RESCATES EN LA ERA DIGITAL

Fantasmas de luz, la arqueología musical

Además de inmediatez y vastedad, la digitalización de la música reanimó géneros, escenas y artistas perdidos en el valle del tiempo y los laberintos de la industria discográfica. Por Luciano Lahiteau
viernes, 18 de junio de 2021 · 11:52

lustraciones Romina Pereyra

En 1926 la tecnología fonográfica dio un salto evolutivo y marcó el año cero de la industria discográfica moderna. Ese año se introdujo el método eléctrico de grabación, que reemplazó al acústico y optimizó la producción de discos: ahora se podía grabar más rápido y mejor, con mayor fidelidad y volumen.

Pero el avance no llegó a tiempo, al menos para algunos. Enrico Caruso, el cantante más popular de la época, había muerto cinco años antes por una pleuresía, y no llegó a experimentar el método del que uno de sus admiradores dilectos, el argentino Carlos Gardel, sacaría provecho en la década del ‘30.

Caruso, sin embargo, fue grabado con el método eléctrico muchos años más tarde. En 1989, la compañía galesa Nimbus logró lo que tantos audiófilos y técnicos habían estado intentando por décadas: conseguir un registro fiel de la voz del mito de Nápoles, la primera estrella internacional de la música del siglo XX. La serie Prima Voce de Nimbus se ocupó de regrabar los más de 500 discos que Caruso grabó entre 1902 y 1921 con un método a primera vista rudimentario, pero efectivo: aislar un fonógrafo en una sala de techos altos, reproducir los viejos discos de pasta conservados por un coleccionista y grabar el resultado con un micrófono eléctrico omnidireccional.

La serie de CD y casette fue publicada por primera vez entre 1992 y 1995. A partir del año 2000, Naxos puso a la venta las grabaciones en la serie Complete Recordings, cuyos 12 volúmenes están descatalogados, pero se pueden encontrar en Spotify.

 

Océanos de música

Aunque las plataformas de streaming estén lejos de contener en sus bibliotecas toda la música grabada, harían falta varias vidas para escuchar todo el material que albergan. Además de los clásicos, las novedades de la imparable factoría del pop contemporáneo y las producciones independientes de artistas que no quisieron someterse al filtro del mercado, la era de los formatos digitales ha dado lugar a infinidad de hallazgos y otros tantos retazos de historia que la vieja industria nunca hubiera contemplado.

Lo que Bob Dylan y Columbia Records viene haciendo desde 1991 con las Bootleg Series es una norma en la era digital. La desmaterialización de la música, la posibilidad de editar series de incontables volúmenes, ha permitido estirar los filtros y que grabaciones antes impublicables estén al alcance de un click. El último de estos episodios fue la edición aniversario de John Lennon Plastic Ono Band, el primer álbum solista del Beatle, conocida a inicios de este año. El corpus total son 159 tracks, de los cuales 35 nunca habían sido publicados antes, y suman unas 11 horas. Un volumen de información musical poco redituable, incluso en tiempos del compact disc.

Sin embargo, el lanzamiento fue posible dada la disponibilidad de espacio digital. Que se trate de un artista de la trascendencia de Lennon hizo que el material también sea conseguible en formato físico, en una caja de lujo con un precio alto para la mayoría del público ($21.500). Pero otro artistas más cercanos y contemporáneos, como Maxi Prietto o Ramiro García Morete, editen singles, demos y álbumes larguísimos antes solo al alcance de artistas como Andrés Calamaro.

La posibilidad de ver la forma de trabajo de los artistas que ofrecen estos formatos históricos (cómo se va puliendo una canción desde su boceto hasta su forma final, cómo intervienen los otros músicos y qué decisiones se toman a la hora de elegir las canciones que integran un disco) se complementa con otra rama del streaming que tuvo un auge durante los primeros meses de la pandemia. Por entonces, artistas como Calamaro o la británica Laura Marling, por nombrar solo a dos, abrieron su intimidad en largas transmisiones de Instagram donde pasaban canciones y las comentaban, incluso tocando sobre ellas (como en el caso del argentino); o donde le enseñaban a sus fans cómo tocar sus canciones, como hizo la artista inglesa desde su casa. 

 

Del polvo al dígito

En esta vastedad, es fácil sentirse abrumado. Ante la infinidad de propuestas, la tendencia a la microsegmentación de las plataformas que diseñan playlists personales, sugieren artistas y leen nuestras huellas en la navegación de internet, explorar se volvió un problema. En mayor o menor medida todos los usuarios llegan a determinado artista a través del algoritmo, la publicidad, el posteo de un amigo en Instagram o la sugerencia de YouTube o Spotify, cada vez menos por intermediación de los medios tradicionales.

Esta homogeneización a la que parece conducir el streaming tiene su contraparte en artistas como Lana del Rey o Duki. Ambos comparten la experiencia de haber sido “descubiertos” en YouTube, donde subían sus canciones siento perfectos desconocidos. O, en el otro extremo, la del músico brasileño José Mauro, un artista al que los melómanos habían dado por muerto y que el sello británico Far Out Recordings localizó y volvió a editar después de que sus dos únicos álbumes fueran descatalogados por el cierre del sello que los financió originalmente. Medio siglo después, José Mauro dio signos de vida desde Rio de Janeiro y aprobó la reedición digital y en vinilo de sus discos perdidos.

En estas historias, y en otras empresas insólitas como Dust To Digital (una pareja que se dedica a restaurar imágenes y sonido de músicas exóticas y difundirlas en su Instagram) o Analog África (sello que se dedica a la reedición de música africana descatalogada), es donde se prueba el raro equilibrio en el que se mueve la industria de la música hoy. Uno donde la accesibilidad del streaming se combina con los mercados de nicho, la reaparición de formatos como el vinilo y un universo de músicas más grande que nunca. 

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