OPINIÓN

La política como sistema amatorio

En el juego del poder, algunos líderes hacen cualquier cosa para seducir y hasta cambian según la ola. Otros parecen más enamorados de sí mismos que de la ciudadanía a la que convocan y están los que llaman a construir un camino juntos. Pero no todo es lo que parece. Por Mario Riorda

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Mario Riorda Mario Riorda 24-05-2022

Es descomunal la actuación de Griselda Siciliani en la obra "Pura sangre, el amor es un monstruo", actualmente en cartel en la porteña calle Corrientes. El libro, con una potencia escénica deslumbrante, usa varias veces la idea del sistema amatorio, algo así como un entramado moral y social que impone reglas sobre cómo deben ser las relaciones. Para ella es un sufrimiento. Es una voz de la conciencia que le pesa y la obliga a buscar soluciones no ideales, aquello que en formato anglosajón adquiere la sofisticación de una second best option y que aquí, en criollo, es simplemente lo menos malo.

Si ello desorienta a una persona, pensemos cuando cada actor político de peso (o actriz) trata de imponer su propia dinámica, su propio sistema amatorio (en la relación ciudadanía-política), y esa tensión expuesta a los ojos de todos genera desconcierto y pujas sociales. Y no tiene nada malo; de hecho, ahí radica la política: en crear órdenes sociales, en asignar valores a la sociedad y mantenerlos durante el mayor tiempo posible. Pero cada idea de orden social está opuesta a otra idea de orden. Y ahí, en esa puja de agenda, se refleja el poder, que incluye decir lo que es (lo que quiera que efectivamente sea) el poder de asignación.

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Algunos líderes son de sistemas amatorios laxos. Se presentan con tal flexibilidad y capacidad de adaptación que alteran el vínculo de la representación, dejando que el pueblo, ciudadano o votante, los modele. Son líderes instituidos. Son la consecuencia de sistemas amatorios existentes. El Mauricio Macri del 2015, el Sergio Massa de siempre, Horacio Rodriguez Larreta, Alberto Fernández -de acuerdo a su ánimo-, o Facundo Manes. Se acomodan, cambian. Pero cambian rápido, cambian por su humor, cambian por el cálculo, cambian por los focus, las encuestas. Cambian a demanda. Cambian porque surfean olas constituidas y ellos, como dije, son líderes instituidos, tallados por el clima de opinión del momento.

¡Enamorados de estar enamorados! (pero de sí mismos)

Estos son los liderazgos instituyentes. CFK siempre, Javier Milei, el Macri de hoy, Patricia  Bullrich. Se aman a sí mismos e instituyen a la sociedad. No conciben la política sin ser su centro gravitante (al menos no por mucho tiempo). Los otros son inductivos a las demandas. Estos liderazgos más bien las conceptualizan y crean. No surfean: hacen olas. Modelan lo deseable por otro. Diseñan sistemas amatorios al margen de su éxito social. Pujan, crean, polemizan, pero tienen una virtud: son mojones ideológicos siempre. Vale decir, el resto suele acomodarse por la distancia en torno a ellos. Se crea una dependencia de estos liderazgos.

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Y en el medio quedan perfiles que emergen híbridos, que juegan un rato con un estilo propio y amenazan con su propio sistema, capaces de adaptarse a realidades novedosas, como un Gerardo Morales, Juan Manzur, Juan Schiaretti y hasta un Wado de Pedro. Que especulan, caminan, tocan, prueban, gustan. Un rato son ellos, otro rato son lo que su cargo, rol o estilo ritual demandan. Están, diría, en pleno work in progress en la escena nacional. 

Sistemas rotos y ofertas múltiples

El anecdotario de personalidades y sus sistemas amatorios es menos rico que lo que verdaderamente significa eso en la política actual. Quizás, en la región, las únicas tendencias claras fueron dos. 

Por un lado, hace dos décadas que los sistemas de partidos de América Latina se rompieron. Se descuajaringaron. Y eso hizo que las personalidades, antes que los partidos, dieran orden al desorden. Recordemos que la elección del 2003 fue un ejemplo del sistema de partido roto en Argentina; lo mismo que la del 2007 y la del 2011. Los liderazgos preponderantes ordenaron el desorden. Recién desde entonces las coaliciones empezaron a hacer previsible el caos del sistema partidario.

La segunda tendencia regional es que, producto de esos sistemas de partidos rotos, la oferta presidencial empieza a ser una contienda de muchos y de muchas. El multipartidismo, sin liderazgo preponderante, provoca escenarios impensables en contextos inconcebibles. Incluso, quizás la expresión multipartidismo no sea del todo correcta ni fiel, sino, más bien, debiéramos hablar de multipersonalismos

Veamos Costa Rica, Perú y Chile. Tres de las últimas elecciones regionales presentaron fragmentaciones inéditas, con victorias de personalidades que no provenían de partidos políticos tradicionales y con una derecha radicalizada protagonizando y ordenando mucho del debate. ¿Me parece a mí o es muy parecido a lo que pasa en la Argentina de hoy?

Si me dan la razón, a más multipartidista -o multipersonalista- la oferta, a más tensión y ruidos crujientes en las coaliciones, más importan los estilos de quienes lideran cada espacio que, en la analogía de los sistemas amatorios, empiezan a decirnos qué es lo que debemos hacer con nuestro voto. Por un rato, sólo por un rato, los que “están enamorados de estar enamorados de ellos mismos” están con el volumen muchísimo más alto. ¿Significa ello que ordenarán el sistema? Quién sabe. A lo mejor, lo rompen más de tan pocas ganas de ceder que tienen. 

Pareciera que hay espacio para más modos de amor, más sistemas amatorios. Al menos, eso viene pasando en la región...

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Redacción Mayo

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