Bajo la lupa

Los mundos invisibles

viernes, 31 de julio de 2020 · 13:34

Separados por muros intangibles, hay fragmentos de la sociedad en una misma ciudad que se desconocen y se niegan. Mientras, en los barrios vulnerables crecen legiones de chicos que no le encuentran el sentido de vivir.

“Hay otros mundos, pero todos están en éste”. La célebre frase que el poeta francés Paul Éluard escribió hace casi un siglo venía a decirnos que, antes que dejar de correr tanto la imaginación alucinando con otros sistemas de vida más allá de este planeta, hay entre nosotros profundos mundos que ignoramos.

Y no están extraviados en selvas o mares distantes, sino solamente escondidos de nuestra percepción social, cultural, ciudadana, aunque los tengamos frente a los ojos. A veces, para sospecharlos, sólo basta con detenerse a mirar en una esquina.

En las grandes concentraciones urbanas, y en una situación que se va replicando cada vez más con distintas intensidades en ciudades menos populosas, aparecen sociedades fragmentadas con partes tan distintas que se vuelven mundos extraños.

En un lado están los que forman parte del proyecto de la sociedad que está en la superficie (trastabillante, contradictorio, inicuo y discutido, pero que aún incluye a muchos) y del otro, los que no forman parte de nada, los que han quedado en las orillas y que a veces ya ni siquiera alzan las manos para entrar.

Como si hubieran sido condenados a habitar una realidad paralela, revueltos en la impotencia, la violencia y la vida sin más horizonte que llegar a la otra costa de cada día.

Amurallados por enormes barreras intangibles: la indiferencia, el prejuicio, la vocación de no querer ver y seguir adelante pretende dejar abolida la existencia de todo aquello que se elige no ver. A veces es tan abrupta la separación, que el otro se presenta como algo tan lejano e ininteligible que puede tornarse invisible.

Estas son condiciones de fragmentación con las que se ha amasado la realidad latinoamericana, al cabo de tanta acumulación de inequidad y pobreza.

En Argentina, dos años antes de la sangrienta dictadura cívico militar, en 1974, la pobreza estructural alcanzaba el 4,5 por ciento. La democracia recuperada en 1983 pero con la carga de la deuda externa más el proceso desindustrialización, pronunciaron una pendiente social agravadas por los procesos neoliberales que concluyeron, primero, con la crisis del 2001/2002, que llevó a superar largamente el 50 por ciento de la pobreza.

En diciembre pasado, el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) había señalado que la pobreza llegaba al 40,8 por ciento. Y si se trata de chicos menores de 14 años, ese porcentaje trepaba al 52,3 por ciento.

Más allá de los vaivenes de las cifras y los porcentajes (en 2006 llegó al 26,9 por ciento), es claro que en casi el último medio siglo una inmensa legión de argentinos quedaron sumergidos en enormes bolsones sociales al margen de la marcha del resto, con generaciones afectadas por desempleo crónico, que empezaron a  mostrar un quiebre en la sociedad cada vez más abismal y difícil de remontar.

Mientras tanto, la pobreza es en sí misma un acto de violencia capaz de desatar otros, como los del estigma de la inseguridad: la delincuencia y la marginalidad no son designios biológicos, sino sobre todo frutos de la inequidad y los retorcimientos sociales.

La pérdida de la calma y de la orientación, condiciones mínimas para vivir, confluyen, en la suma de tantas adversidades, en el gran desasosiego de la pobreza. 

En ese contexto no sólo de falta de oportunidades sino de sentido de vida con el que se enfrentan los chicos, se abren camino las drogas, las armas, la violencia y la constancia de la muerte como una presencia cotidiana.

Y entre tanto, el sufrimiento de sus padres. En el silencio de los barrios sumergidos en la noche, la quietud, en muchos corazones desvelados, sólo es la agonía de un presentimiento que siempre está despierto. Hay un instante temido que ronda cada vez que suena un teléfono o llaman a la puerta: el de la llegada de la noticia que precipitó la precaria cotidianeidad de mundos sencillos al abismo del dolor definitivo.

Es estremecedor pensar que estamos en una sociedad donde haya multitudes de chicos que atraviesen los días sin encontrarle sentido a la vida, sin aferrarse al valor de estar vivos, que sienten que su tiempo está contado, que no hay horizonte. Y mientras no se siente apego a la vida propia, no se respeta la del otro.

Por eso, es necesario asomarse por encima de esos muros invisibles, tender puentes y sostener la conexión. Las sociedades con multitudes de excluidos no sólo atropellan a los más vulnerables, sino que atentan contra sí mismas. 

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