“Mi Buenos Aires querido, me tenés podrido”

Fue secuestrado por un grupo de tareas en su casa del barrio porteño de Villa Crespo el 4 de mayo de 1976 y desde entonces permanece desaparecido. A través de su vida y su obra, Haroldo Conti transmitió la misma convicción: “Me siento, fundamentalmente, un hombre de pueblo”. Por Osvaldo Aguirre

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Osvaldo Aguirre Osvaldo Aguirre 13-07-2022

Los avatares de la vida y sus búsquedas literarias lo hicieron deambular por lugares tan distintos como la provincia de La Rioja y la Antártida, las costas del departamento Rocha, en Uruguay, y el Delta del Paraná. Entendió que no podía ser solamente escritor, y entre otros oficios también fue piloto de avión y navegante, y los habitantes del campo bonaerense lo vieron pasar muchas cosas al volante de un Renault 4L. En el camino, Haroldo Conti nunca perdió de vista el punto de partida y la meta: el pueblo natal, el mundo de la infancia en Chacabuco, provincia de Buenos Aires.

?No he hecho otra cosa que trotar y trotar sobre este mismo camino rumbo a la tierra que abandoné y que corre delante de mí exactamente a la misma velocidad?, escribió Conti en su último cuento, ?A la diestra?, la elaboración del duelo por la muerte de una tía transformada en una reelaboración del pasado a través de la memoria y de la ficción.

Entre las figuras de su memoria se reitera la presencia del padre, ?el pelado Conti, que cazaba perdices y liebres con una escopeta Beretta, plegable, del 12 con la cimaza y la culata de nogal segriñadas?, como lo evoca en ?A la diestra?. La precisión de las referencias es característica en Conti, pero no tiene que ver con la nostalgia sino con un conocimiento sobre maquinarias, herramientas y objetos y con destrezas adquiridas en la práctica que llevadas a la escritura ?son opción por lo concreto, por la materialidad de la vida y del mundo, por las rugosidades del lenguaje?, dice Juan Bautista Duizeide en el prólogo de En prensa, la reciente recopilación de su obra periodística.

Conti nació en Chacabuco el 25 de mayo de 1925. El padre, tendero ambulante, ?hablaba en los entierros y casamientos? y lo llevaba ?de un lado a otro, un día al norte, otro día al sur?. Cargaban las cosas en un charret y recorrían las chacras y los alrededores del pueblo, ?vendiendo cosas y charlando con la gente, y eso dejó un sedimento que tardó en madurar y en concretarse en relatos, en cuentos?, según testimonia en la película El retrato postergado, de Roberto y Andrés Cuervo (https://www.youtube.com/watch?v=6kf6bZknt3Y&ab_channel=Andr%C3%A9sCuervo). La paternidad, el llamado del camino y la aspiración a una vida liberada de rutinas son temas determinantes en su obra.

Un territorio literario

La celebración del pueblo implicó a la vez un rechazo hacia la capital que Conti manifestó con insistencia: ?Mi Buenos Aires querido, me tenés podrido?, ?Yo soy eminentemente un forastero en Buenos Aires?, ?esta ciudad? que nunca llegué a amar?. Escribir fue también una forma de escapar de ese ambiente y retornar a los orígenes. ?Me siento fundamentalmente un hombre de pueblo. Un hombre del interior. Y donde me reconozco es justamente aquí, en Chacabuco, donde nací?, afirmó.

Una anécdota muy citada cuenta que, invitado a Ecuador y a saludar al presidente de ese país, se presentó como ?Haroldo Pedro Conti, de Chacabuco?. Pero la salida cobra sentido en relación a otro rechazo: la sociabilidad literaria. Y para el caso fue una forma de distanciarse de los escritores que lo acompañaban y que se identificaron ceremoniosamente como representantes de sus países.

?El pueblo, Chacabuco, es una luz lejana que empieza a recuperar en sus cuentos. Es curioso que ninguna novela de Conti suceda en Chacabuco. Sólo en sus cuentos se da ese rescate, esa recuperación?, dice el escritor Hernán Ronsino, que también conoce ese mundo de referencia, como nacido en la ciudad vecina de Chivilcoy.

Como un efecto opuesto al de Marcel Proust y la saga de En busca del tiempo perdido, ?Conti no necesita tantos tomos, en el formato breve del cuento se mantiene la llamita, esa figura que tanto aparece en su escritura, del pasado, de la infancia, de lo que se va perdiendo irremediablemente?, agrega Ronsino, autor de Glaxo y Cameron, entre otras novelas. ?En esos cuentos sobrevive la voz de los inmigrantes que se instalaron en la pampa y que con Conti irrumpe en la literatura?.

El paisaje inicial en su literatura no fue el interior bonaerense sino el Delta. En la consagratoria novela Sudeste (1962), Conti sigue la deriva de un peón isleño, el Boga, que trabaja en la zafra del mimbre y a la muerte de su patrón se convierte en un pescador vagabundo. En su recorrido, el protagonista encuentra a otros hombres endurecidos por el ambiente del río y se deslumbra ante el hallazgo de un barco abandonado, símbolo de la posibilidad de viajar y alcanzar una nueva vida y a la vez de la ruina y la muerte. Esa misma dualidad llega con el sudeste, ?el viento que viene del mar, el lugar que todos los hombres del río parecieran anhelar? y que también desencadena tormentas devastadoras.

La escritora Débora Mundani sostiene que la experiencia relaciona el interior bonaerense con la geografía del Delta en la obra de Conti: ?Tanto Chacabuco y los alrededores como el ambiente de río son territorios que él conoce y sobre los que escribe desde su propia experiencia vital. Esto no quiere decir que sean textos autobiográficos. La escritura es una manera de conocer esos espacios?. El propio Conti admitió en El retrato postergado el peso de la ficción en el rescate del pueblo: ?invento bastante?.

Autora de la novela El río, Mundani destaca como ejemplares en esta perspectiva ?Todos los veranos? y ?La balada del álamo carolina?, cuentos tramados en la pampa bonaerense y en el río. Los paisajes son diferentes, pero están atravesados por la búsqueda de personajes e historias cotidianas. ?Conti recupera territorios que conoce y representa literariamente a personas de carne y hueso con las que tuvo una experiencia. Lo importante es de qué manera construye un territorio literario y cómo con la obra de otros autores latinoamericanos?, dice Mundani, y puntualiza una serie de coordenadas en un mapa donde convergen la historia y la ficción: Juan Rulfo y Comala, Gabriel García Márquez y Macondo, Juan Carlos Onetti y Santa María.

?La revalorización del pueblo es también una aspiración de la época: pensemos en las críticas a la sociedad de consumo y al hacinamiento en las grandes ciudades que encontramos en algunos intelectuales vinculados al Mayo francés como Henri Lefebvre y su libro El derecho a la ciudad, o Herbert Marcuse en El hombre unidimensional?, observa a su vez la ensayista Nilda Redondo.

En Haroldo Conti y el PRT. Arte y subversión (2004, segunda edición en 2010), Redondo analizó la dimensión política de la obra y la vinculación de Conti con el Partido Revolucionario de los Trabajadores. ?Me centro en la novela Mascaró, el cazador americano, de 1975, por la que recibió el premio Casa de las Américas y donde pone en cuestión una de las características del realismo como es considerar al mundo ya dado, ya constituido?, explica.

?En Mascaró esa realidad se convierte, se transforma según los ojos con que se la mire. La novela es a su vez una metáfora de la guerra popular prolongada que planteó el PRT-ERP?, dice Redondo, profesora en la Universidad Nacional de La Pampa y también autora de El compromiso político y la literatura Rodolfo Walsh (2001). Conti retoma un personaje de relatos anteriores, Oreste, y uno de sus principales motivos, el del viaje y la deriva imprevisible del camino, y los proyecta en una perspectiva política y a la vez poética a través del Circo del Arca con el que el personaje se vincula: ?El canto, la danza, las artes circenses, el deseo de leer y escribir, la risa y el placer, para poder desplegarse con autonomía de los poderes constituidos ?representados en la novela por su aparato represivo: los rurales- debe defenderse con las armas?.

Literatura, vida y compromiso

En ?La breve vida feliz de Míster Pa? (1974), uno de sus artículos para la revista Crisis, Conti se propuso seguir los rastros de Ernest Hemingway en Cuba. Recorre entonces el Hotel Ambos Mundos, la finca del escritor norteamericano en la isla y el bar La Azotea, donde según la leyenda se emborrachaba ritualmente, entrevista a personas que lo conocieron y lo recuerda como un modelo de su juventud, después de salir del Seminario Metropolitano Conciliar de los jesuitas, en el barrio de Villa Devoto, donde había sido llevado por su madre.

Hernán Ronsino observa que la influencia de Hemingway se generalizó entre los escritores de la época, pero que en Conti se ajustó a la biografía y a la diversidad de oficios que acompañaron su formación como escritor: maestro de primaria, empleado bancario, transportista, guionista de cine y de publicidad. ?En sus textos de ficción se percibe, más que el vitalismo y la búsqueda de aventura, un registro que construye personajes atrapados por la vida y que tienen como ilusión saltar al camino, pero no lo hacen; o si lo intentan, como en Sudeste donde el Boga sueña con tener un barco, la orilla se abisma?, advierte el también director de Carapachay o la guerrilla del junco, revista digital donde la figura de Conti fue tutelar (https://revistacarapachay.com/).

Conti se propuso ?una literatura que fuera un modo de conocer mejor la vida?, según expuso en una conferencia dictada en 1966 en una escuela de Chacabuco. Tres años después, en un texto escrito a pedido de Francisco Urondo se pregunta por qué escribe y plantea que a través de la literatura se cuenta a sí mismo ?todas las vidas que no pude vivir?.

No quería aislarse, sino salir a la búsqueda de personajes e historias. En 1961 se afincó en el paraje Punto Muerto del Delta, frente al arroyo Cruz de Gambados. Según Teresa Giacobone, una amiga de la época entrevistada por Néstor Restivo y Camilo Sánchez para el libro Haroldo Conti, Biografía de un cazador, ?era un gran investigador, (preguntaba) el por qué esto, el por qué lo otro de los isleños y de las islas. Se trataba de relacionar con todos los de por acá, gente poco preparada, pero con la experiencia adquirida en el lugar?.

?El río es memoria?, escribe Conti en Sudeste, y también en el cuento ?Marcado?. ?No podríamos pensar la historia de la constitución del Estado nacional argentino sin considerar la importancia de sus ríos, sobre todo el Paraná -señala Débora Mundani-. El río es móvil, sin embargo, esa movilidad de lo que fluye y pasa también deja marcas, indicios y huellas en su entorno?.

En la crónica ?Tristezas del vino de la costa? (1976), sobre su excursión a la isla Paulino frente a la costa del Río de la Plata, Conti entrevista a los habitantes y quiere ?reconstruir pacientemente? la historia local. Los testimonios coinciden en evocar una creciente del año 1940: a pesar del tiempo transcurrido, el río inscribió un suceso imborrable. ?Los lugares son como las personas. Se mezclan a la historia de uno?, reflexiona Conti en las primeras líneas.

En Sudeste el río es la presencia dominante y el eje de la novela, que con su forma sinuosa y a menudo bifurcada lo evoca incluso a nivel de la estructura. Los hombres están hechos a imagen y semejanza del río: son duros e implacables como él, ?forman parte de un todo inexorable que marcha animado por cierta fatalidad?. El protagonista es un ser pasivo que acepta con mansedumbre las cosas, como una especie de don del paisaje.

La visión de Conti también puede proyectarse sobre la historia reciente, agrega Mundani: ?La idea de que el río es memoria permite pensar la violencia política en nuestro país. El maltrato y la explotación de los trabajadores de los yerbatales del Alto Paraná, por ejemplo, muy bien retratados en El río oscuro, de Alfredo Varela. O los vuelos de la muerte y los cuerpos que aparecían en costas del Río de la Plata, durante la última dictadura?.

El cuestionamiento de Conti hacia su actitud como escritor llegó a un punto de crisis en 1971, justamente después de recibir el premio Seix Barral, en España, por la novela En vida. Ese mismo año viajó por primera vez a Cuba, invitado por Casa de las Américas. ?Conti es guevarista más que marxista leninista, y cristiano. Así lo vemos en el cuento ?Con Gringo? que escribe luego del asesinato del Che en Bolivia: la imagen del Che llevado a prisión es la de Cristo llevado al calvario?, afirma Nilda Redondo.

Conti fue secuestrado por un grupo de tareas en su casa del barrio porteño de Villa Crespo el 4 de mayo de 1976 y desde entonces permanece desaparecido. Salvajemente torturado, estuvo detenido en la Brigada Güemes y en el centro clandestino El Vesubio, en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército, y fue visitado por el sacerdote Leonardo Castellani, quien había reclamado por su vida en un almuerzo de escritores con el dictador Jorge Videla. En diciembre de 2014 el Tribunal Oral Federal Nº 4 de la ciudad de Buenos Aires condenó a prisión perpetua a tres militares retirados y a un ex penitenciario por su secuestro y desaparición.

En la primera edición de su libro, Nilda Redondo destacó que la obra de Conti era desconocida por la crítica especializada debido a su compromiso político. ?En ese momento no se leía en los colegios secundarios ni terciarios ni universitarios. Me refería a un enfoque que no evitara su pertenencia al PRT- ERP; a una concepción de la crítica literaria que no abundara en los aspectos formales o externos y devaluara lo que se decía; que omitiera la situación en la que fueron producidos esos textos, que ignorara el momento histórico en que se habían elaborado y difundido?. Hoy, aunque reconocido y celebrado en diversos ámbitos, sigue sin ingresar en la academia: ?no lo veo en agendas de investigación en los congresos de Literatura de Argentina o Literatura latinoamericana, por ejemplo?.

Las pequeñas grandes vidas

?Los grandes sucesos me resultan ajenos, porque se colocan de un salto más allá de mi vida. Me reconozco en las pequeñas cosas y las pequeñas vidas sin residuo de historia?, escribió Conti. Ese ideal se encuentra en los relatos de La balada del álamo carolina (1975), donde los sucesos y los personajes de pueblo vuelven a ser dominantes. El libro incluye dos de sus mejores cuentos, ?Las doce a Bragado?, la evocación de un tío y a través de él de las fiestas y días extraordinarios de la infancia, y ?Mi madre andaba en la luz?, donde el recuerdo personal se despliega en una evocación más amplia localizada en Warnes, un paraje situado entre Chacabuco y Bragado.

El álamo carolina, cuya presencia se reitera en los últimos relatos de Conti, parece simbolizar el pasado como un orden perdido pero a la vez presente. ?El acento melancólico atraviesa gran parte de su obra, no solamente la que transcurre en Chacabuco o en el campo -aclara Débora Mundani-. Quizás para ser un gran idealista también hay que captar ese sentido de la pérdida, de aquello que se va o de aquello que podría haber sido y no fue, como para soñar hacia adelante. Es una característica vital en Conti?.

Sus rastros pueden seguirse en la variedad de caminos que recorrió. ?Hay dos líneas narrativas que vienen de Conti y perduran como huella hoy en varios autores contemporáneos: una es el territorio del río y otra el de los pueblos del interior?, dice Hernan Ronsino. Para Nilda Redondo, ?falta no obstante para él y para otros un punto más que mezcle lo político, lo estético, lo ético, lo cultural y social; que desde este nuevo presente vuelva al lugar de donde partió para verlo nuevamente volar?.

Conti pensaba que la vida era con frecuencia ?un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas?, porque a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante?. En esa estela, Débora Mundani apunta un núcleo de sentido: ?hoy, leyendo su obra, también podríamos pensar que las historias mínimas que contaba son aquellas que permiten construir, en su caso desde la ficción, una memoria colectiva?. Leer a Conti es encontrar, cada vez, un nuevo punto de partida.

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Redacción Mayo

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