Memorias

San Martín y la sed de ser libres y dignos

De los 72 años que vivió, en sólo 18 piso suelo americano, el suelo de sus desvelos. Para cumplir su plan de libertad continental, desobedeció las ordenes del centralismo porteño que lo mandaban a aplastar a caudillos del interior. Por Alejandro Mareco
lunes, 16 de agosto de 2021 · 20:58

“...Del desprecio que yo pueda tener de la historia (es) porque conozco de las pasiones, el espíritu de partido, la adulación y el sórdido interés son en general los agentes que mueven a los escritores”.

La frase de José de San Martín, hombre de palabras inspiradas, contundentes y, sobre todo, definitivas y permanentes en su sentido y mensaje, estaba en una de las tantas cartas que le envió  a su amigo y compañero de armas y sueños, Tomás Guido, quien estuvo a su lado en el bravo y sangriento camino de la independencia americana.

Fue a través de Guido que, de puño y letra, San Martín también alentó a los congresales de Tucumán: “Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresa”.

El Libertador desconfiaba del juicio de la historia pues ya había visto cómo los hombres de su tiempo contaban el presente de maneras tan distintas cuando tomaban la pluma. 

Sin embargo, su figura sería consagrada por y para el pueblo argentino como la del máximo prócer, el héroe mayor de la construcción de un país, de la fundación de un destino nacional. 

Claro que su razonamiento no estaba equivocado: fue una convención en la que participaron generaciones, la que lo puso por fin en lo alto del Olimpo argentino. Esto es inevitable en los asuntos de la historia: es el espejo de su tarea y su ideario y todos intentan reflejarse, aunque sea seleccionando partes, pues hay una versión de San Martín que se acomoda a distintos gustos de ver el ayer.

Eso es inherente a nuestra condición de seres políticos: la mirada sobre el ayer nos da un lugar bajo el sol del presente, y una proyección sobre el rumbo de una sociedad. Por eso la historia, la versión que se da del pasado común, es un gran botín por el que se consumen tantas energías.

Ahora bien, ¿son los hombres los que hacen la historia o es la historia la que hace a los hombres? Esa vieja pregunta intenta desentrañar un orden de causa y efecto en una cuestión que es uno de los grandes asuntos humanos y sólo humanos.

Son los pueblos los que van dibujando los grandes trazos: romanos, griegos, vikingos, bárbaros, americanos... Los nombres propios, las gestas individuales son mojones, símbolos que sustentan esos pasos.  Y van mucho más allá de la veleidad de aspirar a una porción de eternidad histórica por dejar escrito el nombre propio en una placa o un manual.

 

Héroe fundacional

Este 17 de agosto se cumplen 172 años de su muerte en Boulogne Sur Mer, Francia, a los 72 años. Los largos años de distancia con la tierra que había liberado con su sable y su convicción, su doloroso exilio, hablan con creces de las dificultades en las que se vio San Martin frente al juicio de algunos de sus contemporáneos, sobre todo de Bernardino Rivadavia y los intereses del centralismo porteño que intentaron hacerlo retroceder de su empresa continental y poner su arma y sus tropas contra los caudillos del interior.

Pero su inmensa estatura de héroe del tiempo fundacional americano, y por defecto argentino, termino por imponerse.

San Martín fue un extraordinario hijo de su tiempo, y su paso por la vida estuvo trazado por circunstancias que a simple vista pudieran parecer contradictorias. 

Incluyendo los seis primeros de su infancia correntina, sólo estuvo 18 años de su vida en suelo americano. A los 11 años ya era un soldado al servicio del rey de España y combatió contra las tropas de Napoleón Bonaparte, incluido el triunfo en la famosa batalla de Bailén.

Pero regresó a su tierra americana empapado de un sueño de libertad que ya había soltado varias chispas, como la Revolución de Mayo de 1810. En 1811 dejó el ejército español y en enero de 1812 arribaba a Buenos Aires, después de haber pasado unos meses en Inglaterra, en contacto con otros revolucionarios americanos.

Pronto creó el Regimiento de Granaderos y ya en octubre de 1812 participó del movimiento que derrocó al Primer Triunvirato, sobre el que Rivadavia ejercía su influencia (“No siempre están las tropas para sostener gobiernos tiránicos”, diría San Martín). Rápidamente jugó cartas políticas, es decir, era más que un guerrero talentoso, como lo presentan unos, sino un hombre de convicciones y acción política.

Luego vencería en el combate de San Lorenzo (el único enfrentamiento que protagonizó en tierra argentina) y sería designado al frente del Ejército del Norte, pero por motivo de su salud complicada (y porque no creía que por el norte se darían las batallas decisivas), retrocedió y se instaló 87 días en Saldán, Córdoba, donde terminaría de concebir su plan de liberación continental.

Y en enero de 1817, apenas cinco años después de su llegada, emprendió su marcha hacia Los Andes. Desconocer las órdenes de Rivadavia que lo mandaban volver para pelear contra sus compatriotas, sería su genial desobediencia.

"Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestro disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieren atacar nuestra libertad. No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria”, le había escrito antes a José Gervasio Artigas.

 

Partido americano

¿Cómo habrá sido la intensidad de aquel llamado de la historia que fue capaz de hacer que miles de hombres y mujeres, cada cuál con sus aportes de ansia, lucha y dolor, entregaran sus destinos personales en los brazos de un destino superior, de un enorme sueño colectivo?

José de San Martín y los más de cinco mil hombres que lo acompañaban se elevarían en el cielo de la historia a la altura de las montañas más altas del continente, casi de la Tierra.

Eran revolucionarios que habían concebido la existencia de una patria nueva, propia, y estaban dispuestos a romper el orden establecido aún a costa de la propia sangre. De todas las banderas que llevaban consigo, ninguna flameaba tanto como la palabra libertad. 

Y por más que hablara aún con acento andaluz, en los labios del Libertador la sed de ser libres brotaba como el agua de un incontenible manantial. Libertad era dignidad, justicia, fin de la explotación y del sometimiento que el imperio español imponía a los nacidos en estas tierras, criollos incluidos; era la voluntad de tomar nuestras propias decisiones soberanas.

El arduo camino a través de la cordillera era el único posible para salir a pelear la independencia en el gran escenario del subcontinente. O América daba una respuesta común al llamado de la historia, o no lo lograría.

“Bolívar y San Martín realizaron la unidad de la América latina, antes de formular la teoría de la unión”, ha dicho José María Torres Caicedo, escritor colombiano.

Aquellos que cruzaron Los Andes y todos los que dejaron su sangre en los campos americanos salieron a construir un futuro nuevo en un mundo que no se parecía a los pasados del mundo conocido: la razón de la sangre americana, definitivamente amasada en la mixtura de europeos, pueblos originarios, negros exclavos y a la que luego se sumarían más aportes, echaba su ancla en el futuro y no en el pasado. Luego, las pequeñas élites regionales, en coincidencia de intereses con los centros de poder lejanos, impulsaron la gran implosión.

“San Martín había asumido la misión de sustantivar la idea de Provincias Unidas de Sudamérica, emergente del acta de Tucumán. Y estaba dispuesto a lograr su objetivo malogrado por las escisiones, los localismos y los intereses partidarios. Para él no había más partido que el ‘americano’ ni más objetivo que la unificación nacional de Sudamérica independiente. Todo lo demás era accesorio y secundario”. Así lo refleja A. J. Pérez Amuchástegui, en su libro “Ideología y acción de San Martín” .

“San Martín encarnaba la ideología de toda la revolución americana, en su condición de político militar desvinculado de los ganaderos y comerciantes”, sostiene Jorge Abelardo Ramos en su obra “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”.

San Martín no fue un hacedor individual de la historia, pues a la historia la hacen los pueblos. Pero por lucidez, convicción y coraje fue el hombre indicado para ponerse al frente de uno que deseaba tanto ser independiente  que no vaciló en regar de sangre un continente.

¿De qué materia están hechos los héroes de la historia, esos que montan en bronce? Puede parecer que el lejano ayer, un tiempo inaugural, como de leyendas, es su sustancia. Pero su condición esencial, la “inmortalidad” de la que se habla, es la de sus luchas y sus convicciones que alcanzaron la constancia de persistir en presente.

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