Comicios con impacto regional

Brasil elige y todo un continente mira el rumbo de su decisión

Luiz Inácio Lula da Silva es el favorito para regresar a la presidencia y desalojar del Planalto a Jair Bolsonaro. Algunas encuestas le otorgan al líder del PT chances de proclamarse presidente en primera vuelta, algo que no pudo lograr cuando venció en 2002 y 2006. Temor por la declarada renuencia del actual mandatario a aceptar una eventual derrota. Lo que suceda este domingo repercutirá en Argentina y en Latinoamérica toda. Por Marcelo Taborda
221005-elecciones-brasil-640 Elecciones en Brasil
01-10-2022
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Brasil arriba a octubre de 2022 con un dilema cuya resolución tendrá un profundo impacto no sólo entre sus cerca de 215 millones de habitantes. Sus vecinos y socios más cercanos, entre ellos la Argentina, y la región entera miran con expectativa y esperan el veredicto de las urnas, a las que fueron convocados más de 156 millones de votantes.

La duda, a juzgar por lo que auguran casi todos los sondeos de intención de voto, no es tanto quién obtendrá este domingo una mayor cantidad de sufragios, sino si esa cosecha le será suficiente al favorito para liquidar la contienda en el primer round y dejar fuera de combate y de la posibilidad de alegar fraude o cualquier ardid a quien no parece dispuesto a aceptar por las buenas una derrota.

Los nombres de esta puja, que centra la atención de esta y buena parte del mundo, están claros desde hace tiempo. El favorito de las encuestas es el ex tornero mecánico, líder sindical y cofundador del Partido de los Trabajadores (PT) Luiz Inácio Lula da Silva. Su rival es el actual presidente, ex capitán y ex diputado Jair Messias Bolsonaro, quien busca mantenerse por cuatro años más en el Palacio del Planalto.

Las principales encuestadoras conceden a quien ya rigió los destinos de Brasil entre el 1º de enero de 2003 e igual fecha de 2011 una proyección de entre 50 y 52 por ciento de los votos válidos (sin contar nulos, en blanco o indecisos), unos 14 o 15 puntos más que el actual gobernante.

Pero los márgenes de error de más/menos dos puntos y el factor de la mayor o menor asistencia a los centros de votación este 2 de octubre serán claves para saber si Lula consuma su regreso al poder por la vía rápida o se queda por un puñado de votos en el umbral de La Alvorada, mientras el suspenso y las tensiones se prolongan otras cuatro semanas, hasta el balotaje previsto para el 30 de octubre.

Candidato por sexta vez

Para el emblemático dirigente de la izquierda brasileña, que se fue del Planalto con una popularidad del 80 por ciento, será la sexta vez que compita directamente por la presidencia. Las primeras tres ocasiones se saldaron con sendas derrotas: en 1989 perdió en balotaje con Fernando Collor de Mello, y en 1994 y 1998 fue derrotado en el primer turno por Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).

En su cuarto intento, en octubre de 2002, Lula venció en segunda vuelta a José Serra (PSDB) y repitió victoria en balotaje en 2006 con el entonces aspirante de ese mismo partido Geraldo Alckmin, quien hoy lo acompaña en la fórmula como su candidato a vicepresidente.

En 2010 y 2014 y por primera vez después de 20 años, Lula no figuró como aspirante a cargos electivos pero sus avales, discursos de apoyo y apariciones en campaña fueron determinantes para el triunfo primero y la reelección después de Dilma Rousseff.

Las presidenciales de 2018 estuvieron enmarcadas por la controvertida destitución de Dilma en agosto de 2016 (considerada como golpe institucional por el máximo líder del PT) y por la condena que el entonces juez Sérgio Moro dictó contra Lula en el marco de la llamada Operación Lava Jato. Cuando otra corte ratificó la condena y Moro impuso en abril la prisión al ex mandatario, éste ya lideraba las encuestas frente a un hasta entonces poco conocido Bolsonaro, candidato “emergente” de verborragia incendiaria que en el impeachment a Rousseff dedicó su voto contra la presidenta al militar que la había torturado de joven.

Ni outsider ni marginal

Bolsonaro, el supuesto “outsider” que en realidad había desfilado por diversos partidos para conservar durante casi tres décadas su banca de diputado federal, fue creciendo en las encuestas de la mano de un discurso que reivindicaba la dictadura, la portación de armas y el gatillo fácil en aras de la “seguridad”. Ganaba adeptos entre los sectores más conservadores ligados a las iglesias pentecostales, los uniformados en actividad o en retiro y los representantes del agro en la región centro-oeste del país (las “tres B”, de “Biblia, Bala y Buey”, que suelen aunar intereses y votos en el Congreso de Brasilia con el llamado “Centrâo”).

La ola de rechazo a los principales partidos (PT, PSDB, PMDB) salpicados por denuncias y procesos judiciales por corrupción vinculados con compañías como Petrobras y Odebrecht, el ataque con arma blanca sufrido por Bolsonaro en una caminata de campaña (que lo eximió de asistir a todos los debates previos), la capitalización que el candidato de extrema derecha hizo del discurso de odio (potenciado con fake news en las redes sociales), y la proscripción de Lula, contribuyeron a cimentar el resultado de las presidenciales de hace cuatro años. En segunda vuelta, Bolsonaro derrotó al petista Fernando Hadad y desalojó a lo que el militar consideraba y llama aún hoy “el comunismo” del poder.

Una vuelta más

Muchos se animaron a escribir entonces que, con Lula preso en Curitiba, el PT -más que una derrota en aquel balotaje- había recibido un certificado de defunción política. Craso error.

Aunque no hay un único motivo, ni fecha exacta en que las perspectivas comenzaron a cambiar, sin dudas que hubo un hecho puntual que incidió a la hora de desenmascarar parte de la trama con la que Bolsonaro llegó al poder. El hasta entonces “modélico” para muchos juez Moro, aceptó convertirse en ministro de Seguridad y Justicia del mandatario electo y dio pie a quienes afirmaban que el accionar del magistrado no fue una ejemplar lucha anticorrupción sino un selectivo uso de sus atribuciones para una “persecución política”.

El viraje se acentuó cuando el Supremo Tribunal Federal (STF) ordenó, después de 580 días de encierro, liberar a Lula. La máxima corte de Brasil cuestionó primero la competencia y la jurisdicción del juez y fustigó luego su falta de imparcialidad en las actuaciones ordenadas contra el ex presidente. La configuración del lawfare dejaba de ser así mera denuncia o especulación.

Aun cuando faltaba mucho camino por recorrer, la liberación de Lula y los fallos sucesivos que fueron revocando sus condenas, significaron los primeros hitos en dirección a un eventual regreso. Nadie parecía dudar de que el viejo “calamar”, a punto de cumplir 77 años, estaría otra vez en la pelea de fondo.

Odio y otros mensajes…

Del otro lado, en el extremo derecho del cuadrilátero, Bolsonaro repite arengas violentas y cargadas de intolerancia, xenofobia, machismo y discriminación. Pero su verba ya no cala tan hondo entre los más pobres ni seduce como “mal menor” o “la antipolítica” a quienes aún son refractarios del PT y su máximo referente.

Entre medio pasó una pandemia que en Brasil dejó más de 700 mil muertos y convirtió a este país en el segundo con más víctimas fatales después de Estados Unidos. Y mientras la atención no llegaba a vastos sectores del país, Bolsonaro mantenía su discurso negacionista de la “gripezinha”, cuando no incentivaba a romper las medidas de aislamiento y prevención de muchos de los 27 gobernadores estatales, o cuestionaba la importancia de las vacunas para frenar al Covid-19.

Todo eso y mucho más quizás pese este domingo cuando los electores brasileños acudan a las urnas. Las encuestas vaticinan la victoria de quien desde hace casi cuatro décadas es figura insoslayable en la política de este país continente.

En el PT confían en que su campaña de última hora en busca del “voto útil” habrá que sumarle los sufragios que faltaban para llegar a la mitad más uno. Y, si no alcanzara en el primer round, estiman que los seguidores de Ciro Gomes, del Partido Democrático de los Trabajadores (PDT), y Simone Tébet (Movimiento Democrático Brasileño), cuyas respectivas intenciones de voto suman hoy seis y cinco por ciento, inclinarán al final la balanza.

En el entorno de Lula esperan una victoria que sea lo suficientemente clara como para abortar cualquier intento del bolsonarismo de alegar fraude o desconocer el resultado, como lo hiciera un inspirador del ex capitán como Donald Trump en Estados Unidos. Por eso muchos prefieren vencer con 60 por ciento de apoyo en balotaje antes que consagrarse en primera vuelta con apenas un puñado de votos más que el 50 por ciento. Claro que dilatar la indefinición cuatro semanas más abre otro escenario, suma incertidumbre y abona el terreno de la confrontación. También 27 gobiernos estaduales estarán en juego con sistema de doble vuelta y se renovará el Congreso.

Momento clave para la democracia, no sólo del país más grande, poblado e influyente de Latinoamérica. Más polarizado que nunca Brasil vota, y su elección ya repercute en todo el continente.