#INFANCIASCUIDADAS

“Si los chicos viven como grandes se pueden enfermar como grandes”

Referente de padres y docentes, la especialista Liliana González dice que el abuso de pantallas genera niños ansiosos y faltos de creatividad, y que la escuela tiene que volver a sorprender. Por Cris Aizpeolea
liliana gonzalez-dalogos Redaccion mayo
15-08-2022
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“Lo más tarde posible”, resume la psicopedagoga, conferencista y autora cordobesa Liliana González cuando le preguntan a qué edad le daría a un niño su primer celular. No le gusta dar consejos, prefiere invitar a reflexionar, pero dice que los chicos de hoy se están perdiendo lo mejor de la socialización por jugar juegos virtualmente y que el uso precoz y el abuso de las pantallas en la infancia impiden la creatividad y favorecen conductas ansiosas y frustrantes.

No es que reniegue de la tecnología. De hecho, se ha reconvertido digitalmente con gran destreza. Recorrió (y sigue recorriendo) el país con talleres para padres y docentes, pero sus cursos también están disponibles online, sus charlas tienen miles de reproducciones en YouTube, sus columnas se viralizan y en su cuenta de Instagram tiene 80 mil seguidores. 

En todo caso, para la autora de Tiempo de conversarVolver a mirarnos, sus dos últimos libros escritos en colaboración con su hija, la periodista Natalia Brusa, la cuestión está en ver qué rol juega la tecnología en esa primera infancia y cuánto se pierde con la “tercerización electrónica de la crianza”, como la llamó alguna vez.

Liliana cuenta que su vocación docente se cristalizó a sus 18 años, apenas egresó de la escuela secundaria con el título de maestra y, como había sido una estudiante modelo, abanderada, asistencia perfecta, le ofrecieron dar clase. Docente, psicopedagoga con décadas de consultorio, comunicadora nata, nunca más dejó de aprender.

 

-Se dice que estamos en la de los  "niños adultizados", chicos que se comportan y padecen como grandes. ¿Lo confirma tu experiencia de consultorio?

-La verdad que sí, veo muchos niños con enfermedades que otrora eran de adultos, como la ansiedad. Fundamentalmente esa, la ansiedad, el querer todo ya, la impaciencia, la baja tolerancia a la frustración. Veo muchas enfermedades psicosomáticas, si bien no es mi campo disciplinar, pero las veo y las escucho. Cuando los chicos viven como grandes, también se pueden enfermar como grandes.

 

-Madre de tres, abuela de seis, docente de alma, años de psicopedagoga, ¿qué es lo que más te preocupa de la infancia hoy?

-Después de 50 años atendiendo niños y adolescentes, lo que me preocupa hoy de la infancia es que no vivan como niños, que quemen etapas, que se apuren en llegar a la adolescencia, que los miremos como si fueran adultos en miniatura, que no cuidemos el borde entre el mundo de los niños y el mundo de los adultos, que no filtremos las problemáticas adultas en sus vidas, porque, de verdad, ningún psiquismo infantil resiste lo que la televisión o internet les muestra, ni ciertas conversaciones que se hacen entre adultos como si ellos no estuvieran presentes o no escucharan. Me preocupa la falta de juegos con amiguitos de verdad, el exceso de tecnología y, fundamentalmente, el poco deseo de muchos chicos, cada vez más, de ir a la escuela. Eso sí que me preocupa muchísimo.

 

-Leo una declaración tuya:  la infancia es juego y es aprendizaje, pero los chicos están jugando poco y les está costando aprender eso que ofrece la escuela. Enseguida hablamos del juego. Empecemos por la escuela.

- A los chicos les está costando la escuela. Hay una resistencia a la lectoescritura porque vienen de un mundo tecnológico donde se aprietan botones y se la pasa bien. Y en la escuela hay que trabajar, hay que esforzarse. Aprender a leer y escribir es todo un trabajo de desciframiento y los chicos tienen la atención dispersa, una atención “zappinesca”, se concentran muy poco. Todo los distrae. Entonces, la cultura de la escuela aparece como contrapuesta a la cultura de la tecnología y los chicos están haciendo resistencia. Evidentemente que hace falta un cambio de las escuelas..

 

-¿Cómo se hace para volverla nuevamente atractiva para los chicos?

-Tiene que ser una escuela que los convoque, que los sorprenda, donde haya tecnología por supuesto, pero no solamente eso. Una escuela donde los chicos hablen, debatan, proyecten, socialicen todo lo que las pantallas no facilitan.

 

-¿De qué modo las pantallas afectan las maneras de aprender, de jugar y de vincularse con el mundo de un niño? 

-Cuando se da en exceso, afecta mucho la vida de los chicos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) el exceso son más de 2 horas por día, o antes de los 2 años de edad, o 2 horas antes de dormir. En esos espacios no debería haber tecnología. Sé que lo que digo es casi imposible hoy porque el chupete electrónico se instaló, y porque muchos chicos van a dormir con una tablet y no con un cuento. Las pantallas atraviesan los horarios y los rituales familiares: se almuerza, se cena, con pantallas. El tema de la inseguridad y la pandemia ha hecho también que los chicos se encierren y les quede como única posibilidad el juego virtual, que no es lo mismo que el juego real. Para nada.

 

-¿No es, en todo caso, el juego de esta época? ¿Por qué no es lo mismo?

-Porque las pantallas no transmiten valores, no te enseñan a ser mejor persona. No te enseñan a manejar las frustraciones cuando perdés ni el exceso de alegría cuando ganás, que hace sentir mal al otro. Los chicos se están perdiendo esa experiencia básica de socialización que era el juego en la vereda, en la plaza, en la canchita. Y será un esfuerzo de los papás tratar de ir a un equilibrio: invitar más amigos, aunque sea una vez por semana, para que vengan a jugar. Pero no a jugar con la tecnología sino con juegos inventados por ellos, donde aparezca la fantasía, los deseos, los sueños, lo que les está pasando. Nos estamos perdiendo todo eso. Nada de eso aparece porque el juego de la computadora está inventado por otros, no por el niño.

 

-¿Qué se hace con un nene aburrido en casa?

-Si el nene insiste mucho con el aburrimiento, hay que decirle que de esa cabecita inteligente que tiene, alguna idea va a salir. Juguetes en casa hay, y si no, se fabrican. No hay que precipitarse en solucionar el aburrimiento de los chicos. Del aburrimiento han salido grandes obras de arte. La verdad es que cuando uno está totalmente conectado, excitado y casi colapsado el aparato psíquico, con un juego en la pantalla, no hay lugar a la creación. 

 

-¿A qué edad le darías a un niño el primer celular y para qué?

-Yo crié a mis hijos en la época de la no tecnología, así que no sé a qué edad se lo daría hoy. Sí sé que se lo están dando demasiado temprano y que la OMS, y los creadores de la tecnología fundamentalmente, recomiendan el celular con internet recién a los 12 años, cuando empiezan el secundario. Esto es en general. Después en particular, habrá que ver. En algunas ocasiones el celular es necesario para la comunicación entre padres e hijos, pero yo lo retrasaría lo más posible. La respuesta sería: lo más tarde posible.

 

-La pandemia aceleró el uso pedagógico de las TIC y alteró la dinámica de la relación familia-escuela. ¿Crees que se ganó en empatía, en comprensión, en resultados? ¿Cuál fue el saldo?

-Es muy difícil llegar a un balance ahora. La alianza familia-escuela se vio absolutamente impactada por la pandemia, porque la escuela entró en la casa y la casa entró en la escuela. Y de pronto el docente podía ver las condiciones de vida o la relación de su alumno con los padres, y a la vez los padres podían mirar cómo daba la maestra su clase, cómo era su didáctica y su relación con los chicos. Como nunca, los padres tuvieron el correo electrónico y el WhatsApp de los docentes. O sea, que si eso se pudiera usar para bien, para una mayor comunicación y terminar de entender que la educación es un tema de familia y escuela, y no sólo de la escuela, el saldo sería positivo. 

 

-Pero…

-Yo no puedo hacer una observación en torno a esto. Primero, porque soy enemiga de las generalizaciones y en cada escuela y en cada familia pasaron distintas cosas. Y fundamentalmente porque no estoy en ningún ministerio ni ninguna secretaría de educación, y los datos que yo manejo son mínimos, son de los pacientes que me consultan. Sí digo: ojalá que haya sido para bien. Ojalá este acercamiento entre la familia y la escuela haya sido fructífero, haya sido para bien. Pero es un pensamiento desde la esperanza.


 Esta nota se enmarca en la Agenda Pública “Infancias Cuidadas”.