Perfiles latinoamericanos

Diego Maradona, en el corazón de su pueblo

miércoles, 2 de diciembre de 2020 · 10:16

La muerte terminó de trazar la estela de una figura extraordinaria, un hombre universal como pocas veces hubo. Fue saludado por respeto y admiración por el mundo, y aquí, despedido con lágrimas infinitas de gratitud, amor y dolor.

 

“Que este amor no se termine nunca, se los pido por favor”. Empapado de sudor y lágrimas, Diego Maradona elevaba su plegaria a la multitud parado en el centro de la cancha de Boca. 

Fue la tarde de noviembre 2001 cuando jugó su partido-despedida rodeado de los mejores jugadores de aquí y del mundo. Esa tarde había hecho lo necesario para recordar por qué merecía y pedía que ese amor fuera definitivo, acaso eterno, si es que la eternidad puede entrar en estas disquisiciones y visto, una vez más,  la contundencia de lo fugaz que es el asunto de vivir.

Esa tarde, otra vez Diego había entregado su corazón. A través de la manera más pura, más fecunda y contundente de todas las que había enarbolado en su vida: con la pelota a sus pies.

Pero también lo hizo abriendo su pecho de par en par, sacando de entre la sal de las gotas que manaban de la fuente de sus ojos, una de esas frases suyas que han dejado temblando la sensibilidad, casi con la misma inspiración de su zurda. Fue la tarde en la que dijo: “Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.

Varias veces el pueblo ha llorado por Diego, y también con Diego. Cuando los goles a los ingleses, cuando sus lágrimas en el Mundial de Italia, cuando la cocaína lo sacó de las canchas, cuando le “cortaron las piernas” en el Mundial de Estados Unidos, cuando agonizó en el 2000…

Pero jamás como en estos días.

Fueron lágrimas infinitas, de gratitud, de amor y de dolor.

El gran capitán de las resurrecciones esta vez no pudo atravesar el umbral de regreso,  y nos dejó una sensación de vacío irrepetible, tan irrepetible como su presencia.

Es que nos había conducido a las mejores victorias deportivas; nos había convidado el más bello sabor que iguala la plenitud en la boca de las multitudes: el sabor de la alegría colectiva.

Diego fue una especie de Mesías para un pueblo que depositó en su deporte más popular una porción de su identidad. Y luego él se convirtió en un carné de identidad nacional, aunque esta condición no fuera del gusto de todos

Es que era mucho más que un jugador de fútbol. El incomparable talento de sus pies sólo era superado por el inmenso talento de su pecho, por su gigante corazón y su intuición para estar del lado de los sentimientos del pueblo, y muchas veces de sus razones.

Diego fue el gran sentimental en un país sentimental. Siempre tuvo la camiseta puesta, para regarla con la fuente de su pecho o para alentar a otros deportistas. 

Las llaves del corazón del pueblo las consiguió aquel 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca

Enfrente estaba Inglaterra, apenas cuatro años después de la guerra. Es difícil que alguien haya confundido semejante drama verdadero y todo su dolor real con una representación que es el fútbol, pero esa vez la gente quería, queríamos, una victoria tal vez como nunca habíamos querido otra. Además, las canchas habían sido una caja de resonancia de viejos rencores con los ingleses.

Y fue esa tarde, nada menos que frente a Inglaterra, que Maradona se instaló en lo más sentido y definitivo del sentimiento popular. Lo hizo con un gol con la mano, casi homenaje a la picardía del potrero frente a los ojos del mundo, y otro que detuvo las palpitaciones del planeta.

 

El hombre universal

Siempre supo de qué lado estaba.

Será por eso que no sólo fue el más universal de todos los seres humanos hasta su momento (cuando John Lennon dijo: “Somos más populares que Jesus”, quería decir que eran conocidos en lugares donde nada sabían a Jesús; pues la figura de Maradona, llegó a todos los rincones del planeta), sino que además sus hazañas en las canchas frente a los países poderosos (Inglaterra, Italia, Alemania...).

Su rebeldía constante, su rechazo a las jefes de la Fifa, lo convirtieron, además, en un emblema también de los países del Tercer Mundo. 

Son numerosos los episodios que dan cuenta de esa devoción por Diego en países lejanos y de culturas distintas, aunque unidos por el entusiasmo futbolero (Bangladesh, Pakistán, Irán…)

“Si yo fuera Maradona...”, dice la canción de Manu Chao. Era y será siempre un desafío imposible ponerse en los zapatos de una persona que generaba pasiones tan intensas  como para ser capaz de partir en dos el corazón de los napolitanos aquella noche de 1990 en el estadio San Paolo.

Algunos prefieren hablar de Diego o de Maradona por separado, como si el filo de su zurda no tuviera nada que ver con el filo de su lengua. O las inmensa alturas que alcanzó, del modo y la intensidad con que las alcanzó, no tuvieran también que ver con las profundidades de los abismos en los que cayó.

Era Diego Maradona. Uno solo.

Una frase, que se atribuye a Roberto Fontanarrosa, explica y ayuda a mirar el afecto popular más allá de sus contradicciones, de los cráteres en su alma. “No me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

Y la felicidad paga: el amor, paga. Fue apabullante el respeto y la admiración con que su figura fue saludada en todo el mundo, en una conmoción por su muerte que fue como un satélite dado vueltas por el globo.

Pero ese amor del que hablaba Diego estaba acá, en el corazón de su pueblo. Tal vez por eso resolvió regresar hace poco más de un año. Fue Gimnasia el club que hizo posible que las canchas argentinas volvieron a temblar coreando su nombre.

Su muerte puso a su pueblo con la emoción en la calle, pese a la pandemia. Lamentablemente, no lo vieron venir. El Gobierno Nacional abrió las puertas de la Casa Rosada, pero en un insustancial acuerdo con la exesposa Claudia (con quien mantenía una disputa judicial) y con dos de sus tantos hijos, sólo se concedieron diez horas para una inmensa multitud. 

Había en la calle familias, niños, no sólo hinchas como proclamaban zócalos televisivos. Había un profundo sentimiento popular. Y así como no se había visto venir el pueblo a la plaza, la veloz marcha hacia el cementerio que asumió el cortejo parecía querer desairar las manos emocionadas que saludaban desde las veredas.

Pero igual, la estela que dejó su paso fue blanca, multicolor, enamorada, emocionante, definitiva. 

“Que este amor no se termine nunca, se los pido por favor”, le pidió a su pueblo hace casi 20 años. Así será, Diego. Pese a todo, pese a la muerte.

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