El streaming bajo la lupa

El acelerado camino hacia la digitalización de la música

El cambio de milenio inició una transformación que maduró en pandemia: la transición definitiva hacia el plano digital y la desaparición de los formatos físicos como objetos de consumo cultural masivo. Pero el negocio sigue concentrado en pocas manos. Por Luciano Lahiteau
lunes, 17 de enero de 2022 · 16:52

Ilustración Juan Pablo Dellacha

En el último trimestre de 2021, Spotify volvió a quebrar los límites de su crecimiento y alcanzó los 172 millones de usuarios premium a nivel global. Además de estos suscriptores, que pagan una tarifa variable según su lugar de residencia entre los 184 países en que opera la plataforma, otras 381 millones de personas utilizan el servicio de streaming musical en su formato gratuito. Así, la compañía sueca fundada en 2006 y que opera en bolsa desde 2018 se afirma como el actor dominante en el nuevo esquema de la industria musical, donde el 62% de los ingresos proviene de la reproducción en línea, mientras las ventas de discos en formatos físicos sigue en caída.

América Latina es la región donde más creció el streaming durante 2020. Un 15,9%, según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica, que todavía no ha publicado los datos de 2021. Mientras, los formatos físicos se retrajeron un 4,7%. El crecimiento tuvo un pico histórico en el tercer trimestre de 2020, durante lo más álgido de la pandemia a nivel regional, cuando los usuarios latinos de Spotify pasaron de 65,7 a 80 millones. En el trimestre siguiente, el número se redujo a 75,9 millones, para volver a escalar hasta los 83,2 millones que se contaron en el tercer trimestre de 2021, según las estimaciones del investigador José Gabriel Navarro. La curva mantiene una significativa pendiente positiva: los usuarios de Spotify se han duplicado desde 2017 hasta la actualidad. 

Un plan para cada uno

Aparte de la explicación sociológica que se pueda inducir de estos datos (el aislamiento y la imposibilidad de asistir a conciertos en vivo o disquerías parece haber propulsado el uso de los servicios de streaming), existe un plan de negocios que está orientando el consumo de música hacia la digitalización y la reproducción en línea. Spotify, que concentra alrededor del 35% del mercado de la música on-line, tiene una política de captación de usuarios que incluye tarifas diferenciadas según el país de residencia y un seguimiento algorítmico destinado a retener al usuario dentro de la plataforma. De acuerdo a los últimos aumentos, el servicio individual premium de Spotify (es decir el acceso irrestricto a la biblioteca de más de 70 millones de canciones y podcasts que contiene la plataforma) cuesta $326,36. Además, la compañía ofrece planes para compartir, como Dúo y Familiar, para operar desde más de un dispositivo. 

En tanto, un disco de vinilo nuevo no cuesta menos de $6.000 y un CD no menos de $2.500 (las novedades, que Spotify ofrece al instante de su lanzamiento, pueden llegar a costar $12.000 en vinilo y $4.000 en CD). Al mismo tiempo, la compañía utiliza un algoritmo que provee constantemente al usuario de novedades y posibles músicas de interés a través de playlists personalizadas y sugerencias que diseña en base a los gustos y hábitos del usuario. 

Esta reorientación del consumo de música es el proceso más frenético de la historia de la música popular. Hace apenas dos décadas, el 99% de las ventas de música grabada se hacía en formatos físicos (sobre todo el CD). En la actualidad, gran parte de los lanzamientos ni siquiera tienen su publicación material: solo pueden escucharse en las plataformas de streaming. Los álbumes de trap, el último género pop masivo, se editan solo excepcionalmente en formatos físicos. Muchos otros salen solo en plataformas y vinilo, sin pasar por los formatos compactos que copaban la industria a fines del siglo pasado, como el CD y el casete. 

El resurgimiento del viejo formato del vinilo alcanzó en Gran Bretaña ventas similares a las de la década del ‘80 en 2021 y en Estados Unidos, el principal mercado a nivel mundial, creció un 108%. Esto está provocando problemas impensables apenas dos o tres años atrás, como el colapso de las prensadoras de discos. En Argentina, aunque no haya datos oficiales, el fenómeno es igualmente palpable. La reaparición del vinilo tiene razones técnicas, que refieren a la calidad y profundidad del sonido, y otras comerciales: en buena parte, el renovado éxito del vinilo tiene que ver con el fetichismo y pautas de consumo que van más allá de la música en sí.    

Concentrados 

Las cifras trazan un recorrido, que es el que la industria musical hizo en el transcurso de su digitalización. El tiempo y los recursos que las compañías discográficas perdieron durante su patética resistencia a las nuevas pautas de consumo cultural que plantearon internet y la digitalización parecen estar siendo recuperados ahora, cuando buena parte de aquella estructura caduca vuelve a concentrar el negocio en sus manos, ahora en sociedad con los actores de la digitalización y el streaming. 

De aquellos combates judiciales contra Napster y el amplio espectro de consumos que se englobó en la llamada “piratería” (ahí se incluyeron desde las copias de venta ilegal callejera hasta el uso común o compartido por internet puerto a puerto, como fueron Ares o Soulseek), se pasó al ya olvidado negocio de las descargas pagas (donde hicieron vanguardia Apple y iTunes). Y, ahora, al de la reproducción en línea: un modelo de oferta inconmensurable, masivo y concentrado en pocos operadores, por donde pasan la novedad diaria y el acervo musical más grande de la historia de la humanidad.

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