La violencia contra las mujeres, un tema que no se quita de la agenda

En Argentina, cada 33 horas es asesinada una mujer por cuestiones de género. Pese a que hay más espacios de asistencia y más conciencia, a siete años del primer Ni Una Menos y a 10 de la introducción del agravante en el Código Penal, la violencia no cesa. Por Laura Giubergia

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1 ilustra 1 redaccion mayo diciembre 22 Pito Campos
Laura Giubergia Laura Giubergia 26-12-2022

Problematizar aparece como el primer paso para que algo cambie. Ver, poner en contexto, desgranar su significado hasta llegar al origen del asunto. Nombrar. “Lo que no se nombra no existe”, decía el filósofo y teórico George Steiner, y en la claridad de su afirmación radica la importancia de incorporar en nuestro léxico aquellas palabras que definen a la violencia, en todas sus formas. Decirlas, para que existan también en el lenguaje. 

Fue recién en noviembre de 2012 que el Congreso sancionó la ley 26.791 que modificó el artículo 80 del Código Penal Argentino incorporando agravantes al homicidio calificado, ampliando los alcances de lo que se conocía como vínculo, introduciendo la figura de violencia de género y de crímenes de odio.

Fue en diciembre de 2022, una década después, que la Real Academia Española (RAE) incorporó al Diccionario de la Lengua Española la palabra “micromachismos”, para referirse a las formas de machismo que se manifiestan a través de pequeños actos, gestos o expresiones. 

Así, desde lo general a lo particular, de lo extremo a lo más sutil, en la ley como en el diccionario, la lucha contra la violencia de género y la búsqueda de la igualdad se van colando en la vida de las personas, partiendo de la problematización y de la desnaturalización que sembraron los movimientos de mujeres en el mundo desde hace décadas. En el pasado reciente, consignas como Ni Una Menos y MeToo fueron de gran impulso para entablar estas temáticas en la agenda de los medios. Sin embargo, la violencia no cesa. 

“Los femicidios y la violencia de género extrema no cesan porque aún no logramos desmontar el sistema machista y patriarcal en el cual nacemos, vivimos, de alguna forma replicamos, y morimos, o nos matan. Hasta que eso no suceda vamos a tener que seguir contando mujeres y disidencias muertas por causa del machismo”, asegura Betiana Cabrera Fasolis, médica y coordinadora del Observatorio Nacional Mumalá. 

Según los registros de Mumalá hubo, en promedio, un femicidio cada 33 horas entre 2015, año de la masiva marcha de Ni Una Menos, y mayo de 2022. “En el transcurso de los últimos 7 años, desde el 1 de enero de 2015 al 30 de mayo de 2022, el Observatorio Nacional de Mumalá ´Mujeres. Disidencias. Derechos´ registró 1956 femicidios, femicidios vinculados y trans/travesticidios en el país”,  precisa el informe difundido a siete años de la primera marcha. 

En la gran mayoría (86,1%) se trató de femicidios directos. Femicidio vinculado, en cambio, es cuando una tercera persona resulta muerta en la intención de causar sufrimiento a la mujer: en el 6,7% las víctimas fueron varones o niños, y fueron otras mujeres o niñas las víctimas bajo la figura de “vinculado” en el 4,7% de los casos. En el 2,5% de los crímenes, la víctima era una persona trans o travesti.  

La edad promedio de las víctimas fue de 36 años. 

Cabrera Fasolis remarca que, pese a que el número de femicidios no muestra una curva descendente, desde el feminismo se ha avanzado mucho en términos sociales y de política pública. 

Una historia de conquistas y deudas pendientes

“En términos globales, los feminismos vienen marcando una agenda transformadora y en ascenso en la obtención y garantía de derechos. Sin embargo, no podemos decir que tenemos un saldo positivo porque seguimos contando muertas por violencia machista, seguimos contando violencia sexual extrema, y seguimos contando aquellas violencias que relatamos como si fuesen de menor intensidad pero cimentan la violencia de género”, apunta. 

La visibilización, el consenso sobre lo que no podemos tolerar, la concientización sobre las diferentes dimensiones de la violencia y la puesta en la agenda pública de temáticas antes circunscritas a los movimientos de mujeres se cuentan entre las conquistas del feminismo. “Es un hito que estos reclamos se vuelvan masivos, y eso tiene que ver con el compromiso de los medios, del ambiente artístico, y de cómo cada cual desde su espacio pudo hacer algo para visibilizar y problematizar estos temas”, destaca. 

“Con mucho trabajo y sin abandonar las calles ni las movilizaciones, hemos logrado sostener exigencias políticas; poner en la agenda mediática los derechos que nos faltan; avanzar en la cuestión legal, en medidas vinculadas a la protección de mujeres y disidencias; hemos sido muy críticas con los protocolos de las fuerzas de seguridad; hemos avanzado y conquistado espacios específicos para la temática, como secretarías o ministerios, jerarquizándola. También conseguimos avances en leyes específicas sobre la salud sexual y reproductiva, el aborto legal, todos aspectos en donde se replican los mandatos del patriarcado sobre los roles que tienen mujeres y disidencias en la sociedad”, resume Cabrera Fasolis. 

Y agrega que esto ha sido una derivación de “haber podido recoger las luchas de las que vinieron antes y proyectarlas, darles continuidad, porque de esto se trata del movimiento feminista”. 

“La mala noticia es que los femicidios no han descendido ostensiblemente, no como hubiéramos querido, y tiene que ver con que faltan políticas públicas integradas que promuevan el cambio social que necesitamos más aceleradamente. Desmontar las masculinidades hegemónicas vinculadas a la violencia, desmontar los dispositivos que tiene instaurado el machismo en su forma de dar respuesta y atención a situaciones de violencia”, asegura. 

Entre los pendientes, una implementación integral y completa de la Ley de Educación Sexual Integral aparece como una de las grandes deudas, partiendo de la educación como la principal arma para combatir la violencia de género. “Que la Ley Micaela no sea sólo un curso, que la Justicia rinda cuentas por las malas praxis que muchas veces nos cuestan la vida”, añade. 

Conteos en permanente actualización

Para Cabrera Fasolis, el Observatorio Mumalá surgió como una necesidad de construir datos y estadísticas sobre las violencias y desigualdades, desde una perspectiva “feminista, disidente, popular, colectiva y federal”. “Somos un observatorio en el que cada una de las provincias tiene una voz situada y contextualizada sobre lo que nos pasa, eso lo hace distintivo, y tiene que ver con una visión histórica de los feminismos de dar cuenta de las violencias que padecemos: visibilizar y cuestionar, para poder transformar”, explica, mientras cuestiona la falta de datos oficiales sobre las violencias contra las mujeres. 

“Hemos ido encontrando todas las otras aristas que tiene la violencia de género, que muchas veces no nos matan sino que nos ocasionan un sufrimiento psíquico tan profundo que logran que nos suicidemos”, explica, para introducir la figura del suicidio femicida, recientemente incoporada al Observatorio. 

Asimismo, refuerza la importancia de seguir poniendo al descubierto las muchas formas de violencia: “En el espacio público, como acoso sexual callejero; violencias institucionales; laborales como techos de cristal o pisos pegajosos; y también situaciones vinculadas a la falta de oportunidades. Visualizar las violencias invisibles como el reparto desigual de las tareas de cuidado o las brechas económicas que están por encima del 24%. No son violencias nuevas, pero visualizarlas es el primer paso para poder transformarlas”, concluye. 

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Redacción Mayo

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