DELITO Y ADICCIONES

“Está preso porque no tuve otra salida que denunciar a mi hijo”

Dos madres de dos “Chanos” de los barrios marginales relatan en primera persona el difícil derrotero de tener un hijo atrapado en el consumo de sustancias. La judicialización, los ajustes de cuentas y los tratamientos con pastillas que reciben del Estados. Por Juan Federico
lunes, 16 de agosto de 2021 · 11:49

Ilustración Daniel "Pito" Campos

 

Con o sin recursos, sostener a un familiar adicto termina por convertirse en una verdadera odisea para todo su círculo íntimo. Celebrar los días “buenos” y lidiar con las recaídas, chocar con un sistema estatal desbordado, invertir fortunas –en caso de ser posible- en tratamientos con resultados dispares, sentir el estigma social y vivir al borde del abismo constante, son parte de una realidad que por lo general se mantiene callada ante la opinión pública.

Hablar de drogas, en los medios tradicionales, es insistir con el narcotráfico y el imaginario de Pablo Escobar y las poderosas organizaciones retratadas casi en tono de comedia. O detenerse en los excesos de ricos y famosos atrapados en el consumo. Pero a la orilla de todo este relato, aparecen miles de jóvenes y no tanto, desparramados en cualquier punto del país, cuyas biografías representan toda una telaraña difícil de abordar en el discurso público y en la acción oficial.

En este derrotero, las madres, siempre ellas (dónde estarán los padres de estos chicos), terminan formando una suerte de círculo de ayuda para contenerse.  Y en ese darse cuenta de que no son casos excepcionales dejan y van superando, de a poco, la sensación de culpa y de impotencia.

Una de estas mujeres cuenta que la situación se volvió tan desesperante que tuvo que denunciar a su propio hijo. Y le pidió a la Justicia que lo detuviera con la esperanza de que algún funcionario se apiade de él.

“El domingo pasado tuvo una crisis muy grande –dice-. Se había drogado y atentó contra nosotros. Nos golpeó. No tuvimos otra que denunciarlo, y ahora quedó detenido. Nosotros queremos que lo judicialicen para que vaya a un centro de rehabilitación”.

“Queremos que lo evalúen los profesionales y determinen si está apto para estar en la calle o si necesita ir a un centro asistencial, porque s la próxima vez puede hacer una locura”, afirma. 

 

Preso de las drogas

“Mi hijo está en la cárcel de Cruz del Eje y ahí hacen lo que sea para conseguir la droga”, cuenta otra mujer que hace 18 años intenta lidiar con ese infierno. Es el mayor de los hijos de una familia de clase media baja, de un populoso barrio ubicado a media hora del Centro de la ciudad de Córdoba. Cuando un policía le avisó que su hijo, de entonces 13 años, había empezado a consumir, ella no quiso creerle. Y así se mantuvo, hasta que no le quedó más remedio que darse un golpazo de realidad. 

Su hijo concurrió al Instituto Provincial de Alcoholismo y Drogadicción (Ipad) y a otros centros estatales. También la familia pagó lo que para ellos representaba una fortuna para lograr internarlo en un centro privado, pero hasta ahora nada les dio resultado. Aquel precoz adolescente, hoy ya convertido en un adulto, ha pasado gran parte de su mayoría de edad preso en una cárcel. 

Con evidente dolor, la mujer cuenta que fue descubriendo que el sistema a su hijo no ofrecía otra salida para su hijo más que la cárcel. Del Ipad lo sacó después de descubrir que el “tratamiento” consistía en mantenerlo dopado, tirado en una cama, casi todo el día. Según cuenta, del centro privado volvió mejor, pero la esquina del barrio pronto lo tentó de nuevo. De los centros públicos ambulatorios, al igual que otros jóvenes, salía con una bolsita con las pastillas para el día. Y afuera las molían y las tomaban mezcladas con alcohol.

Pronto cayó en el delito y la cárcel terminó siendo su salvación. El muchacho tenía los días contados en el barrio: lo habían sentenciado a muerte por haberle robado mano armada a un conocido vendedor de cocaína al menudeo. 

La mujer sabe que la historia de su hijo se multiplica a diario en la de cientos de jóvenes. Mientras se pregunta por qué hay cada vez más oferta de droga en los barrios, cuenta cómo tratan de sostenerse, y la descripción es otro cachetazo social: “Ahora estoy ayudando a una familia que tiene un hijo también con problemas, que empezó igual que el mío. Y como yo hace tantos años ya que estoy  en esto, trato de dar una mano. No sabés la cantidad de jóvenes, varones y  chicas, que están ahí en los centros pidiendo pastillas. Les tiemblan las manos. Es una locura. Les dan una bolsa marrón con pastillas y nada más. Hay chicos que amanecen directamente ahí. Están tirados, esperando su bolsita”. 

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