Entrevista

“Hoy el capital manda como nunca, pero es difícil identificar al titiritero”

Redacción Mayo conversó con Ariel Pennisi, ensayista e investigador, sobre el trabajo contemporáneo, la crisis del sindicalismo y la fragilidad del Estado. Por Lorena Retegui

ariel pennisi
ariel pennisi Redaccion Mayo
Lorena Retegui Lorena Retegui 04-08-2022

Ariel Pennisi es ensayista, docente universitario, editor (editorial Quadrata) e investigador de problemas filosóficos y políticos. Colabora en el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) e integra el Instituto de Estudios y Formación de la CTA. Penissi es autor de Nuevas Instituciones (del común) (en prensa), y coautor de El anarca. Filosofía y política en Max Stirner (con Adrián Cangi, 2021), entre otros trabajos académicos.

 

-A nivel global, ¿qué rasgos adquiere en la actualidad el sujeto trabajador y trabajadora?

-Voy a partir de la hipótesis de Paolo Virno, un filósofo italiano marxista, porque su tesis es, tal vez, más pertinente hoy que en su momento de gestación, con las revueltas sociales de los 60, 70. Lo que estamos viendo actualmente es que cada vez más, el capital apropia y valoriza aspectos de las personas que constituyen facultades o capacidades como el lenguaje, la empatía, la propensión a incorporar siempre nuevo conocimiento o información. Lo que se llamó desde Marx “capital fijo”, es decir, maquinarias y tecnologías en poder del dueño de los medios de producción, se desplaza ahora hacia una inteligencia colectiva, no tan claramente bajo la órbita patronal clásica. Entonces, para quienes hemos estudiado, escrito, y militado en esa dirección, la pregunta por el sujeto del trabajo contemporáneo se complica, porque lo que el capital toma de nosotros no es solo el recorte de la jornada laboral que supimos conseguir, sino potencialmente todo lo que la trabajadora o el trabajador puede y hace de manera dispersa o semi dispersa, es decir, de buena parte de la actividad humana, dentro y fuera del trabajo. De ahí la potencia del planteo del feminismo de los 70 al día de hoy, referido a la invisibilización de las tareas de cuidado. A nivel local, las luchas feministas resultan eficaces porque las mujeres reconocen más allá de su militancia, o de su desconocimiento del feminismo, la necesidad del reconocimiento social de tareas invisibilizadas o desjerarquizadas. Esa lucha de la invisibilidad hoy es extensible a todo el trabajo social no reconocido. Es necesario que ese planteo exceda al feminismo y pueda ser revisado y reapropiado de manera masiva y transversal por distintos actores y sectores sociales.

 

-¿Por ejemplo? 

-Hay una gran parte del trabajo que se suele mezclar en esa bolsa significante que es la “informalidad”, que incluye trabajadores y trabajadoras de la economía social, solidaria y popular, monotributistas, freelancers y precarizados para todos los gustos (o disgustos deberíamos decir), y que resuena fuertemente con las hipótesis posfordistas.  El trabajo fordista o taylorista generó en la clase trabajadora la resistencia a la prescripción y el disciplinamiento, ya que donde pesa la imaginación, la complicidad entre obreros, saberes específicos o habilidades hay posibilidad de autonomía respecto del capital. Solo que en el contexto fabril del fordismo, más allá de grandes victorias de la clase trabajadora, las patronales lograron técnicas de control de esa posibilidad. Todo lo que hacemos más allá de contratos, y que ocupa cada vez mayor tiempo y esfuerzo, es considerado “trabajo vivo”. La tendencia posterior al fordismo busca capturar y controlar directamente el trabajo vivo, es decir, eso que antes sucedía tácitamente o en los márgenes, pero hoy se vuelve cada vez más dominante. 

 

-En la actualidad surge ese discurso del emprendedor como “empresario de sí mismo”, y que en el fondo lo que esconde es la búsqueda de precarización del trabajador, instalar la inseguridad laboral como algo natural. Es un concepto complejo, en ese sentido. 

-Cierto, pero, justamente, la complejidad reside en que la relación no se da unilateralmente entre quienes buscan precarizar y quienes luchan por obtener mayor seguridad, sino que es una relación ambivalente. “Empresario de sí mismo” significa, por un lado, “capital humano”, es decir, desplazamiento en cada trabajador del conflicto capital-trabajo, hacia una relación consigo mismo de rentabilización de capacidades. Por eso las “técnicas de sí” trabajan sobre la venta de esas capacidades. Por otro, es un territorio de disputa entre una mirada empresarial y otra que proyecta territorial y colectivamente. Sería una simplificación seguir leyendo las condiciones actuales de precarización desde el punto de vista del mundo del trabajo del siglo XX. El capital va más rápido que nosotres en algunos aspectos, pero apuesto siempre a nuestra inventiva; no nos podemos permitir la nostalgia en este punto.

 

-Los sindicatos, acá en Argentina, ¿dan cuenta de los cambios en el mundo del trabajo?

-El sindicato actual es una institución del siglo XIX, nacido y crecido al calor de las luchas obreras en un capitalismo en formación. En ese sentido, el sindicalismo siempre acompañó los movimientos del capital, defensivamente o con estrategias propias más autónomas, según el momento histórico y el contexto geopolítico y, viceversa, el capital debió retroceder o mutar de acuerdo a la potencia de las luchas. En Argentina, el surgimiento de la CTA dio cuenta de la emergencia de actores bien diferentes a las masas trabajadoras en disputa de los 70. Esta vez, el desocupado, el jubilado, el precarizado, el tercerizado, el autónomo, componen una clase trabajadora para la cual la informalidad y la precariedad son regla. De hecho, buena parte del movimiento que eclosiona en 2001 se valió de la cooperación social y la inteligencia colectiva para sobrevivir económica y anímicamente y generar condiciones de un plus organizativo, sin el cual 2001 no hubiese producido las agendas que interpelaron a la política; aparte de un descontento siempre ambivalente que también desembocó en una nueva derecha. Tal vez, el proceso de transformación del trabajo y de las formas de valorización que en Europa se pudo avizorar un par de décadas antes del cierre del siglo XX, en nuestro caso recién conectó con deseos colectivos de liberación y autonomización durante los tediosos 90 y, sobre todo, al comienzo del nuevo siglo. Hoy, el sindicalismo existente y las formas incipientes de sindicalización tienen el desafío de ampliar su organización, generar dispositivos de articulación a la altura de la heterogeneidad de la clase. La democracia sindical ya no es una bandera que corre por izquierda a las cúpulas con sus burócratas de turno, sino una necesidad. De lo contrario, la fuerza del movimiento de trabajadoras y trabajadores organizados disminuye al ritmo de la disminución de su capacidad inventiva. Y creo, sí, que hay un déficit de articulación, tal vez por el desgaste que sufren las organizaciones en condiciones de supervivencia.

 

-Se vuelve imperioso repensar el vínculo Estado, sindicato y empresas…

-Claro, por dos motivos, al menos. Por un lado, el Estado realmente existente no es más aquel Estado bienestarista, con la potencia de mediar entre el capital y el trabajo, como se solía decir. Tampoco es la máquina de producción de sentido que lo volvió el modo dominante de gobierno de los pueblos modernos. Ni siquiera es el aparato ideológico y represivo que fue. En todo caso, cuando se desata su carácter represivo logra consensos coyunturales por derecha que le permiten pagar menos costos. Aunque, en nuestra historia reciente, existe un instante, la masacre del puente Pueyrredón que terminó en el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, y significó un costo político duradero y una conquista temporal: que no se pudiera reprimir la protesta social en nombre del Estado abiertamente. Pero aun en ese caso, se revela la fragilidad del Estado realmente existente, corrido, entonces, por izquierda o desde abajo, según se prefiera. Digamos que hoy el Estado no es la “pan-institución” o actor de actores que solía ser; es un actor más, uno potente, con sus resortes y recursos, pero uno más. El sindicalismo, que siempre fue estigmatizado o bombardeado desde las patronales, atraviesa un momento crítico en el que se mezclan el mismo sentido común, que hace al trabajador o al ciudadano hablar con las palabras del patrón, con un desconocimiento de su legitimidad. Pero también se ve empujado por nuevas necesidades para las que habrá que ver si está preparado o tiene capacidad de reformulación. De modo que la relación entre Estado y sindicato no es la misma, primero porque ni el Estado ni el sindicato son los mismos; luego porque cambian las relaciones de fuerza: el capital hoy manda como nuncaY lo hace a través de mecanismos que vuelven difícil identificar al “titiritero”, ya que operan fórmulas algorítmicas en la macroeconomía, Big Data y otros modos de captura y orientación del comportamiento y de valorización financiera que exceden la clásica relación entre trabajo y capital.

 

-Si bien no podemos encuadrar al sector cooperativista como “nuevas instituciones”, pero ¿qué lugar ocupa en este contexto de crisis, en donde, cómo dijiste, el capital manda como nunca?

-En alguna medida esta pregunta me excede. Pero desde la perspectiva que venimos trabajando, entendemos que el cooperativismo cuenta con experiencia, saberes y herramientas muy apropiados a la hora de imaginar formas de autonomización del trabajo en nuestras condiciones. No es una cuestión jurídica, sino una disputa en varios registros: el sentido del trabajo, la relación entre trabajo y forma de vida, la configuración de lo común, más allá de la relación clásica individuo-colectivo. El capital depende más que en otros tiempos de la cooperación social existente, en ese sentido, la pregunta es cómo romper, revertir o, de mínima, transgredir la capitalización de tipo patronal o la apropiación financiera de esa cooperación. 

 

-¿Hay un desfasaje entre lo que ocurre en el mundo del trabajo actual y las regulaciones y derechos laborales?

-Hay velocidades muy diferentes. El capital es rápido, flexible, hasta fluido. El derecho es pesado, conflictivo y sólo se dinamiza por vía de las luchas. Las luchas, a su vez, arrancan por definición desde atrás, están condenadas a llegar tarde, por eso con la perseverancia se busca saldar esa diferencia. Pero hay un efecto secundario que es el voluntarismo y tampoco ayuda, ya que termina generando conflictos internos que conspiran contra el carácter colectivo de la propia lucha, o desgasta (cuando “ganamos” nos quedamos sin resto o sin lazo solidario). El capital se define por la búsqueda de la mayor ganancia, en el menor plazo posible y con la menor regulación posible (si es nula, mejor). Y dada la movilidad de los capitales, esa lógica demencial hoy es posible. Mientras tanto, el deseo de buen vivir, la construcción colectiva y la capacidad de defensa conllevan procesos más lentos. En resumen, hoy toda regulación es frágil, pasible de cuestionamientos radicales, en un contexto en que lo único verdaderamente radicalizado es la derecha, y sometida a las variabilidades coyunturales. Por eso, a veces, tenemos la impresión de estar en guerra contra el capital y extiendo la imagen a las formas de intervención sobre la tierra y los cuerpos: los extractivismos, la racionalidad algorítmica. El problema pasará por crear formas de organización y lucha capaces de reinventar suficientes situaciones consistentes, que hoy aparecen de manera dispersa.

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