Estudio de la UNC

Mujeres migrantes en Argentina, entre la exclusión y la resiliencia

La feminización de las migraciones impacta en las cifras, pero mucho más en lo cualitativo: suelen ser más vulneradas y excluidas que migrantes varones. Sin embargo, son las primeras en generar redes de trabajo y estrategias colectivas para el ejercicio de sus derechos. El mito de la mujer acompañante. Por Lorena Retegui

Mujeres Migrantes
Mujeres Migrantes Mujeres Migrantes
17-11-2022

En 1976 Liliana Kremer se vio obligada a exiliar. A sus 19 años, sin haber superado hasta ese momento los límites de su Córdoba natal, se encontró sola migrando hacia Paris. “Ahí empecé a estar ocupada y preocupada por las migraciones, especialmente de las jóvenes”, cuenta quien actualmente es docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC (Secyt), al mismo tiempo que es militante feminista en el Colectivo de Mujeres del Chaco Americano. 

Esta nota, en el marco de la agenda pública de la Fundación COLSECOR, indaga en sus últimas investigaciones que ponen el acento en las problemáticas que comparten las mujeres migrantes (como también sus singularidades), las estrategias que implementan al llegar a la Argentina y las marcas que dejan los desplazamientos internos (del campo a la ciudad).

Para el año 2020, según datos de la ONU, el 53,4% de la proporción de migrantes en Argentina eran mujeres (1.194.306, en relación a 1.018.573 de varones). A su vez, los estudios cualitativos coinciden en que son las mujeres las más vulnerables y quienes sufren situaciones de violencia, discriminación, racismo, exclusión y quienes obtienen las peores condiciones de trabajo al asentarse en suelo extranjero. Estas señales, entre otras, explican que su desprotección suele ser más marcada que la de los hombres. Por supuesto, también la etnia, la edad, el nivel de instrucción, su origen rural o urbano, la clase social juegan un rol importante, por lo cual las disparidades migrantes se complejizan y entrecruzan con otras dimensiones que incluye su condición de mujeres.

El hecho de estar solas en un país y una cultura que no es propia, las dificultades para encontrar un trabajo con condiciones dignas y justas son imágenes que Kremer recogió de su exilio y que contribuyeron en su decisión profesional: acercarse al estudio de las migrantes y colaborar con redes que intervienen en defensa de sus derechos y como marco para visibilizar sus necesidades, experiencias y sus prácticas laborales y de producción.

Foto: Colectivo de Mujeres del Chaco.
Foto: Colectivo de Mujeres del Chaco.

Desplazarse del campo a la ciudad

En el marco de un proyecto Consolidar (2018-2022), radicado en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, Kremer dirige un amplio y diverso equipo de trabajo, que, a su vez, incluye colegas de otras redes de investigadores de Colombia y Quebec, Canadá. La propuesta se titula “Mujeres migrantes y desplazadas del campo a la ciudad en situaciones de vulnerabilidad, que se transforman y transforman sus territorios” y, si bien todavía no fue publicada porque la pandemia obligó a modificar los plazos, su directora adelantó a Redacción Mayo los principales hallazgos de esta investigación que se hizo a través de entrevistas abiertas y grupos dialógicos con 80 mujeres migrantes, asentadas en Córdoba, en Santiago del Estero y Buenos Aires.

En consonancia con otros estudios, unas de las reflexiones que surge tiene que ver con el cuestionamiento a un enfoque clásico, el que sostiene que las mujeres migran para acompañar a su esposo, que sigue su desplazamiento, ubicándolas en un rol pasivo. “Lo que observamos es que la mayoría migra hacia la ciudad en busca de oportunidades económicas para su familia, incluso dejando a sus hijos con los abuelos o con la comunidad de proximidad. En el caso de los hombres, esas migraciones son más transitorias, vinculadas con los periodos de cosecha, por ejemplo”.

En un cuadro general, Kremer detalla que “vienen a la ciudad, se quedan un par de años y se vuelven. Muchas otras crean condiciones para traer a su familia, pero en general viven en barrios marginalizados y no logran tener una inserción plena en la ciudad”. Ese es otro de los puntos que se destaca del trabajo de campo: los lugares en los que viven generan mecanismos violentos de exclusión y estigmatización.

“Aterrizan con la necesidad de avanzar en nuevos itinerarios, ampliando sus “mochilas” con nuevos elementos identitarios, y se encuentran con que el ámbito nuevo las descoloca. Todo el componente emocional, afectivo, relacional es fundamental cuando hablan de sentirse solas, aisladas, y con dificultad para vincularse”, sostiene la investigadora de la UNC.

¿Cómo te ves y cómo crees que te ven a vos? Fue una de las preguntas que hicieron las entrevistadoras. Y en ese punto, Kremer da el ejemplo de las migrantes haitianas: “ellas sentían que eran vistas como pobres y negras. Y cuando esas chicas, no eran necesariamente las chicas pobres de Haití, eran de clase media, no de Puerto Príncipe sino de la periferia”. La mayoría, al efecto desarraigo, le suma el estigma como condicionante para llevar a cabo una inclusión plena. 

En el escenario de las actuales sociedades, la feminización de la fuerza de trabajo ha avanzado en forma paralela a los procesos de flexibilización del mercado laboral, convirtiendo a las grandes ciudades en receptoras de mano de obra femenina y migrante. Así, muchas de las mujeres desplazadas, de origen rural y/o de países limítrofes, trabajan en actividades de cuidado de niños y niñas, atención a personas adultas mayores y, principalmente, en servicios de limpieza, como es el caso de las migrantes paraguayas, peruanas y bolivianas. Los datos revelan que para las mujeres migrantes esta ocupación aparece como un nicho de mercado privilegiado: el 69% de las mujeres paraguayas y el 58% entre las mujeres peruanas están ocupadas en este tipo de empleo. A la vez, este universo involucra a mujeres que poseen distintas trayectorias migratorias y diversos niveles de formación laboral, tal como estudia desde hace años otra investigadora cordobesa, María José Magliano.

Feria de artesanías de mujeres. Foto: Colectivo de Mujeres del Chaco.
Feria de artesanías de mujeres. Foto: Colectivo de Mujeres del Chaco.

La salida es colectiva

El proyecto que dirige Kremer articula con las temáticas locales y con el Colectivo de Mujeres del Chaco Americano (eco-región que comprende 13 provincias en Argentina, 3 departamentos en Bolivia, 3 en Paraguay y un estado en Brasil). Es una red conformada por más de 100 organizaciones y más de 500 mujeres (indígenas, rurales, pequeñas productoras, artesanas, campesinas y migrantes), que tiene por objetivo promover el fortalecimiento de sus organizaciones locales, generar y provocar conversaciones que den visibilidad y poder a sus grupos de base, así como impulsar e incidir en políticas públicas, impulsando más derechos con equidad de género.que accionen políticas públicas, impulsar más derechos con equidad de género.

“Es básicamente una red donde las diferencias y la diversidad es su sello distintivo. Es ahí que se integran comunidades completamente distintas, con múltiples formas de vivir el feminismo entre las propias migrantes, distintos intereses, edades, pero también puntos en común y uno de ellos es que son mujeres valientes, porque viven situaciones de gran vulnerabilidad”, cuenta Kremer sobre esta red que tiene presencia en el Chaco desde hace más de 12 años. Como ejemplo, marca el impulso que están dando a la conformación de cooperativas de producción, de trabajo y comercialización de artesanías. “Nadie les enseñó sobre la lógica del cooperativismo, las formas jurídicas, los rasgos que tiene el sector, pero están dispuestas y muy ávidas de capacitarse y esta es la razón por la cual la red es una oportunidad para favorecer la visibilidad de todo lo que están generando desde lo ciudadano, lo económico, lo medio ambiental, lo político. Son mujeres luchadoras, que saben que la visibilidad se logra en procesos colectivos”, concluye la investigadora.

Suscribite al newsletter

Redacción Mayo

* no spam