacto el pedido de disculpas del presidente, al que siguió una nota dirigida al INADI, como los altisonantes repudios de la oposición. Tan pronto como fueron tomadas por el público, las palabras de Fernández escaparon a su control y  llegaron a una cantidad de público inaudita, que nunca hubiese escuchado una rueda de prensa gubernamental o leído una noticia de este tipo si no fuese por las capas de sentido que los usuarios de las redes fueron añadiendo a la frase.

 

Risa fácil

Pero ¿quién se rió de quién? A diferencia de otras formas de humor, el meme parece ser más efectivo cuando incluye a quien lo publica o lo comparte. Por eso, los memes que más se viralizaron fueron los que dejaron al descubierto los prejuicios anquilosados de Fernández y la facilidad con la que podían ser desmontados. Así, se ridiculizó tanto al presidente como a lo que, pese a nuestros esfuerzos, nos emparenta con él. La contradicción entre una narrativa colonial arraigada y la herencia originaria y la transformación social evidentes que buscamos reconocer. En esa encrucijada de moral difusa nacen los mejores memes. 

Como escriben Geert Lovink y Mark Tuters, los memes “son contradicciones abiertas y densamente comprimidas”. 

“Como descubrió la extrema derecha -siguen los autores-, los memes expresan tensiones que no pueden ser articuladas en el vocabulario políticamente correcto de los medios mainstream”. Por eso tanto los memes que repudiaban los dichos de Fernández como los que compartían con él el desprecio por la diversidad étnica de la región no se viralizaron tanto como aquellos que confesaban la íntima vergüenza por la contradicción que nos constituye y que el presidente expuso involuntariamente. Por eso los memes, como los buenos chistes, pierden sentido si se los explica: el receptor debe poner algo de sí mismo para que le resulte gracioso.

Esa es una de las razones por las que el meme es un arma de comunicación política indomable: porque cada usuario lo lee e interviene desde una subjetividad que incluye tensiones morales que los partidos y candidatos no pueden permitirse. Representar mayorías y crear memes no parece conciliable, aunque el consumo irónico pueda traducirse en conocimiento entre el electorado. Prueba de ello pueden dar Carlos Maslatón o Roberto García Moritán, o algunos años atrás, Elisa Carrió y Fernando Solanas. 

Pero los memes no contienen información, sino sus claves. Son significantes vacíos que cada usuario rellena con las ideas y los datos que ya tiene y que puede relacionar. Por eso hay memes para compartir con nuestros seguidores de Twitter y otros para compartir con nuestra madre: porque el meme se inserta en una red de información común preexistente, incluso codificada. 

 

Tiempo de estímulos

¿Por eso las campañas políticas se parecen tanto a los memes? En su último libro, La segunda venida, el filósofo italiano Franco Bifo Berardi se pregunta si es posible crear memes para la emancipación de las lógicas capitalistas de acumulación y tiempo asalariado, para desenmarañar esta crisis ininterrumpida que no habilita futuros. A esa tarea, dice, deben aplicarse las izquierdas: crear unidades de significación que reseteen las expectativas colectivas en esta era apocalíptica. Berardi entiende que en la sociedad actual “la información ya no es recibida e interpretada como un conjunto complejo de proposiciones” sino como “un flujo de estimulación nerviosa, un asalto emocional al cerebro”, donde el contagio de memes ha reemplazado a la crítica de la ideología en el discurso público. 

En esta era de “aceleración de los infoflujos” que satura la atención y acalambra la capacidad para discriminar y escapar a la autoconfirmación, los memes son la herramienta de comunicación más efectiva y, al mismo tiempo, más incontrolable. ¿Es posible crear memes que funcionen como proposiciones y generen un cortocircuito informativo? Por lo pronto, son una manera de comprender el universo mental veloz del usuario hiperconectado de la contemporaneidad, un sujeto que diseña sus propios circuitos de información y que, como predijo Marshall McLuhan, ha dejado de lado la forma secuenciada de pensar para sumergirse en el modo de la simultaneidad.