Conflicto en Medio Oriente

Jerusalén, la llave más preciada y el obstáculo más difícil

Con tres mil años de historia y la carga simbólica de tres las grandes religiones monoteístas, la ciudad fue uno de los puntos más álgidos de cualquier negociación entre israelíes y palestinos. ¿Podrá convertirse en la capital binacional de dos estados que convivan en paz? Por MarceloTaborda
miércoles, 16 de junio de 2021 · 09:41

Fotos Sub Cooperativa de fotógrafos

Recorrer el irregular dibujo de su trazado más profundo es una invitación permanente a perderse a sabiendas en espacio y tiempo. Sumergirse en sus calles o espiarla desde arriba de sus murallas es dejarse seducir por un ambiente único, singular. 

De noche, el silencio y la soledad dominan los rincones cargados de historia, que estallan de voces y colores durante el día, cuando el mercado se convierte en romería y las ofertas y el regateo son parte del menú que se ofrece a turistas y peregrinos de todas partes del mundo.

Una puerta trabajada en hierro en una callejuela apenas iluminada esconde vestigios del paso de los mamelucos por el lugar. De ello da cuenta a los desprevenidos Ahmed, quien se presenta y exhibe un carnet de periodista y pide a sus colegas llegados de Latinoamérica que expliquen que esta ciudad milenaria es también de ellos.

No muy lejos de allí, entre suelo y paredes sagradas para las tres grandes religiones monoteístas, el recorrido deja de tener como únicos testigos a las cámaras de vigilancia por las que las fuerzas de seguridad monitorean el lugar. El murmullo de los rezos en voz alta y los movimientos con que hombres por un lado y mujeres por otro acompañan sus plegarias no altera la atmósfera profunda que lo envuelve todo junto al Muro de los Lamentos. 

Si alzamos la vista emerge detrás, majestuosa y dorada, la cúpula del Domo de la Roca y la silueta de Al Aqsa, que dominan la contigua Explanada de las Mezquitas, el tercer lugar sagrado para el Islam después de La Meca y Medina, y parte de la postal más emblemática de la Ciudad Vieja.

No muy lejos del Muro donde dejan sus ruegos no sólo judíos, y de la Explanada (para los israelíes el Monte del Templo), donde se congregan a orar musulmanes, señales casi imperceptibles indican el camino hacia la Vía Dolorosa y la Iglesia del Santo Sepulcro, que visitan cada día miles de cristianos; practicantes o no.

Jerusalén resume en un radio similar al que ocupan las peatonales del microcentro de la ciudad Córdoba los simbolismos y la carga afectiva y religiosa de tres mil años de historia. Judíos, musulmanes y cristianos no pueden ser indiferentes ante sitios donde según cual sea su fe se encuentra la piedra fundamental con la que Dios creó al mundo, el lugar desde donde Mahoma ascendió a los cielos, o donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo; cerca de donde Jesús fue crucificado y donde al tercer día resucitó.

Las raíces de estos cultos monoteístas parecen entrelazarse en un origen común, en una convivencia por la que no hace mucho abogó con gestos y celebraciones ecuménicas e interreligiosas el papa Francisco.

 

Coexistir y convivir

Pero coexistencia no necesariamente significa convivencia pacífica y así como Jerusalén y su futuro pueden significar la llave que abra la puerta  hacia una salida negociada del conflicto, quizá también sean el último y mayor obstáculo a sortear para alcanzar una paz definitiva entre israelíes y palestinos.

“No estoy seguro de que haya convivencia entre musulmanes y hebreos. No estoy seguro de que haya convivencia  entre hebreos religiosos y hebreos laicos… Los palestinos que la habitan no son ciudadanos, son residentes…”, dice Meir Margalit activista por la paz y los derechos humanos, dirigente político del partido Meretz y quien fuera por dos períodos concejal del Ayuntamiento de Jerusalén, ciudad que es su lugar en el mundo.

En la entrevista por la plataforma de Google-Meet que es parte de este informe y que concedió a Redacción Mayo desde esa ciudad tres veces santa y milenaria, Meir aludió a la última escalada de enfrentamientos, ataques y bombardeos entre Israel y la Franja de Gaza que controla desde hace años el Hamas y otros movimientos y milicias radicales.

A pesar de que Israel considera a Jerusalén como su capital “eterna e indivisible” y de que los palestinos ven a la parte oriental, que incluye a la Ciudad Vieja, como capital de su demorado estado independiente, Margalit responde con un contundente “Sí” a la pregunta de si es factible una solución que conjugue dos posiciones que hoy lucen irreconciliables.

 

Pragmatismo

“Nosotros proponemos que la ciudad no sea dividida territorialmente, porque sería imposible; proponemos una división funcional. La parte oriental, como capital del futuro Estado palestino y la parte occidental seguiría siendo parte del Estado de Israel. Una misma ciudad unificada, capital de dos naciones”, explica el ex edil de Jerusalén reconociendo que “una capital binacional en el mundo no existe”.

Margalit aún cree que es factible persuadir a los sectores más renuentes a esta solución de una capital para dos estados, entre ellos la derecha y los nacionalistas religiosos en Israel. Y piensa en argumentos prácticos para convencerlos. 

La población palestina de Jerusalén, alega Meir, es hoy cercana al 42 por ciento y dentro de 10 años, por el mayor crecimiento demográfico que tiene con respecto a la israelí será amplia mayoría en Jerusalén. Y suma otro ingrediente: “El día en que los palestinos sean un 45 por ciento y nosotros, la izquierda, lleguemos al cinco o seis  por ciento y haya elecciones, ese día el alcalde de Jerusalén será palestino. Esto aterra a la derecha”, afirma este pacifista israelí nacido en la Argentina hace 69 años.

Meir, quien afirma que no podría hoy vivir en otro lugar que no fuera Jerusalén, sabe que el futuro de la ciudad será la clave para cualquier intento serio de reflotar un diálogo estancado en aras de una paz esquiva, a la que él –como muchos pese a todo– imagina aún posible.

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