OPINIÓN

La batalla de los cuerpos: ganar y perder por goleada en la misma semana

Mirar la tele, prender la radio, ir al teatro o a eventos multitudinarios, puede servir para confirmar cuánto hemos aprendido de respeto por la libertad y las diversidades. Y lo mucho que nos falta. Cinco evidencias en siete días. Por Cris Aizpeolea

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28-02-2023

Que viva el rock. Domingo de sol en las sierras. Nos convoca una nueva edición de Cosquín Rock, ritual de carnaval. Salgo de casa con dos de veintipico, aunque enseguida nos perdemos. Ningún problema en una fiesta de 200 mil personas donde, básicamente, cada quien hace lo que quiere. Voy y vengo por el predio siguiendo mis bandas preferidas (que coinciden con las de mis chicos, punto interesante para otra columna) y me dedico a lo que más me gusta: mirar la gente, detectar hábitos, modos de andar. Pienso que hace 30 años, con el mismo calor que ahora, era imposible para una chica subirse a un colectivo en shorts. Con mis amigas íbamos al gimnasio y para evitar malos ratos en la calle llevábamos la calza y la musculosa ¡en un bolso! Ahora las chicas andan entre la multitud en corpiño de malla y ni les importa si encajan en el molde de una revista. Al menos en un festival de rock, de eso ni se opina, ni sorprende, ni se mira, ni se toca, ni nada. Cuerpo propio, cuerpos libres. Batalla ganada.   

Abran cancha. Viernes 21 horas, Estadio Kempes, noche de verano con una lunita recién nacida. En la marea humana que pinta todo de celeste hay muchísimas mujeres: grandes, chicas, solas, juntas, con niños, con varones. Soy una de ellas, pero trato de abstraerme para observar: se las ve libres, confiadas, alegres, seguras. Punto a favor para Belgrano y su enorme trabajo de apertura, de vínculo con la comunidad, de campañas en contra de la violencia deportiva, policial o machista. Adentro, el público desentona con horribles mensajes de homofobia. Ocurre en todas las canchas. Retrocede tres casilleros. Canta que los rivales son putos. El que la tira a la tribuna, es puto. El que corre lento, es puto. Me pregunto si ninguno de los que grita tendrá un gay en la familia o entre sus amistades, y es matemáticamente imposible. Me pregunto qué sentirán los gays del fútbol profesional que, matemáticamente, seguro también existen. Mi equipo redondea un mal partido (horrible) y el público se impacienta. Ahora varios de los nuestros pasan a ser unos culiados (dicho sin ningún cariño), porque no hacen tres pases juntos, porque no corren, no llegan, no la embocan. El árbitro es otro desastre y la hinchada se acuerda de su madre con lo peor que les sale de la garganta, si es que la palabra “puta” pudiera por sí sola considerarse un insulto. Veo a muchas mujeres gritando igual de desaforadas y me amarga, especialmente porque son jóvenes. Mala señal. Otro paso para atrás. No jugamos a nada, salgo embolada, me mezclo de nuevo en la marea y me imagino toda esa mala onda desparramándose por la ciudad. A dar vuelta la página rápido #piratas.

Carlos Paz, divino tesoro. La cartelera teatral de la villa serrana siempre tuvo su propia cosmovisión. En medio de una cruzada mundial contra el abuso adolescente, en Carlos Paz podía triunfar una comedia con una vedette vestida de colegiala. Por suerte, también eso va cambiando. Este fin de semana se despidió a sala llena Kinky Boots, el musical de Harvey Fierstein, el mismo de La Jaula de las Locas, un militante por la diversidad desde el año cero, en el que Lola, la transformista interpretada por Fede Bal, se convierte en la socia menos pensada de un joven empresario para salvar una fábrica de zapatos. Hay 1.200 personas en el Teatro Luxor que empatizan con Lola y aplauden la escena donde ambos protagonistas hablan de mandatos y discriminación. La obra es más que un alegato antimachista; es una oda a la libertad, al respeto por los demás, a aceptarnos como somos. Con amor, evoluciona hasta el más retrógrado. El público subraya la moraleja y le grita a Lola que no decaiga y sea fiel a sí misma, mientras celebra el baile de las Drag Queen. Cuatro diosas. Antes, el arte transformista era para gente cool. Ahora también es popular. Puntazo a favor. Quizás la gente sale del teatro y sigue soltando al cavernícola en la cancha, pero no deja de ser un avance. 

Locomotora va al frente. La boxeadora Alejandra “locomotora” Olivera, cuatro veces campeona mundial, se abrió camino a las piñas en un mundo de hombres. Cuando recuerda su infancia, la santafesina cuenta que ella y sus seis hermanos trabajaban en el campo para poder comer. Vuelvo del teatro escuchándola en una entrevista con Gabriel Anello donde repasa su historia, sus medallas, su récord Guiness, su maternidad adolescente, su feminismo antiaborto y su presente al frente de una escuelita de boxeo donde saca chicos de la droga y de un gimnasio donde entrena hombres y mujeres. Es una laburante de tiempo completo, motivadora profesional a fuerza de garra, recorre el país dando charlas. Novedad para mí: en 2020, intercedió ante la World Pugilism Commission (WPC) para que las chicas trans pudieran subir al ring y está preparando un festival. 

Aprender a nombrar. Me preparo para una reunión, en la radio porteña @urbanaplay hablan de Camila Sosa Villada, la autora cordobesa de la multipremiada novela Las Malas. Está inspirada en las travestis del Parque Sarmiento que la cobijaron cuando trataba de asomar cabeza en un mundo hostil, y se ve que usó un lenguaje universal: fue traducida a 12 idiomas. Es la escritora del momento, pero en 2009, cuando irrumpió en la escena teatral con Carnes Tolendas, la gente y los medios hablaban “del” travesti. Perdón por la  ignorancia. No sin causar dolor, hemos aprendido a nombrar a esta autora y actriz descomunal. Punto a favor para todos. Avanzamos cuatro casilleros. Entro en el bar y el noticiero está en conexión con Barcelona por el caso de las gemelas argentinas que se arrojaron de un tercer piso porque les hacían bullying, por sudacas. Es un drama que se me anuda en la garganta; si lo pienso no me deja dormir. Una familia emigra en busca de un futuro mejor y los espera el infierno. Eran preadolescentes, tenían apenas 12 años. Una está grave y la otra, Ivana, la que murió, según leí, se había cortado el pelo, había decidido llamarse Ivan. No se lo perdonaron, el acoso escolar le resultó insoportable. Goleada en contra. Me pregunto si ya no habría que presentar el caso de otra forma. El drama del chico trans y su hermana gemela.

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Redacción Mayo

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