Consumos digitales

Nuevas ondas y promesa de futuro para la radio

La confluencia con las plataformas de internet no solo garantiza la supervivencia del primer medio masivo, sino que abre un nuevo abanico de frecuencias para la magia de las transmisiones de voz. Por Luciano Lahiteau

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Luciano Lahiteau Luciano Lahiteau 23-05-2022

Ilustración Juan Pablo Dellacha

Al menos desde comienzos de siglo, la radio viene eludiendo su anunciado final. El medio masivo de comunicación por excelencia, el más revolucionario de la historia humana, ha sido para muchos observadores de esta época una tecnología obsoleta destinada a la desaparición en favor de las novedades digitales. Sin embargo, la radio y sus atributos principales (inmediatez, cercanía, empatía, calidez, compañía) han impedido que el medio se desvanezca. Y han provocado que, incluso, las nuevas plataformas se apoyen en ella e intenten imitar algunas de sus características.

A inicios de la década pasada, era común oír que la expansión de las redes sociales y la masificación de internet (con su inagotable oferta de noticias, música y contenido audiovisual) estaba acabando con los medios tradicionales, en especial la radio. En 2010, durante la Bienal de Radio de México, se presentó un estudio que advertía sobre el descendente número de jóvenes menores de 30 años que escuchaban radio. Según la medición, en el año 2000 la escuchaban regularmente un 42% de estos jóvenes y en el 2008 un 34%, por lo que era de esperarse que para mediados de la década la cifra cayera a una minoría cercana al 20% para luego seguir cayendo. Por esa misma época, un estudio de la Universidad Particular de Loja (Ecuador) indicaba que casi el 60% de los jóvenes menores de 17 años no destinan ni un minuto a informarse o entretenerse con medios tradicionales como el diario o la radio. La cantinela decía que la radio envejecía “al mismo ritmo que la gente que la escucha”. Y que el problema era que los jóvenes de hoy, que serán los mayores del mañana, no crecían con el hábito de escuchar radio.

Otra sobrevida

El paso del tiempo confirmó que aquellas predicciones estaban equivocadas, al menos en parte. El mejoramiento en la prestación de servicios de internet móvil y la masificación de aplicaciones y plataformas de contenido audiovisual, como YouTube y Spotify, se establecieron como la fuente predilecta de millones de consumidores de noticias, música y entretenimiento. Las transmisiones en vivo, los podcast y las diversas variantes de la sociabilización mediada por los lenguajes de internet (desde los chats y foros a los videogames, y próximamente el metaverso) se transformaron en el hábitat natural de un público joven acostumbrado a diferir y diversificar sus intereses, desoír la autoridad de las grandes voces del sistema mediático y elegir qué oír: una generación on demand liberada de tandas publicitarias, prime times y campañas públicas que puede optar por una playlist de música africana, una emisora de radio europea o un stream sobre su tema de interés sin preocuparse por el top horario, las noticias de última hora o la opinión especializada.

Lo que no era observable a primera vista es que todas esas nuevas opciones, que se abrían como un horizonte futuro, estaban conectadas, en esencia, a la radio. Desde lo más obvio, como los podcast (el refugio de muchos radialistas expulsados del medio por supuesta falta de audiencia o anunciantes, y acorralados por la aceleración y monotonía de las emisoras comerciales) hasta las transmisiones y videos en YouTube, Instagram o TikTok. Todos, invariablemente, aspiran en mayor o menor medida a los atributos de la radio: inmediatez, cercanía, empatía, calidez, compañía. 

La novedad está en la forma en que esas nuevas herramientas han sido integradas a la radio. Lo que, consecuentemente, acercó a la radio tradicional a ese público joven, nativo de internet. Casi por decantación, las comunidades de internet incorporaron la radio a su cotidianeidad como una continuidad con sus consumos on-line. Primero fueron los usos más básicos, como las cuentas oficiales de cada emisora en Twitter y Facebook, donde se anuncia o acompaña la programación; o las aplicaciones para poder escuchar la radio fuera del área de alcance de su antena y sin tener que recurrir a otra plataforma. Pero en los proyectos más aventurados, como Vorterix o La 100, han llegado a una simbiosis difícil de definir.

Hibridaciones

En Vorterix, la confluencia con internet está en el corazón del proyecto: la radio nació en tiempos de la red y transmite simultáneamente por YouTube y su página web, sitios donde se puede ver la programación. Eso ha redefinido la estética del discurso de la radio, que ahora incluye elementos externos a la voz humana y los efectos sonoros: los gestos de los conductores, los comentarios de la audiencia por mensajería instantánea, los videos embebidos o los videoclips de las canciones que suenan pasaron a ser parte integral de la radio. Además, la radio es especialmente permeable a figuras que han hecho carrera en plataformas como YouTube, Twitch o Instagram, a quienes ha incorporado a su programación. Con ellas, se sumaron a la radio el ritmo, el sentido del humor y los códigos que Lucas Rodríguez o Lucas Upstein, por ejemplo, tenían en sus canales.     

En La 100, la FM porteña de mayor encendido, la apuesta es más conservadora en su centro, pero igual de ambiciosa para atraer a la audiencia internauta. Como la mayoría de sus competidoras, la emisora tiene un diseño de programación basado en la migración de figuras televisivas a la radio, en compañía de un equipo de oficio atado a la agenda centralista y liviana del mapa mediático argentino. Pero adopta algunas innovaciones. Por ejemplo, ofrece la posibilidad de elegir el tipo de música que sonará en un programa. Así, la audiencia puede optar entre siete posibilidades: clásicos anglosajones de los '80/'90, rock nacional, latino, nuevos clásicos (del 2000 en adelante), reggaetón y Top 40. O conformarse con la cada vez más devaluada elección de la persona encargada de la musicalización. A la vez, La 100 replica la política de muchas otras emisoras: alentar y azuzar el crecimiento de su comunidad de oyentes, tentándolas con los habituales concursos, trivias y mensajes telefónicos, pero también extendiendo la influencia de la programación por fuera de los horarios de transmisión.   “Los medios compiten hoy en muchos más frentes que antes, donde solo competías con otras radio o la tele, y luego con internet y las redes sociales”, le dijo el gerente de programación de La 100, Diego Poso, a Clarín. “Todo es contenido y se genera una dispersión infinitamente grande. Por eso surgió el desarrollo digital, para contener eso. Hoy el aire se ve atravesado por la inmediatez, mientras que antes la única comunicación con el oyente se daba mediante cartas o llamados”. Tal vez la tarea más ardua de la radio en el entorno digital sea la fidelidad, la consuetudinaria acción de buscar la frecuencia en la que nos sentimos como en casa.

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Redacción Mayo

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