BIENESTAR

Lejos del ruido y ¿cerca de la paz interior?

martes, 25 de agosto de 2020 · 10:30

Una reciente encuesta de la Fundación Colsecor reveló que quienes habitan ciudades pequeñas o pueblos se sienten más satisfechos con la vida que llevan y menos interesados en migrar hacia grandes urbes o en irse del país. Como contrapartida, el éxodo desde Buenos Aires, Córdoba o Rosario hacia lugares menos poblados, cercanos o no, marca una tendencia que podría acentuarse en la post-pandemia.

Los habitantes de ciudades más chicas de la Argentina son menos proclives a mudarse, tanto a asentamientos urbanos más grandes como a otro país. Por otro lado y, contra lo que pudiera suponerse, son más desconfiados que los habitantes de las metrópolis.

Además, tienen una valoración algo más positiva tanto del Estado como del mercado que la de quienes viven en esas grandes ciudades. En resumen, quienes habitan en los pueblos más chicos parecen tener una visión más optimista de la vida en términos generales.

Todas estas conclusiones se desprenden del capítulo 3 de la Encuesta sobre Bienestar y calidad de vida en ciudades argentinas, que la Fundación Colsecor realizó entre los días 26 y 29 del mes de junio pasado.

Entre los puntos abordados en el sondeo –efectuado sobre un total de 1.525 casos– y tras consultas sobre tópicos como calidad de vida, educación, seguridad, salud y otros, se preguntó a los encuestados si elegirían migrar del lugar donde hoy residen hacia otras ciudades o el extranjero y qué condiciones o circunstancias pesarían más a la hora de tomar esa decisión.

Segmentados en cuatro estratos correspondientes a ciudades y pueblos de más de 100 mil habitantes, de entre 35 mil y 100 mil, de entre 10 mil y 35 mil, y de menos de 10 mil habitantes, los relevamientos se dividieron también en cuatro regiones: Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), Centro, Norte y Patagonia-Cuyo.

Más allá de algunas diferencias por edades y sexos, la encuesta arrojó que es desde el AMBA de donde la gente alega con más frecuencia que se mudaría, tanto hacia ciudades y pueblos del interior como a otros países si pudiera hacerlo. Sin embargo, hay cuestiones como la demanda de centros de salud especializados, la educación superior de calidad o la vida cultural que los habitantes de las grandes urbes valoran y pesan para no alejarse tanto en busca de otros destinos.

 

Fenómeno creciente

Cuando aún no estaban los resultados y conclusiones de la encuesta encargada por la Fundación Colsecor, buscamos la opinión de especialistas sobre los actuales procesos de migraciones internas en el país, tal como se reflejó en otro capítulo ya publicado de este informe.

Uno de los fenómenos o tendencias es el desplazamiento de habitantes de la capital de la Argentina hacia lo que algunos bautizaron como el “cuarto cordón” del Conurbano bonaerense. ¿Qué tan “nuevo” es ese proceso? ¿Entraña ese fenómeno también una migración del poder económico y político central de este país?

“Sin duda es un tipo de migración, inicialmente de estratos privilegiados, que en parte abandonaron los grandes centros urbanos en busca de otra vida. Desde la primera mitad del siglo 20, en un principio por razones vinculadas a la fiebre amarilla, esta población fue gradualmente optando por barrios residenciales suburbanos, en los bordes de la ciudad pero conectados a ella. Se mudaron a Recoleta, por ejemplo, pero estaban a pasos del microcentro, por lo que podían combinar el dormir en barrios homogéneos, tranquilos y verdes, con vidas sociales y profesionales activas y vertiginosas. Desde los ’90, esas características metropolitanas fueron cada vez perdiendo más valor, volviéndose preponderante un estilo de vida enfocado en la comodidad, la familia, la naturaleza y la espiritualidad. Los barrios cerrados surgen y se masifican a partir de esas prácticas y búsquedas; no como los causantes de ella sino como su resultado”.

Las respuestas textuales anteriores pertenecen al equipo que integran Luciana Trimano, Lucía de Abrantes y Ricardo Greene, quienes desde hace una década vienen trabajando sobre caracteres de “escenarios no-metropolitanos” que se han visto atravesados por transformaciones sociales, económicas, políticas e identitarias.

Trimano focaliza su trabajo en un grupo de pueblos rurales y ciudades pequeñas ubicadas en el valle de Traslasierra, de la provincia de Córdoba. De Abrantes aborda desde hace tiempo las peculiaridades de las ciudades balnearias y turísticas del Corredor Atlántico de la provincia de Buenos Aires, con Villa Gesell como caso de estudio. Greene, por su parte, tiene larga trayectoria de investigación en ciudades no metropolitanas de Chile, su país natal, en especial en Talca.

“Hablamos de discursos antiurbanos para referirnos a las muchas formas en las cuales se desprecian las grandes ciudades, resaltando cualidades negativas aparentemente propias de ellas, como contaminación, inseguridad, ritmos acelerados, anonimato, vidas agitadas, lazos sociales inestables e indiferencia”, afirman en bloque estos tres investigadores.

“Desde hace unas cuatro décadas, de hecho, en Argentina estos discursos comenzaron a tomar vuelo, logrando impulsar el despliegue de un conjunto de movimientos poblacionales desde la gran ciudad hacia distintas localidades, rurales y urbanas, de menor tamaño. No obstante, es en los últimos 20 años que ha comenzado a registrarse con mayor fuerza esta migración interna, que además, obedece a patrones diferentes a los que se venían analizando, es decir, a la clásica migración ciudad-campo”, explican los especialistas.

 

Mundo rural

El equipo de investigadores sociales da cuenta de un alto porcentaje de inmigrantes, oriundos en general de la metrópoli de Buenos Aires pero también de ciudades como Córdoba y Rosario –que son los tres centros urbanos más poblados de la Argentina y los puntos de mayor concentración de la actividad política, económica y cultural del país–, que comienzan a llegar a las comunas y los municipios y a interactuar, no sin conflictos, con la sociedad receptora.

“Hemos constatado que esta tendencia poblacional organizada a partir de cierto deseo de ‘retorno al mundo rural’, se va consolidando en distintos puntos de nuestros países, tanto en la Argentina como en Chile. Más allá de los escenarios en donde realizamos nuestros trabajos de campo, es importante advertir que situaciones similares se replican –con matices– en otras geografías. Esta influencia, además, tiene antecedentes históricos en versiones pioneras; muestra de ello es la migración metropolitana a la comarca de El Bolsón en la Patagonia Andina, la constitución de un segundo asentamiento de estas características en San Marcos Sierras, en la provincia de Córdoba, o el poblamiento de ciudades balnearias de las Costa Atlántica bonaerense”, sostienen Trimano, De Abrantes y Greene, marcando un fenómeno similar al que refleja la reciente encuesta de la Fundación Colsecor.

 

Del centro a las periferias

“Lo que venimos observando –alegan los investigadores– es que desde hace cuatro décadas estos escenarios periféricos han estado creciendo de manera acelerada. Como correlato, encontramos que las áreas metropolitanas mantienen un porcentaje de población relativamente estable; es decir, han desacelerado su crecimiento. En el caso de la Argentina, encontramos que la Ciudad de Buenos Aires mantiene su población estable desde el censo de 1947. Las periferias de esta ciudad capital –el llamado conurbano bonaerense– empezaron a crecer y consolidarse desde los años ’50. Aquí hay un primer movimiento hacia las periferias. Sin embargo, desde 1980 el Área Metropolitana de Buenos Aires (la ciudad capital y su conurbano) han desacelerado su crecimiento. Al mismo tiempo, algunos escenarios rurales y urbanos de pequeña y mediana escala de la provincia de Buenos Aires presentan un crecimiento intercensal de hasta el 50 por ciento. Los escenarios turísticos y aquellos incluidos en ciertas redes comerciales y productivas, presentan los mayores índices de crecimiento”.

Los parámetros de Buenos Aires se replican en otras provincias argentinas. “El caso de Córdoba, dentro del conjunto, resulta ser sumamente significativo. Al respecto, observamos que la Provincia en su totalidad ha crecido, entre 2001 y 2010, en un 7,89 por ciento. Sin embargo, su ciudad capital creció muy por debajo de este promedio provincial: en un 3,5 por ciento; es decir, menos de la mitad. El Gran Córdoba, por su parte, presentó, durante esa década, signos de un crecimiento considerable. Los departamentos que rodean a la ciudad capital han mostrado saldos intercensales de hasta el 32 por ciento, como es el caso del Departamento Colón, perteneciente a las Sierras Chicas, convirtiéndose en el que más ha crecido en el último decenio”, afirman Trimano, De Abrantes y Greene.

Según ellos, los territorios que se despliegan más allá del Área Metropolitana de Córdoba indican, también, un aumento de población muy por arriba de la media provincial. Es decir, la población capitalina no sólo se mueve a las periferias de la capital sino que ese desplazamiento se extiende mucho más allá. Además del Gran Córdoba, son los valles serranos turísticos los que más crecen en habitantes. “El Departamento San Alberto, por ejemplo, presenta un aumento intercensal del 14,23 por ciento. Dentro de este departamento, hay municipios que han crecido de manera exponencial –entre 2001 y 2010– como es el caso de Nono que lo hizo en un 170 por ciento. Mina Clavero, es una de las ciudades pequeñas que experimentó un aumento de población de un 37,62 por ciento. Finalmente, encontramos que también existen pueblos rurales más pequeños como el caso de Las Calles, con un aumento de población de más del 30 por ciento”.

 

Irse, pero no tanto

Hay quienes desean dejar las metrópolis pero aún prefieren escenarios más consolidados y urbanizados como las ciudades pequeñas o medianas (“salidas intermedias”, según los investigadores). Otros se ven atraídos por zonas más aisladas y rurales. “Más allá de las diferentes elecciones para afincarse y de las formas que asume dicha estrategia residencial o ‘proyecto de vida’, que siempre está determinado por la distancia física que la localidad de destino tiene con la metrópoli, es evidente cómo esta diversidad de movimientos residenciales aparece anudada a una narrativa antiurbana que motoriza el desplazamiento”, coinciden Trimano, De Abrantes y Greene.

A modo de conclusión, el equipo de expertos en migraciones internas que se han profundizado en lo que va del siglo 21 en esta parte del mundo deja una reflexión que actores políticos, sociales y empresariales deberían tener muy en cuenta. “Si bien estos movimientos residenciales podrían tener un impacto positivo en la descentralización demográfica del territorio argentino, resulta necesario que estos procesos se vean acompañados de una planificación ordenada, donde se consideren los componentes morfológicos, sociales, políticos y económicos de los territorios, para no seguir reproduciendo las incongruencias existentes entre los procesos de expansión metropolitana e imponiendo criterios de planificación urbana exógenos, a menudo contrarios a las necesidades intrínsecas de los municipios, comunas o poblados”.

A poco de recuperarse la democracia en Argentina, el entonces presidente Raúl Alfonsín planteó el proyecto de trasladar la capital del país a Viedma, para descentralizar el poder e impulsar desde allí un desarrollo más  armónico y federal entre las provincias que conforman esta nación. Numerosos intereses, dificultades y escollos hicieron inviable esa idea, que era calificada como poco menos que un delirio por quienes siempre gozaron de los beneficios de la concentración del poder en el puerto y su megalópolis.

Si es que la pandemia del Covid-19 profundizará las migraciones y el éxodo de las metrópolis al interior más profundo, como reflejan recientes consultas registradas por cámaras inmobiliarias y auguran algunos estudiosos, es de esperar que no se repitan viejos esquemas especulativos y descontroles y que esos “lugares en el mundo” que tantos anhelan se diseñen y construyan pensando en sociedades más incluyentes, menos desiguales y en armonía con un medio ambiente que no resiste más desdén ni degradación.

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