MÚSICA

Canciones: el nuevo commodity

¿Qué significa que tantos grandes artistas estén vendiendo sus catálogos y resignando parte de sus derechos de autor? ¿Cómo cambiará este nuevo paradigma a la industria de la música? Por Luciano Lahiteau

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20-02-2023

El 24 de enero pasado se conoció que Justin Bieber, la super popstar de 28 años, había vendido sus derechos de autor sobre un catálogo de 290 canciones. Es decir toda su música publicada antes del 31 de diciembre de 2021. Con el acuerdo, Bieber (que canceló parte de su gira del año pasado por problemas de salud) entregó su participación en los beneficios que su música grabada genera (y generará a futuro) en reproducciones mecánicas, interpretaciones, sincronización, etcétera. El negocio, realizado entre el músico canadiense e Hipgnosis Songs Capital, un fondo de inversión respaldado por la banca Blackstone, habría superado los 200 millones de dólares, convirtiéndose en la más onerosa adquisición de este tipo y la primera destinada a controlar el catálogo de un artista popular menor de 30 años.

Antes que Bieber, una larga lista de artistas veteranos habían encontrado en esta nueva forma de negocio una salida a la retracción de sus ingresos por la caída en la venta de discos y la cancelación de las giras (provocada tanto por la pandemia como por la avanzada edad de los músicos). Bob Dylan, Bruce Springsteen, Paul Simon, Neil Diamond, Neil Young, Stevie Nicks, Shakira, David Crosby y Barry Manilow son solo algunos de los que, con diferentes tipos de acuerdo (parciales o totales) y distintos compradores, optaron por vender. También muchos herederos de grandes acervos musicales, como los poseedores de los derechos de autor de Bob Marley, Whitney Houston o Ray Charles, lo consideraron una buena oportunidad, incluso en términos fiscales: en EEUU, Joe Biden pretende modificar el impuesto sobre las ganancias de capital para que coincida con el impuesto sobre la renta; eso aumentará la tasa del 20% al 37% para este tipo de ingresos.

El más fuerte inversor del mercado es Hipgnosis Songs Fund, creada en 2018 por Merck Mercuriadis, un canadiense de origen griego, ex manager de artistas como Iron Maiden, Elton John, Morrissey y Guns n' Roses, y el músico Nile Rodgers, el cerebro detrás de Chic y cientos de hits. Bajo la premisa de revalorizar el aporte de los autores (usualmente muy relegados en la regalías que generan la música, tal la costumbre de la industria) y alentar la inversión en canciones “extraordinariamente exitosas” como “una clase de activos no correlacionados” con la volatilidad de los mercados de capitales globales capaz de brindar beneficios duraderos y diversificados, Mercuriadis obtuvo en pocos meses el apoyo para operar en la bolsa de valores de Londres y, a partir de 2021, el apoyo casi irrestricto de Blackstone para adquirir más y más catálogos. Para entonces ya tenía los derechos de autor de 57.000 canciones, que se convirtieron en 65.000 a fin de año, con un valor de mercado estimado de 2.550 millones.

Todos los ríos llevan al mar

Pero, ¿qué es lo se está vendiendo? ¿Y por qué? En un mercado como el musical, donde las ganancias se concentran cada día más en el negocio controlado por las plataformas de streaming y las giras, los derechos de autor adquieren un nuevo valor: el control sobre esos derechos genera beneficios directos, no diferidos en los intermediarios que antes se encargaban de publicar la música y ponerla en circulación. Son activos seguros que pueden revalorizarse en un abrir y cerrar de ojos, y que parecen estar ajenos a los vaivenes de la economía global, los cambios de gobierno, las guerras o la catástrofe climática. En el modelo actual, donde la música grabada está en permanente disponibilidad en plataformas de streaming (sin necesidad de ser reeditada o distribuida), han crecido notoriamente las ganancias de músicos retirados y olvidados, cuyos catálogos parecían condenados al olvido. La predisposición de los algoritmos de recomendación por la música probada (que hemos seleccionado con anterioridad nosotros u otros usuarios, en ese trabajo gratuito que ofrecemos al dar un me gusta o saltear una canción) y el creciente uso de canciones icónicas o ilustrativas en películas, series, videojuegos y redes sociales como Instagram y TikTok (lo que en la industria se conoce como “sincronización”, capaz de multiplicar el alcance de la canción con un googleo o la ayuda de aplicaciones como Shazam) dieron nuevos bríos a catálogos estancados en el tiempo, como los de Kate Bush y Linda Ronstadt. Lo cual se suma a una industria especialmente obsesionada con el pasado, donde la noción de novedad se difumina en la nube del bombardeo de información del modelo digital. Según un informe de The Atlantic, las canciones viejas ahora representan el 70% del mercado musical de EE. UU., y las radios están poniendo "menos canciones nuevas en rotación" e "ignorando por completo la música nueva en favor de los éxitos antiguos".

Lo que Hipgnosis Songs Fund, Primary Wave, Concord Music Group, Vine Alternative Investments, Shamrock Capital, Eldridge, Universal Music Publishing y otras están adquiriendo son los derechos de autor sobre esas canciones, para así tener una participación privilegiada en las ganancias que puedan generar en la expansión futura del actual modelo de streaming (Spotify continúa creciendo en mercados como el latinoamericano, y le queda mucho por conquistar en Asia y África), la aceleración del negocio de la sincronización y en la administración de esas canciones para ponerlas a producir nuevas ganancias: gestionar versiones de artistas nuevos, insertarlas en producciones audiovisuales o hasta negociarlas en mercados digitales como cualquier otro activo.  La profesora de la Universidad de Miami Serona Elton, que supo trabajar para los grandes sellos de la industria, asegura que ser músico-compositor con un catálogo de éxitos en la actualidad es “como tener una propiedad con yacimientos de petróleo en algún lugar como Austin, Texas”.

Cuánto vale ser la banda nueva

Cabe preguntarse, entonces, por qué controlar los derechos de autor es un buen negocio para un fondo de inversión pero no lo es para el autor original. La respuesta parece ser una simple cuestión de tamaño: en el modelo del streaming, las ganancias no se reparten por reproducción (como sugiere la confusión habitual), sino que se deduce de un cálculo obtenido a partir del flujo total de reproducciones. Por eso nadie, ni siquiera los artistas más reproducidos del mundo, está del todo conforme con el modelo en el que las plataformas administran oligopólicamente el flujo de música que se consume. Así, lo que aparece como la única forma de obtener una porción cuantiosa del negocio es concentrar la mayor cantidad de derechos de autor en las mismas manos, de modo que la porción del flujo sea significativa y tenga relación con la magnitud de los fondos invertidos.

Los grises de la legislación de la mayoría de los países no ayuda. Por ejemplo: cada vez que se realiza el stream de una canción se hace una copia temporal, por lo que genera lo que se denomina una “regalía mecánica”. Pero también se trata de una interpretación pública de esa canción, lo que genera una “regalía de interpretación”. También existen los derechos de grabación y derechos conexos, que a menudo está en manos de la discográfica o el productor que permitió y financió la grabación. Y los derechos de sincronización, que aparecen como la gran promesa a futuro. Todas estas regalías, que tendían a dividirse en solo dos actores (los autores y las discográficas en su rol de editoras del material grabado) ahora confluyen. Porque son las discográficas o los conglomerados que las contienen las que compran los catálogos (es decir que ya teniendo los derechos de la grabación suman la de la autoría) o porque los nuevos actores como Hipgnosis adquieren ambos, dado que ni lo que pagan las plataformas por reproducción ni los ingresos por reediciones en soportes físicos ofrecen números atractivos en comparación al valor de mercado (se calcula que los catálogos se están vendiendo a un valor que oscila entre 18 y 20 veces lo que ese catálogo genera en regalías durante un año). 

La forma principal en que los nuevos propietarios de catálogos ganarán dinero con el tiempo es a través de organizaciones de derechos de ejecución como ASCAP, BMI y SADAIC, que monitorean la transmisión y cobran los pagos. En el modelo digital, el control de estas reproducciones se automatiza y procesa a niveles inéditos en la historia de la industria, lo que se supone transparentará y aumentará los beneficios que genere una canción. Y dejará en manos de los algoritmos la gestión de un verdadero éxito.

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Redacción Mayo

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