¿Comer o alimentarse?

Alimentación consciente: el derecho a saber qué nos llevamos a la boca

La Ley de Etiquetado Frontal, un logro para la salud pública. Profesionales destacan la importancia de generar buenos hábitos desde la primera infancia y de organizar las comidas a partir de “alimentos reales”. Por Laura Giubergia
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03-12-2021
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Ilustración Daniel "Pito" Campos

 

La alimentación y la información en el centro del debate: conocer la calidad de los productos que llevamos a la mesa, su origen y su composición, saber si tienen en exceso ingredientes que puedan resultar perjudiciales para la salud, o si ha sido alterada su condición nutricional mediante la intervención industrial. 

El debate por la Ley de Etiquetado Frontal, que fue finalmente aprobada en Argentina el 26 de octubre pasado con 200 votos a favor, 22 en contra y 16 abstenciones, reavivó la discusión sobre cuánto saben los consumidores acerca de los productos que comen y beben. 

“Hay mucho desconocimiento”, sentenció la licenciada en Nutrición Rosana Forcato, secretaria del Consejo Directivo del Colegio de Nutricionistas de Córdoba, y explicó que la información que actualmente figura en las etiquetas es confusa. “Cuando leemos la etiqueta no podemos determinar de cuántos gramos es esa porción que dice, o si eso me aporta efectivamente tal porcentaje de los requerimientos diarios de determinado nutriente. La información para el consumidor no es clara”, precisó. 

Otro de los puntos que genera confusión se refiere a la estructuración de las etiquetas que expresan los ingredientes en orden decreciente según la cantidad. “El primero es el mayor componente, y la mayoría de los productos tiene en segundo o tercer lugar el azúcar, que incluso no suele figurar como azúcar sino como sacarosa, jarabe de alta fructuosa, y así con más de 20 nombres diferentes”, detalló. 

Ese desconocimiento, sumado a los empaques que destacan algún nutriente o que muestran el aval de alguna sociedad científica, le dan credibilidad a una elección que no necesariamente es tal. “Si estoy buscando algo más saludable, interpreto que eso lo es, pero desconozco que puede tener exceso en otros nutrientes críticos”, valoró. 

Una alimentación saludable, basada en criterios de equilibrio y variedad, debe aportar una cantidad suficiente de nutrientes esenciales, y limitar la cantidad de nutrientes críticos que incrementan los riesgos de sufrir enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT) -como diabetes o enfermedades cardiovasculares-, principal causa de muerte y discapacidad en el mundo. 

Un estudio de la Universidad Siglo 21 reveló que menos de la mitad de los argentinos lee la información nutricional de las etiquetas: sólo el 35,6% de los hombres encuestados observó la etiqueta, mientras que en mujeres el porcentaje fue del 44,1%. 

Por otra parte, sólo 1 de cada 4 personas (25%) manifestó tener un entendimiento pleno de la información que brindan las etiquetas. 

 

Volver a cocinar comidas caseras 

“Se ha perdido bastante el momento de la comida como un espacio de encuentro familiar, de diálogo, y aunque durante la pandemia volvió a resurgir un poco el hábito de cocinar y de hacerlo en familia, siguiendo recetas, hay estudios de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) que muestran que en América creció la venta de alimentos ultraprocesados un 8,3% entre 2009 y 2014, y un 9,2%  más hasta 2019”, aseguró Forcato, al tiempo que instó a pensar, al interior de cada familia, cómo ir incorporando cada vez más alimentos reales, menos enlatados, menos envasados, y de preparación casera. 

El asesor regional de la OPS, Fabio da Silva Gomes, calificó de “epidemia” el consumo de ultraprocesados en América latina y el Caribe ya en 2019. “Su venta crece desproporcionadamente en comparación con la de otros alimentos, invadiendo los platos con productos que no contribuyen a la buena salud”, sostuvo, y señaló al marketing y a la publicidad irrestrictas como los principales responsables. 

Por ultraprocesados se entienden aquellos productos elaborados de manera industrial a partir de determinados alimentos, a los que se les agregan aditivos y otros ingredientes que dan sabor, sabor y textura similar a alimento de base, y que poseen un desequilibrio nutricional por exceso de componentes críticos y bajo contenido en fibra, proteína, minerales y vitaminas. 

 

La letra chica de los “light”

En materia de consumo, todo está estudiado: los colores y sus asociaciones; las palabras; la ubicación en las góndolas; las ofertas; y así, un sinnúmero de factores que condicionan los comportamientos de compra de los clientes. “Muchas personas entendían que si algo dice 'light' es porque es de consumo libre”, advirtió Forcato. 

En realidad, la palabra “light” hace alusión a que el producto ha sido reducido significativamente en un determinado componente: “Si una mermelada estaba compuesta en un 50% por azúcar, reduciendo en un 30%  esa cantidad de azúcar ya le puedo poner 'light', porque ha sido reducido, y en su lugar se ha incorporado otro ingrediente”, apuntó. 

 

Consumo equilibrado, a diario

“A lo largo de los años ha ido cambiando la valoración de los alimentos. Hoy se incorporan lácteos, carnes y huevos entre los prioritarios. Cada persona es autónoma y puede elegir consumirlos o no, lo importante es que si deciden excluir un grupo de alimentos reciban asesoramiento profesional para complementar los nutrientes”, explicó la nutricionista. 

Así, la vitamina D o el calcio presentes en los lácteos pueden obtenerse de otros alimentos, pero es importante revisar que diariamente se cubran los nutrientes esenciales para una alimentación equilibrada. 

 

Educar desde la infancia y con el ejemplo

Niños y niñas comienzan a definir su conducta alimentaria alrededor de los 3 años: “Ahí es cuando la familia debe ir acompañando el proceso, ayudando a que reconozcan los momentos de comida, proveyendo alimentos más naturales, propiciando que pruebe diferentes sabores y texturas, e ir viendo cómo ampliar las opciones de alimentos”, describe Forcato. 

Son precisamente las conductas cotidianas las que van forjando los hábitos y costumbres, principalmente a partir del ejemplo. “Si tengo que organizar un cumpleaños, puedo pensar en opciones más saludables como brochete de frutas u opciones caseras más saludables”, propone.

Y destaca que con la Ley de Etiquetado Frontal también se va a mejorar el entorno de las cantinas escolares, ya que no se podrán vender allí productos comestibles o bebibles que contengan al menos un sello de advertencia. 

No obstante, la profesional refuerza que es el núcleo familiar, con el ejemplo, el que va a forjar la educación alimentaria de los más pequeños. “Hay que alejarlos del consumo de bebidas azucaradas o productos ultraprocesados, hay que volver a preparar comidas caseras, hacer que los niños se involucren en la cocina, que participen, que revuelvan una mezcla. Es una gran herramienta como familia para mejorar la salud y la calidad de vida a futuro”, concluyó.