Editorial

Los jóvenes esenciales

La pandemia nos ha empezado a enviar mensajes repletos de incertidumbre - Por Alberto Calvo
viernes, 3 de julio de 2020 · 10:10

Con el aterrizaje del coronavirus en Argentina durante los primeros días de marzo, gran parte de la realidad que se vive parece haber cambiado. No es un desborde ni exceso pensar que tal vez se hayan acelerado las percepciones que suscitan el ocaso de un mundo que con tanto maltrato se ha enfermado de manera progresiva. Hoy, intempestiva.

Desde el minuto uno de aquel inicial aislamiento social preventivo y obligatorio determinado por el Estado, la pandemia nos ha empezado a enviar mensajes repletos de incertidumbre. Vivir con un virus y con la muerte repentina en breves días no es poca cosa para procesar después de tantas proyecciones de larga vida de los adultos mayores.

Meses de encierro con los miedos al acecho es un modo de igualdad que irrumpe como la novedad. Nadie esta libre de la carga viral.

Se complican nuestros pensamientos razonados. Los cotidianos. La pérdida del gusto, de los olores, se desatan los fantasmas en el camino desconocido que traza el Covid – 19. Ni hablar si la fiebre vuela o cualquier otro síntoma en las orillas de nuestro cuerpo se aproxima. Todo un riesgo infrecuente que no se disipa porque no hay cura a la vista.

En este contexto conjetural a la máxima potencia, apareció la calificación de esenciales para determinar las personas que desempeñan un rol con fundados motivos para que gran parte de la población tenga un transcurrir sostenible mientras se resguarda la vida.  

La decisión política que nos invita a cuidarnos entre todos viene con el soporte de los gráficos del terror. No es una argentinidad. Pasa en casi todos lados. La estadística de los contagios y las muertes por coronavirus se consagra como el tema central de la agenda informativa cotidiana y en los márgenes quedan los problemas que braman.

Redacción Mayo propone en la edición de julio el abordaje periodístico de las juventudes en los territorios con violencias. Desigualdades como flagelo estructural. Injusticias en un entorno que se tiende a naturalizar. Una hondura de la pobreza y la marginalidad que es disolvente del dialogo social. Explotaciones y represiones que rompen en mil pedazos los deseos del buen vivir. Privaciones de la libertad y muchos futuros imposibles. En fin: todo pende de un hilo muy fino mientras se mantiene bastante inmutable la definida estetización del discurso político correcto sin mayores movimientos de las posiciones de poder.

Una realidad de crisis continuas con las urgencias de los desamparados sin reanimaciones para ser salvados.

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