Acorraladas

Sólo por ser mujeres

martes, 30 de junio de 2020 · 12:08

La violencia de género sigue acorralando a las mujeres.La condición de mujer es, precisamente, el estigma. La virulencia parece crecer frente a la afirmación de su independencia, de vivir según su propia voluntad.

La boca de una pistola le estremecía la nuca con un aliento tan helado como el presentimiento de la muerte.

Una y otra vez un puño de nudillos enfurecidos le hundía los huesos contra el cerebro. 

Un catarata de nafta la ahogaba desde el pelo hasta la punta de los pies… 

Antes del tiro, de la trompada final, de la llamarada del fósforo, una, otra, o la otra mujer, ¿habrá tenido una mínima esperanza de sobrevivir?; ¿habrá creído que si confesaba sus “crímenes”, los reconocía y se arrepentía podría salvar su vida y luego volver a abrazar a los que amaba?

¿Y cuáles “crímenes” podrían ser esos?, ¿que en sus páginas de ­Facebook hablaba de cosas vanas con sus amigas?; ¿que osó fijarse en una figura de varón, otro varón?; ¿que desoyó la autoridad del macho y no cumplió las reglas de la mujer como sujeto-objeto de propiedad? 

¿O acaso fue que tenía sencillamente una historia de mujer como cualquier mujer, como cualquier ser humano? Así de simple, tan simple como vivir.

Una, otra y la otra mujer, ¿tendrían la oportunidad de aferrarse a eso de ser humano, de ser humana?

 

Acorraladas

En este mismo momento en el que uno pulsa una letra en el teclado; en cualquiera de los momentos en los que la gente respira una bocanada del aire del presente, hay una mujer acorralada sólo por el hecho de ser mujer.

Su condición humana -su parte de la humanidad-  es cuestionada, violentada, silenciada y hasta finalmente arrebatada con un manotazo de muerte.

Han pasado ya cinco años desde aquel 3 de junio de 2015, cuando el grito “¡Ni una menos!” se hizo un río que inundó las calles argentinas y llegó a las orillas del mundo. 

La aparición de este movimiento feminista vino a sacudir la conciencia de la sociedad frente a los incontables casos de violencia de género que terminaban en femicidio. Y a plantar la bandera impostergable: ¡Basta!

Sin embargo, el miedo y el espanto no ha cesado; ni siquiera se han aliviado las estadísticas. Esta sociedad no deja de contar uno tras otro, impotente, episodios feroces contra mujeres. 

Y en estos extraordinarios días de pandemia, de cuarentena, acorraladores y acorraladas han quedado de frente. Y en estos días se suman asesinatos  que estremecen no sólo por la perversión con la que son cometido sino porque no dejan de suceder pese a las palabras y a la lucha.

Por eso es que ahora mismo, no sólo en penumbrosos y anónimos rincones, sino en lo más cercano de la comunidad que nos rodea, una mujer es blanco de un ataque.  La agresión puede ser de distinto modo, desde lo que aparenta ser sólo palabras descontroladas hasta la más desaforada violencia que le quita la vida.

Y no importa su clase social, su edad, su historia personal, si antes le contó a un policía o a un fiscal que tenía miedo, si lo sabe su barrio, su familia, si no lo sabe nadie. 

Incluso, tantas veces, no lo sabe ni siquiera su conciencia de mujer, en tantos casos tan saturada por los mandatos de dependencia, silencio, vulnerabilidad, debilidad.

Un largo camino por el infierno han llevado las mujeres. Han sido consideradas apenas como aparatos reproductivos, como las culpables del pecado original, las diabólicas agitadoras del deseo, las incapaces para asumir asuntos públicos, para conducir el destino colectivo; las depositarias de lo superfluo; objetos de entretenimiento, sujetos decorativos de los hombres. 

Y siguen tratando de quitarse de encima esas piedras con que aún son lapidadas.

La mujer ha soportado el peso de una cultura adversa –no es la naturaleza la que la puso en ese lugar– y eso es lo que ha debido salir a conmover.  

Durante tantas décadas, lo que las crónicas policiales llamaban “crímenes pasionales” no fueron otra cosa más que femicidios que aún no habían alumbrado su propio concepto.

Pero acaso se trate de algo más, de algo que tienen que ver con los tiempos últimos. La abundancia de capítulos sangrientos está expresando, de un modo u otro, una revulsiva reacción frente a la facultad de decidir sobre sus vidas que las mujeres han venido afirmando.

Poder, dinero, locura, celos, despecho, resentimiento, egoísmo, alcohol, drogas, infancia violenta. Múltiples motivos son los que intentan explicar el asesinato de una mujer, de cada una.

Pero estos crímenes están empapados de retorcimiento cultural . Esa es la gran encrucijada: enfrentar un estado de cosas que sigue poniendo a la mujer en una situación de desventaja, de debilidad, de propiedad. 

El mandato machista sitúa a la mujer como el último eslabón de la cadena del poder, como nos dijo a escritora María Teresa Andruetto.

Mientras tanto, sólo un estado de conciencia colectiva hace posible que a las luchas les sigan las transformaciones. 

Las personas pueden modificar sus maneras de actuar cuando comprenden. Por eso suele suceder que los paradigmas cambian de manera rotunda de un momento a otro y son aceptados en una nueva convivencia social.
Las mujeres son hoy protagonistas de una de las mayores revoluciones de la historia: la que las pone, precisamente, también al frente de la historia de la humanidad.

Pero la violencia contra la mujer no se detiene. Entonces, la pregunta sigue en el aire: ¿cómo seguimos?

A esta hora: una, otra y la otra… ¿cuántas mujeres están pidiendo clemencia frente al manotazo que las ataca sólo por ser mujeres?

 

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