Memorias

La Independencia, el supremo legado

Hace 205 años, el 9 de julio de 1816, un gran grupo de congresales tomaba la mayor decisión de la historia argentina, decisión que habría que sostenerla en la batalla. “Ánimo, que para hombres de coraje se han hecho las empresas”. Por Alejandro Mareco
jueves, 8 de julio de 2021 · 18:00

La independencia era un anhelo profundo, intenso, pero que latía adentro de los corazones de los patriotas que salieron al encuentro de la historia apenas murmurado, como un secreto. Es que aún habría que esperar y mucho por luchar hasta alcanzarla.

Desde aquel amanecer lluvioso del 25 de mayo de 1810, cuando el primer gobierno formado por los hijos de esta tierra asomó al balcón de los protagonistas de su tiempo, pasarías seis ardorosos y trajinados años hasta que, por fin, el 9 de julio de 1816 se precipitó el momento de proclamar la Independencia.

El camino no fue sencillo. El desafío era nada menos que romper con la mayor potencia colonial de la historia. Hacía falta no sólo fuerzas sino también coraje para gritar que rompíamos los lazos de dominación a los que durante tres siglos España sometió a una inmensa porción del continente, incluidas estas tierras del final del sur. 

Y mientras unos pretendían seguir simulando obediencia al rey Fernando VII, otros corazones ardían por dar finalmente el grito desnudo frente al mundo.

Fueron seis años de un tiempo muy concentrado, en el que los acontecimientos modificaban a cada paso la situación. Entretanto, las pujas internas a partir de los intereses regionales y sectoriales empezaban a quedar muy expuestas.

La semilla de la emancipación de esas colonias americanas había venido germinando desde finales del siglo XVIII, a través de distintos movimientos, antes de que estallara en nuestro suelo, en mayo de 1810.

En los sencillos pobladores de nuestro continente colonizado, y en el ánimo de la construcción de la vida de cada día, la determinación de ser libres cobraba cada vez más sentido, no sólo en la abstracción de la idea de libertad, sino en la realidad cotidiana.

Es que la libertad no es pura abstracción, una idea, sino que se traduce en la vida concreta: no hay verdadera condición humana sin dignidad. Esa aspiración ha movilizado a los pueblos en la historia.

“El entusiasmo que existe en esta capital (Buenos Aires) es excesivo, acercándose a la locura; el mismo ardor prevalece en los países circundantes, que se están emancipando del despotismo materno y es sólo por tal energía que pueden arrojar el yugo que la tiranía les ha impuesto durante tanto tiempo”, escribiría en 1810 un corresponsal anónimo en el periódico National Intelligencer, de Washington.

Ese entusiasmo era también, por ejemplo, el de Manuel Belgrano, cuando en aquel 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná izó por primera vez la bandera celeste y blanca que nos identificaría definitivamente. “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad”, fue la consigna con las que mandó a jurar sus tropas.

“Independencia”, incluso, era también el nombre de una de sus baterías. Claro, no parecía una palabra muy conveniente en esos días: Inglaterra, malquistada por la declaración de Independencia de Venezuela, había advertido que mientras durara su alianza con España contra Napoleón no vería con buenos ojos que las Provincias Unidas hicieran lo mismo.

La grieta argentina ya estaba echada en un dilema que acaso aún sigue siendo central: ¿cómo nos insertamos en el mundo?: ¿Cómo una nación orgullosa e independiente o como una pusilánime siempre atenta a los intereses lejanos, aliados a pequeños sectores de adentro?

“¿Qué falta para decirlo?”

“Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra Independencia. ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo?”.

Con esa claridad y convicción, José de San Martín le escribiría una carta a Tomas Godoy Cruz, representante de Mendoza en el Congreso General Constituyente que desde el 24 de marzo de 1816 estaba reunido en la ciudad de San Miguel de Tucumán.

“Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”. El futuro Libertador de América no ahorraba inspiración para alentar el camino a la Independencia, en aquella histórica carta.

Y como si los hilos de la incipiente historia argentina tuvieran un guión escrito, el amanecer del día que tanto ansiaba, San Martín se encontraría ingresando a la ciudad de Córdoba al cabo de 11 días de viaje al paso de caballos y carruajes, de descansar apenas en la precariedad de las postas.

Sí, el 9 de julio de 1816, el futuro Libertador se anticipaba a una cita decisiva con Juan Martín de Pueyrredón. Pero quien era el director supremo las Provincias Unidas se demoraría varios días en Tucumán, hasta que, por fin, el 21 y 22 de julio se produciría la larga reunión de la que San Martín emergería con el cargo de Jefe del Ejército de los Andes, cuerpo que se crearía al 1° de agosto siguiente.

“Nuestra entrevista con Pueyrredón ha proporcionado grandes ventajas a la causa; todos los obstáculos se han removido y en todo se procederá con firmeza y unión”, escribiría en esos días en otra carta a Godoy Cruz. 

La declaración de Independencia había redoblado el entusiasmo, aunque claro, había que defenderla en la batalla.

Pero ya era una realidad: hombres de coraje la habían hecho posible.  Fue el fruto de la brava decisión que interpretó el llamado de su tiempo, de la historia y que, sobre todo, representó con fidelidad las aspiraciones de un pueblo que entonces no se consideraba argentino sino americano.

Y el pueblo no sólo era un asunto de hombres, sino también de mujeres. El camino hacia la consolidación de la Independencia estaría sembrado de pobreza y de muerte, pero era el precio que los hombres y mujeres de este tiempo estaban dispuestos a pagar por la libertad, que no es una mera abstracción, sino que se traduce en la vida concreta: no hay verdadera condición humana sin dignidad.

Valores supremos

La declaración de la Independencia planteó con claridad un destino continental, al proclamarla en nombre de las “Provincias Unidas de Sud América”, un destino que sigue siendo una cuenta pendiente que los habitantes del presente tenemos con el legado de aquellos hombres.

El acta del 9 de Julio, por otra parte, proclamaba nuestra emancipación de “los reyes de España y de todos sus sucesores y metrópoli”. Pero diez días después, en una sesión secreta y ante la amenaza de una invasión portuguesa, se agregó: “Y de toda otra dominación extranjera”.

Esta aclaración, aunque influida por los peligros y las vicisitudes del momento, sería la rúbrica al poderoso mensaje que dejaron los congresistas para los americanos y finalmente los argentinos del futuro.

Así fue: en el fragor de aquellos días se concluyó que la Independencia y la dignidad eran valores supremos y definitivos que el pueblo, como entidad colectiva a través del tiempo (los argentinos de entonces, de ahora y de mañana), debía sostener.

Y lo dejaron firmado, para que lo tengamos claro aun en los momentos más aturdidos de nuestra historia.

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