Infancias en peligro / Desprotección global

Niñez a merced de un mundo sin empatía

Cada tanto, las fotos de chicos y chicas ponen dimensión a tragedias que sacuden el planeta y parecen despertar conciencias o desencadenar acciones que cambien las cosas. Pasada la conmoción, millones de historias cotidianas de precariedad y necesidades urgentes son ignoradas por medios, gobiernos y ciudadanos. Por Marcelo Taborda
BARRIO DE JABAL BADRO, EN ALEPO Pablo Tosco
30-08-2022
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Fuente: Pablo Tosco - Una familia recupera pertenencias entre las ruinas de su vivienda en el barrio de Jabal Badro, Alepo.

La imagen de su cuerpo inerte, boca abajo, como besando la arena que las olas humedecían cada tanto en la playa turca de Bodrum, fue uno de los más impactantes y crudos retratos del horror de la guerra en Siria y sus consecuencias irreparables para millones de seres humanos.

Se llamaba Aylan Kurdi, tenía solo tres años y se ahogó en el Mediterráneo cuando zozobró la embarcación con la que su familia pretendía acelerar la huida de la ciudad kurda de Kobani, en territorio sirio, que había caído en manos del Estado Islámico.

Su hermano de cinco y su madre, de 35 años, también murieron en el naufragio, al que solo sobrevivió el padre. Pretendían llegar como refugiados a Turquía para luego seguir viaje hacia la casa de unas familiares que prometían asilo y refugio en Canadá.

La foto de Aylan inundó las redes sociales con mensajes de dolor y reclamos de “parar la guerra”, o de “no cerrar las puertas de Europa” u otras regiones a quienes buscaban desesperadamente ponerse a salvo del conflicto. Pero el espasmo de duelo y solidaridad por el niño kurdo se fue diluyendo con el correr de los días.

Este viernes 2 de septiembre se cumplen siete años de esa tragedia. Muy pocos de quienes entonces posteaban la foto de Aylan, como una suerte de homenaje póstumo al pequeño, habrán seguido los casos de otros cientos de niños y niñas embarcados en precarias pateras o cayucos, cuyo intento por atravesar el “Mare Nostrum” acabó de manera fatal.

Mutilados en Bagdad 

¿Alguien se acuerda hoy de Alí Abbas? Su caso se remonta más atrás, a la noche del 30 de marzo de 2003 en Bagdad, cuando un misil lanzado por las fuerzas de invasión estadounidense destruyó su casa, mató a sus padres y a 14 parientes cercanos, incluidos varios de sus hermanos.

Alí sobrevivió al impacto del proyectil, pero este le mutiló brazos y piernas y su foto con el cuerpo todo vendado, sin extremidades, fue la cruda prueba de que el ataque ordenado por George W. Bush contra Irak no sería ni tan preciso ni tan breve como para impedir la muerte de cientos de miles de civiles. 

Alí fue trasladado a Kuwait primero y a Londres después para recibir prótesis y tratamientos especiales. En algún reporte periodístico se lo mostró sonriente y se dijo que quería conocer al ex premier británico Tony Blair, quien junto al ex presidente español José María Aznar fue ladero de Bush para lanzar a contrapelo de la ONU el bombardeo y la posterior invasión a suelo iraquí.

El 30 de marzo del año próximo se cumplirán 20 años de la pesadilla de Alí, quien tenía 12 cuando fue víctima de uno de los tantos “daños colaterales” o “errores de cálculo” de quienes a los bombazos prometían “democratizar” un país o una región entera. Claro que lo que estaba en juego era, como siempre, el rediseño del tablero internacional.

Diecisiete meses después de la tragedia personal y familiar de Alí, el mundo volvió a conmoverse por una masacre, esta vez con otros aditamentos.

Rehenes de la violencia

El 1º de septiembre de 2004 quedará asociado en Rusia a la masacre de Beslán. En una escuela de esta población de Osetia del Norte, un comando rebelde de 31 chechenos fuertemente armados había tomado cerca de 1.200 rehenes, en su mayoría alumnos y alumnas del colegio que iniciaban ese día su año escolar. 

La forma virulenta en que el gobierno del presidente Vladimir Putin ordenó neutralizar a los presuntos terroristas para liberar a los rehenes terminó en un feroz desenlace con todos los insurgentes abatidos, pero también con balaceras, detonaciones y un incendio que desplomó parte del edificio tomado. El saldo oficial final fue de 334 muertos, de los que 186 fueron niños o niñas, y más de 700 heridos.

Las escuelas y la educación que -como dice el documentalista Pablo Tosco en una entrevista que es parte de este informe (ver aparte)- son el mejor resguardo para que niños, niñas y adolescentes puedan cerrar heridas y refundar el mundo convulsionado y desigual de la post-pandemia, son también blanco de ataques orquestados o aislados. Y las infancias vuelven a quedar así en la línea de fuego.

Historia repetida

El 25 de mayo pasado una escuela primaria de Uvalde, en Texas, fue escenario de la matanza de 19 estudiantes de primaria y dos maestras que quisieron proteger a sus alumnos. El autor de la masacre fue un joven que al cumplir sus 18 años se compró dos rifles automáticos como quien compra caramelos, le disparó a su abuela con uno de ellos, y se encaminó hacia la escuela donde con esas armas y una pistola cometió su crimen.

Fue el enésimo ataque de ese tipo en Estados Unidos que, como es habitual, abrió un debate acerca de la tenencia y compra de armas, sobre las libertades de la segunda enmienda de la Constitución, y dejó entrever con estériles discursos y marchas que el lobby de la Asociación Nacional del Rifle y otros grupos similares, pesa más que miles de vidas inocentes que perecen cada año por esta “locura” repetida.

Las palabras, el duelo y las promesas de revisar las leyes volverán con el próximo ataque de este tipo.

Esclavas del horror

También repetidos, pero con un modus operandi y autores totalmente distintos son los ataques en escuelas de Nigeria, donde las víctimas suelen ser niñas y los perpetradores integran la secta islamista Boko Haram.

Tal vez todos o muchos recuerden el secuestro masivo de 276 jovencitas de una escuela de Chibok, al norte del país africano. El hecho, ocurrido el 14 de abril de 2014, se difundió como el de las 300 chicas raptadas por Boko Haram y durante algunas semanas tuvo espacio preponderante en medios de comunicación del mundo entero.

Mientras transcurría el tiempo y trascendieron algunas historias del grupo secuestrado, contadas por jóvenes que lograron escapar de sus captores, los ataques de Boko Haram se repitieron en otros colegios y lugares. 

Hoy se cree que hay unas siete mil niñas cautivas de esta organización terrorista. Muchas de ellas son vendidas a cambio de armas; obligadas a casarse; usadas como atacantes suicidas a las que colocan a la fuerza explosivos que detonan sus captores a distancia, o explotadas sexualmente. 

La escuela es vista como blanco también entre los talibanes del interior afgano o paquistaní, quienes se oponen al derecho de estudiar de niñas y jóvenes.

Urgencias cercanas

Las enumeradas de modo desordenado más arriba apenas son muestras de los derechos, libertades y futuro que infancias de diferentes países ven cercenados de manera abrupta en pleno siglo 21.

Un somero repaso de los principios contemplados en la Convención de los Derechos del Niño (CDN, 1989), de la que Argentina es signataria y cuyo contenido alcanzó rango constitucional tras la reforma de 1994 a nuestra Carta Magna, sirve para resaltar lo mucho que resta por hacer en defensa de la niñez.

El hambre, la precariedad y las desigualdades que desnudó y potenció el Covid -19 se dan a escala global y con matices, lo que exige respuestas urgentes. 

La empatía se impone no sólo con un posteo y una frase en las redes sociales ante una foto que conmueve, ni con las lágrimas que brotan viendo la historia de Adu, la película del nene camerunés en su intento por llegar a Europa. El desamparo y las necesidades de miles de niñas y niños  pasan desde hace años delante nuestro, o a la vuelta de la esquina.

Esta nota se enmarca en la Agenda Pública “Infancias Cuidadas”.