Editorial

Internet para vivir

miércoles, 7 de octubre de 2020 · 09:19

La pandemia tiene el efecto de exacerbar las distancias entre personas y sociedades, potenciando el miedo a lo desconocido. Azota a toda la humanidad en el planeta y le genera nuevos hábitos perceptivos de la vida. Muchos suceden por la vía cotidiana de internet. La hiperactividad digital viene a bocetar momentos augurales. Aparecen las develaciones de los repliegues en los encierros y las expansiones que ofrece la virtualidad irreprimible. 

Serán modos de respuestas a los embates de los desequilibrios emocionales de la enfermedad en la que no se puede respirar aliviado ante el estado de emergencia sanitaria. Las ideas calculadas para enfrentar el problema del Covid – 19 exhiben la creciente incertidumbre, que ya no permite hablar de mediano o largo plazo con la ligereza de las explicaciones simples. 

La evidencia del rebrote de los contagios en Europa impide vislumbrar un efecto ilusorio de rápida solución. Por aquí, tenemos crisis en el aire con millones de personas caídas en la proliferación de la pobreza que trae una vastedad inusitada de exclusiones. Abrirse caminos en cualquier continente, requerirá de las reparaciones de las enseñanzas que tiene que adoptar una sociedad para sí. Ya no hay márgenes para que haya políticas con mentiras cómodas que provoquen derivaciones en la que poblaciones son empujadas a los bordes con los riesgos de las privaciones elementales que impiden el buen vivir. De no reinventarnos como pueblos solidarios, el futuro puede terminar siendo para nadie.

Estamos ante un choque civilizatorio para el que no resulta sencillo encontrar antecedentes que nos permitan comprender lo que tenemos por delante. Podemos pensar con optimismo. Probables ventanas de oportunidades entre tanta desmesura que se deposita en las profundidades, como la roca madre de la cristalización de las desigualdades. Los rompimientos vienen con consecuencias, pero esperemos que más temprano que tarde logremos darnos cuenta que nos necesitamos vivos. 

En este marco y a caballo de las circunstancias tenemos que caminar hacia una puerta de salida para ir a una prosperidad colectiva. Es difícil la tarea de ahorrar pesares a la luz de los acontecimientos extraordinarios que exigen un replanteo de la construcción individual por una idea de comunidad. El retorno al pasado no parece ser una tentativa lucida si lo que vamos a emprender es una sociedad más justa e inclusiva. Internet, para tantos, vino a democratizar el saber, la participación ciudadana y las deliberaciones públicas en torno a los aspectos centrales del desarrollo humano sostenible. Seguramente hay una exageración en esas máximas.

Así como se pensó que somos seres de lenguaje, hoy podemos ser personas digitales. Los actos de comunicación en la conectividad nos crean las condiciones para las productividades materiales y simbólicas, económicas y culturales. Tenemos lecciones del devenir del tiempo para tomar en cuenta que no se remedia de a uno y que lo plausible para una consistente civilidad en la matriz de las pantallas y las personas, aun en ribetes dramáticos, es siendo cooperativos. No como mero paliativo sino como el sano juicio para evitar el peligro de extinción en el milenio del que apenas han transcurrido los primeros veinte años.

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