UN NUEVO MERCADO

Las disputas del streaming

Después de un período de informalidad, el mercado de la música en línea marca el pulso del negocio de la música. La concentración y sobreexigencia sobre los músicos como contracara de la abundancia y la accesibilidad. Por Luciano Lahiteau
viernes, 18 de junio de 2021 · 09:22

Ilustración Romina Pereyra

Spotify, la plataforma líder de streaming, creció “por encima del rango objetivo” en 2020, con un aumento de usuarios del 29%. En América Latina, donde Argentina es el tercer mercado (la compañía no ofrece estadísticas por país), el crecimiento superó la media (33%). Hacia fin de año, la compañía sueca contaba con 155 millones de suscriptores pagos y 345 millones de usuarios mensuales activos totales. Sus ingresos crecieron un 17% interanual hasta los 1.758 millones de euros (un 19% más excluyendo el impacto de los tipos de cambio). Y aunque la pandemia recortó la cantidad de publicidad en un 21%, los ingresos por ese rubro estuvieron ligeramente por encima de las expectativas de la empresa. 

En la actualidad, el mercado de la música grabada se separa en tres sectores. El de las licencias para reproducción pública, el de la venta de fonogramas en formatos físicos y el negocio digital. Este último representaba, antes de la pandemia, aproximadamente el 40% de los ingresos por música grabada, contando descargas legales de singles o álbumes y streaming, que monetiza a través de las suscripciones de los usuarios y la publicidad. 

Hasta mediados de la década pasada, la participación de este tercer sector en el mercado argentino era bajo y muy inferior en comparación al de otros países. Los desacoplamientos cambiarios y legales y el soporte de internet previo a las redes de fibra óptica, hacían que pocos oyentes pagaran por descargas o por escuchar música en línea. En 2016 se produjo un salto, que se explica por el mejoramiento en la conectividad y la llegada de las plataformas de streaming al mercado local. Ese año, la participación de las descargas en el sector digital se redujo al 7% y el streaming creció al 90%, lo que completaba un aumento de ingresos del 600% desde 2012, según CAPIF.

Un año después, el impulso del streaming terminó con un amesetamiento de diez años en la industria fonográfica. 2017 marcó un incremento de 8,1% respecto del año anterior, superando la caída del 5,4% de los formatos físicos gracias a la suba de 19,1% en los digitales. A partir de ese año se estableció un nuevo orden donde los ingresos del sector digital (donde el streaming representa, como vimos, la abrumadora mayoría y se concentra en pocas plataformas líderes, como Spotify, Apple Music, Deezer y YouTube) representan entre el 50 y el 60% de todo el negocio de la industria fonográfica, según los monitoreos de IFPI.

 

Músicos emprendedores

Esto no se plasma en los ingresos de los artistas por la reproducción de su obra, lo que ha causado una polémica a nivel global. Si bien la aparición del streaming significó una superación del primer momento de la música en formatos digitales marcado por los programas y comunidades de P2P (donde se comparten archivos entre pares sin la mediación de regalías para autores e intérpretes, como fueran Napster, Ares o Soulseek), desde la perspectiva de los artistas los ingresos por las reproducciones son bajos. 

Esto quedó más en evidencia durante el año de pandemia, dado que el streaming se convirtió en la única fuente de ingresos y no solo parte de un combo en el que, para los músicos, lo más redituable son las presentaciones en vivo y la venta de discos físicos y merchandising que las acompañan. Según datos de CAPIF, desde la irrupción de la tecnología digital los ingresos por música grabada y música en vivo se han invertido. Si en 2006 se registraban un 46% de ingresos por la música grabada contra 54% por música en vivo, antes de la pandemia los porcentajes eran del 27% para la primera y 73% para la segunda.

Además, el sistema de pago de Spotify y otras plataformas de streaming sigue siendo opaco e inaccesible para los artistas que suben su música. La reticencia de las compañías que concentran el negocio a brindar información detallada no ayuda. Aproximadamente, un músico recibe 0,0038 centavos de dólar por cada reproducción de una de sus canciones, aunque algunos aseguran que es incluso inferior. YouTube, otro de los gigantes del mercado, se estima que paga 20 veces menos por cada reproducción, aunque haya informado que durante 2020 pagó más de 4 mil millones de dólares a la industria de la música.

En este marco de emergencia, Spotify dio poco más que limosnas. Con el proyecto global COVID-19 Music Relief (que en la Argentina se tradujo a través de la Unión de Músicxs Independientes) brindó asistencia a artistas con una donación de 10 millones de dólares. Lo que, por supuesto, no alcanzó para paliar la situación de los músicos de todo el mundo y no hizo más que dejar al descubierto la injusticia y concentración del mercado de la música digital. En Estados Unidos, la campaña Justice at Spotify (Justicia en Spotify, impulsada por el Sindicato de Músicos y Trabajadores de la Música y que ya cuenta con más de 40 mil firmas) asegura que “los trabajadores de la música dependen más que nunca de los ingresos por streaming” y pidió que Spotify “ofrezca mayores pagos de regalías, transparencia en sus prácticas y que deje de luchar contra los artistas”.

A pesar de los programas de formación para músicos y gestores generados desde el Estado, en Argentina la gran mayoría de los artistas que comparten su obra en las plataformas de streaming desconocen sus derechos, en concepto de qué perciben ingresos y cómo deberían hacer para optimizarlos. Espacios como el Mercado de Industrias Culturales, el Instituto Nacional de la Música o Recalculando dieron algunas herramientas a los artistas, en cuya espalda parece recaer todo, o casi todo, el proceso de creación, difusión y distribución que antes era repartido. La noción del músico como emprendedor que tomó fuerza al calor de la democratización que trajeron las tecnologías digitales parece haber puesto toda la presión sobre los creadores, en cuya habilidad estaría toda la explicación del éxito o del fracaso. 

Es una mirada que pierde de vista el grado de concentración en la industria incluso mayor a la de la era analógica, ya que son las plataformas y sus distribuidoras asociadas las verdaderas dueñas del juego. Aunque se sucedan proyectos como Music.Ar (una plataforma de streaming local, ideada por Músicxs Argentinxs en Red) o Código Provincia (en Buenos Aires), la carga no deja de estar sobre los músicos, en quienes recae la responsabilidad de crear, producir, distribuir y comercializar su obra.      

 

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