Perfiles latinoamericanos

Francisco y el cielo de la fraternidad

miércoles, 23 de diciembre de 2020 · 14:22

El papa argentino acaba de cumplir 84 años, y ha renovado su convocatoria y su convicción humanista. Su nueva encíclica, “Fratelli tutti” ha traído una palabra profunda en estos confusos y angustiados días de pandemia.


 “La gran crisis sanitaria de covid-19 se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias”.

Hace un puñado de días, el 17 de diciembre, Jorge Mario Bergoglio cumplió 84 años, una robusta edad en la que acaso alimenta su lucidez y la fuerza de su voluntad a partir de los rezos por él que él mismo no deja de pedir al final de cada una de sus cartas, personales o públicas.

Su cumpleaños, el octavo que celebra como el papa Francisco, lo situó por un momento en en la cima del eco que generan esas olas fugaces de las redes sociales, y además de aprovechar  la ocasión para decir la frase que encabeza este texto, insistió: “Nadie se salva solo”.

Puede parecer el núcleo de su prédica en días de pandemia, pero en el fondo es parte de la esencia de su mensaje desde que llegó al sillón de Pedro, el 13 de marzo de 2013. Ese día, el cardenal que llegó desde “el fin del mundo”, porteño nacido en el barrio de Flores, identificado con el peronismo en su juventud, hincha de San Lorenzo se convertía en el primer Papa no europeo en más de dos mil años, en el primero jesuita y en el primero latinoamericano.

“América latina es el continente de la esperanza. De ella se esperan nuevos modelos de desarrollo, que conjuguen tradición cristiana y progreso civil, justicia y equidad con reconciliación, desarrollo científico y tecnológico con sabiduría humana”.

En esas palabras dedicadas a su continente cultural, histórico y vital ya estaba trazada su mirada social y política, es decir, la inspiración que traía consigo para ofrecerle al mundo católico y, sobre todo, a la humanidad.

Pero no era un solitario, sino más bien venía a encabezar una prédica por un capitalismo humano, capaz de proteger a los más vulnerables, y con sentido distributivo.

El dramático diagnóstico sobre los seres humanos y el estado de cosas en la que habían puesto el mundo que sostiene Francisco y la Iglesia que lo apuntala, señala a la voracidad del capitalismo financiero (dinero que, alejado de la producción de bienes, se multiplica a sí mismo sólo por su poder) y sobre su despiadada presencia detrás del empobrecimiento de las multitudes, de las guerras, de los desplazados y de la agonía natural por la explotación desmesurada de los recursos naturales.

“Para escuchar los gritos de la naturaleza, hace falta primero escuchar los gritos del ser humano, especialmente de los más pobres e indefensos”,  dice el tercer capítulo de ‘Laudato Si’. El largo documento apuntaba ya a la voracidad y al individualismo: “Enceguecidos en la disputa del presente, se subestima la idea del futuro y de la responsabilidad frente a este. ‘Después de mí, el diluvio’, parece decir, como Luis XV, el hombre de este tiempo. El egoísmo, que para algunos funciona como el motor de la evolución, es todo un rasgo cultural, una ideología que impone”.

Algo del ánimo de estos pensamientos podemos encontrarlo en estos angustiantes, trágicos y devastadores días de pandemia.

 

Un documento notable

Antes de que el coronavirus se llevara por delante el 2020 apenas echado a andar, Francisco ya había comenzado escribir “Fratelli Tutti”, su tercera encíclica (“Lumen Fidei”, 2013, y “Laudato sí”, 2015; las anteriores), que finalmente se publicó el 4 de octubre pasado.

Otra vez, el Papa dio a luz un documento notable, algo así como un camino para pensar y repensar este tiempo, para descubrir algo de lo que hay detrás del velo luminoso de valores fríos y pantallas calientes que hacen al río revuelto de estos días. “Fratelli Tutti” (“Hermanos todos”) era el modo en que San Francisco, “Il poveretto” de Asís, encabezaba los textos su gente. 

Bergoglio fue el primero en elegir el nombre del gran santo de los pobres para darle una identidad a su pontificado. Es entonces que dedicó esta nueva encíclica “a la fraternidad y a la amistad”. 

La invocación de San Francisco más la pasión humana de Bergoglio plantan, decididamente, una posición en la encrucijada en el mundo de este tiempo, a la vez que marcan un giro en la Iglesia adusta y lejana de los pueblos que atravesó los siglos.

“El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias, las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos”, dijo al comienzo de su Papado.

La convicción de Francisco, entre otras situaciones novedosas, ha recogido el aplauso y el respaldo de legiones de no creyentes y de ateos. Claro que también  provocó el disgusto y hasta el rencor de propios católicos. 

Es que la contundencia de sus frases, por ejemplo en “Fratelli Tutti”, no dejan dudas. "El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente" .

Y en los labios de un papa las palabras no sólo son palabras sino que son capaces de forjar hechos.

En su patria de la infancia, Argentina, su figura tampoco ha podido escapar de la tan mentada “grieta”, es decir de las profundas diferencias argentinas, que no son de ahora, sino históricas. Por eso es que no resulta sencillo imaginar una pronta visita, menos en estos tiempos generales de zozobra. Pese a ser, acaso, el argentino más influyente de nuestra historia.

Pero nunca ha dejado de estar cerca, y sus posiciones sobre la deuda externa, en cuanto a que no puede ser pagadas con el sufrimiento del pueblo son una manera de hacerse presente en las negociaciones que nos desvelan.

"El pago de la deuda en muchas ocasiones no sólo no favorece el desarrollo, sino que lo limita y lo condiciona fuertemente. Si bien se mantiene el principio de que toda deuda legítimamente adquirida debe ser saldada, el modo de cumplir este deber que muchos países pobres tienen con los países ricos no debe llegar a comprometer su subsistencia y su crecimiento".

Esa idea presentada en su última encíclica dista mucho de las intenciones de prestadores manos sueltas y sus tomadores irresponsables (anque socios) de plantar deudas externas que no sólo signifiquen grilletes económicos sino también políticos, como nos sucede en estos días.

En el día de su cumpleaños, remarcó: “Con la pandemia nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”.

Entonces, pidió a los responsables políticos y y al sector privado que adopten las medidas para el acceso universal a las vacunas contra el coronavirus y para proveer las tecnologías para tratar a los enfermos.

“Ojalá que al final (de la pandemia) ya no están los ‘otros’ sino sólo un ‘nosotros’. Ojalá no se trate de otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de aprender”, ha dicho.

Aunque la esperanza siempre está presente, como la define en Fratelli Tutti: “La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna”.

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