Verano 2021

Vacaciones en la encrucijada

La temporada de turismo interno en verano se enfrenta a las acechanzas de la pandemia - Por Alejandro Mareco
sábado, 1 de mayo de 2021 · 20:38

La temporada de turismo interno en verano se enfrenta a las acechanzas de la pandemia, entre el drama cotidiano de los que sucumben al coronavirus y los episodios de resistencia al cumplimiento de las medidas de prevención. Las vacaciones tienen su historia de conquista social.  

 

Si la palabra vacaciones siempre ha sonado como tocada por la varita de la plenitud, el imaginario de sensaciones placenteras esta vez ha sido atravesado por las condiciones, las angustias y zozobra que trajo la pandemia, tan omnipresente como arrolladora.

El cuento que cuentan las pantallas de enero ya no sólo está salpicado de gotas de agua fresca, arena y sol, sino que los episodios de multitudes de jóvenes abigarradas en playas y fiestas han encendido alarmas y polémicas, en medio del gran brote de contagios que siguió a las descontroladas reuniones de fin de año.

Del otro lado, son legiones de argentinos las que han retaceado su presencia en los tradicionales escenarios de verano, que han elegido opciones más aisladas o que sencillamente se han quedado en casa como resguardo, aun cuando sus posibilidades económicas les hubiera permitido salir.

Son tiempos extraños y difíciles de interpretar estos de la pandemia. Hay como una realidad partida en dos.

Por un lado, la cifra de muertos en el país avanza inexorablemente hacia las 50 mil personas, con todo la dimensión trágica y el dolor que eso representa historia por historia, puesto que se trata de unas enfermedades que depara uno de los finales más cruel por la soledad a la que condena.

Del otro lado, esta parte dramática parece no registrarse y a los brotes de individualismo y aun hedonismo que están expuestos en el ánimo de la cultura desde hace algún tiempo, se suma el tironeo de la pequeñez política que ha hecho que la gran esperanza que representan la llegada de las vacunas haya quedado también atrapada en atrasadísimas polémicas ideológicas, fuera de hora y lugar.

A todo esto, la muy precaria situación económica en la que nos encontró la pandemia nos ha representado una encrucijada mayor acaso de la que significa en buena parte del planeta, donde los países inclusos más poderosos han sentido muy fuerte los efectos del coronavirus en sus indicadores.

Las condiciones de distanciamiento social, uso de barbijo y lavado y desinfección de manos deberían ser los constantes gestos cotidianos de estos tiempos, y más aún en escenarios de vacaciones donde confluye gente de distintas partes. Muchos no lo entienden así, y otros directamente se niegan, a conciencia, a respetarlos.

Es muy posible que la pandemia -cuyo final aún no se avizora y menos el volumen de daños de todo tipo que causará- dejará secuelas en los modos de las relaciones sociales.

Mientras asistimos a esta tensión entre insistencia y resistencia, vale también preguntarse qué huellas dejará el coronavirus en la manera de vivir las vacaciones.

 

Un bien anhelado 

Por lo pronto, las vacaciones anuales, constantes y multitudinarias es apenas una experiencia de las últimas generaciones. Para que esto sucediera, han sido factores decisivos la evolución del transporte sobre todo en el siglo 20, y las políticas que afirmaron la movilidad social y los derechos de los sectores asalariados.

La memoria del “veraneo” recoge la iniciativa del emperador Adriano, en la Roma del siglo II. El agobiante calor de la capital del imperio y la abundancia de mosquitos que contagiaban la malaria, lo llevó a construir una villa de descanso junto a las playas de Tivolli. Esa ruta fue la que comenzaron a seguir familias patricias y funcionarios en los estíos.

Por siglos, los veraneos eran privilegios de los sectores más altos de la sociedad. Así pasaría con las familias de la oligarquía porteña que, con sirvientes incluidos, se trasladaban los tres meses de la estación. Si era hacia Córdoba, los hoteles Edén, en La Falda, y el Sierras, en Alta Gracia, eran los señalados. Si se trataba de la costa, el Hotel Bristol de Mar del Plata era uno de los favoritos.

La gran conmoción llegó en enero de 1945, cuando por un decreto de la Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación, a cargo del entonces coronel Juan Perón, se estableció el derecho de los trabajadores a gozar de un período de vacaciones pagas.

A partir de allí, sumado al programa de turismo social que vendría, multitudes de argentinos comenzaron a desplazarse por el país. Los sindicatos sembraron grandes hoteles-colonias de vacaciones las sierras y la costa.

Podría decirse que, de algún modo, el concepto de veraneo cambiaba por el de vacaciones.

“Para los trabajadores se trató de una reivindicación muy importante, hay un proceso de conquista de las vacaciones como un bien anhelado por la sociedad al igual que la adquisición de la casa propia”, afirma Elisa Pastoriza, en su libro “La conquista de las vacaciones”.

La grieta política de entonces estaba muy candente. “Habría que analizar hasta donde todo el odio que la oligarquía le tenía a Perón se debía a las leyes y disposiciones en favor de los trabajadores o, pura y simplemente, a que les llenó Mar del Plata de ‘grasas’ y ‘cabecitas negras’. Además, los sindicatos empezaron a comprar hoteles, los hoteles de la oligarquía, nada menos: así, por ejemplo, el Hurlingham fue adquirido por la Confederación de Empleados de Comercio (…) Era el acabóse”. Lo escribió Norberto Galasso en el “Perón, formación, ascenso y caída (1893-1955)”.

El país fue desarrollando una infraestructura y una actividad económica dependiente del turismo interno cada vez mayor, que algunas veces se vio jaqueada en épocas de dólares baratos que favorecieron la salida al exterior.  Pero ninguna encrucijada tan dura como la que deparó la pandemia.

Aunque la encrucijada es general: arriesgar más vidas o sostener la actividad económica en un momento de pobreza creciente y de deuda externa impagable, al menos como fue tomada en los últimos años.

Las vacaciones son otro modo de vivir: ropas livianas, pies sin aprietos, piel al aire. Son días de tiempo laxo, con minutos largos para demorar los sabores, para jugar, para disfrutar de afectos, risas y caricias sueltas.

Muchas de esas sensaciones siguen en pie, pero bajo el acecho del coronavirus y la tragedia para los grupos más vulnerables al contagio y a las consecuencias de la enfermedad.

Sabemos que el verano pesará, pero la pandemia seguirá entre nosotros hasta que, ojalá, las vacunas consigan romper el cerco.

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