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Aprender con hambre, crecer entre violencias

El derecho a la educación se vulnera cuando el derecho a la alimentación se posterga. Las infancias y juventudes argentinas se desarrollan en la pobreza. Por Alberto Calvo
viernes, 4 de marzo de 2022 · 18:57

La percepción directa y colectiva del cuerpo docente transmite al resto de la sociedad el núcleo de un problema de insoportable patetismo. Es verdad irrefutable: hay infancias y juventudes que estudian con hambre. Con maestros y maestras que enseñan desde la angustia de tener enfrente alumnos y alumnas que aprenden sin comer, el cuadro instala un punto que no permite esperanza de retorno a la buena educación. Se ha quebrado la justicia, y la magnitud de ese quiebre es sideral.

La comunidad educativa transita cotidianamente por caminos plagados de riesgos fatales, los finales trágicos no son ajenos a quienes apenas despuntan su niñez o adolescencia. En esas épocas de la vida hay decisiones que no se pueden postergar so pena de impactar en el pleno desarrollo físico e intelectual de seres humanos. Sin embargo, están siendo postergadas, con la consecuencia directa de condenar tempranamente a un mal destino a millones de personas. 

Como si la ferocidad de la situación real no aportara suficiente perturbación, se carga sobre esas espaldas jóvenes el saldo negativo por el bajo nivel en las pruebas de rendimiento. Difícil que nuevas destrezas y superadores saberes puedan ser incorporados cuando están en falta las condiciones mínimas e indispensables para la sostenibilidad de una vida digna como personas y ciudadanos.

El sentido común se desinstaló del engranaje que hace funcionar en la normalidad a nuestra sociedad. El reloj de la dirigencia parece detenido, de manera negligente, en el pasado. 

Paradójicamente, en estas épocas digitales muchos tienen la palabra. Existen las redes sociales como espacio interactivo, pero lo que ocurre se asemeja a una ráfaga de opiniones que sólo dispara munición pesada sobre consumos súbitos y violentos. Todo transcurre lejos de la inteligencia colectiva. Los especialistas no cuentan allí, su palabra pasa desapercibida frente al aluvión que supone el predominio de los “influenciadores”. 

Ya no causa asombro la evaporación de la centralidad de la educación como política pública. El devenir apremiante, pernicioso, repleto de desasosiego nos pone ante un imperativo crucial. Debemos alumbrar una nueva lógica con argumentos realistas que nos permita salir de la dinámica que fue corroyendo la inclusión productiva, el ascenso social y la evolución cultural. Hoy más que nunca, ese camino requiere pensar que estamos ante la necesidad de una organización de la urgencia que tiene que ser cooperativa.

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