Análisis

Lo que el magnicidio se llevó

El asesinato de Yitzhak Rabin, perpetrado hace casi 26 años por un extremista de la derecha israelí, descarriló un proceso negociador que ya nunca fue igual.
miércoles, 16 de junio de 2021 · 09:54

Fotos Sub Cooperativa de fotógrafos

 

“Yo quisiera firmar un acuerdo de paz con el príncipe de Mónaco y la reina de Holanda, pero la paz se firma con los enemigos y (Yasser) Arafat es el principal enemigo”. La frase, contundente, pertenece a quien por entonces, comienzos de los años 90, era el primer ministro de Israel, Yitzhak Rabin.

Nacido hace 99 años en una Jerusalén que era parte del Mandato Británico de Palestina, respetado y legitimado como combatiente y estratega en diferentes conflictos desde el nacimiento del Estado de Israel, el laborista Rabin fue quizá el gobernante de su país que dio los pasos más osados en aras de un entendimiento que quedó trágicamente trunco.

“Para Israel no hay camino sin dolor, pero el camino de la paz es preferible al camino de la guerra”, decía el entonces premier ante un público entusiasta, mayoritariamente de jóvenes que veían más esperanzados que nunca el inicio de una nueva era. No era para menos.

La Conferencia de Madrid, el Proceso de Oslo y la Declaración de Principios sellada con un histórico apretón de manos en los jardines de la Casa Blanca entre el propio Rabin, su canciller Shimon Peres y Arafat,  histórico líder palestino, bajo la atenta mirada del anfitrión Bill Clinton, parecieron marcar entre 1991 y 1993 un cambio de época en Medio Oriente. Más aún con la paz sellada por Israel con Jordania y con el establecimiento de la Autoridad Autónoma Palestina en Gaza y Jericó en 1994. Ese año, Rabin, Arafat y Peres recibirían el Nobel de la Paz.

La última canción

“Permítanme decir que estoy profundamente conmovido. Deseo agradecer a cada uno de Ustedes el haber venido hasta aquí para oponerse a la violencia y manifestar su apoyo a la paz. Este gobierno que tengo el privilegio de encabezar junto a mi amigo Shimon Peres decidió darle una oportunidad a la paz, una paz que solucionará todos los problemas de Israel”, dijo Rabin a una colmada plaza de Tel Aviv rebautizada tiempo después con su nombre.

Aquella noche del 4 de noviembre de 1995, después de entonar en el escenario del multitudinario acto la Canción de la Paz y cuando abandonaba el lugar con sus allegados, el viejo halcón convertido en paloma recibía las balas que a quemarropa le disparaba el joven extremista de la ultraderecha judía Yigal Amir. Fue un magnicidio que acabó con la vida de Rabin y causó al proceso de paz heridas que no ha podido cerrar. Antes de ser subido al auto en que lo trasladaron ensangrentado a un hospital alcanzó a preguntar por Leah, su esposa y compañera de toda la vida.

Fue esta mujer quien, desde el funeral de su marido hasta su propia muerte de cáncer cinco años después, interpeló y endilgó a los políticos de la derecha israelí haber propiciado con sus discursos de odio el desenlace trágico de aquella noche. “El tren de la paz ha de seguir, pase lo que pase, hasta la última estación”, insistió pese a todo en defensa del diálogo.

Entre los apuntados por Leah como instigadores estaba un intempestivo dirigente del partido Likud, Benjamin Netanyahu, quien apenas un año después del magnicidio se convertiría por primera vez en primer ministro israelí. La viuda no disimuló su malestar por el drástico viraje político que tomaba su país frente a la inconclusa paz con los palestinos. Y mientras criticaba a jefes de gobierno israelíes que desdeñaban el diálogo, ponderaba a la figura de Arafat como un amigo.

Sin “interlocutores”

El veterano y combativo líder, sin embargo, había dejado de ser para los gobernantes hebreos un “interlocutor válido” para negociar. Cuestionada en parte su autoridad por grupos más radicales que desde Gaza enfrentaban a su partido Al Fatah, y jaqueado y ninguneado  por Israel, Arafat se atrincheró en la Mukata, su cuartel en la ciudad cisjordana de Ramallah, hasta que su salud debilitada obligó a un estéril traslado para su mejor atención en Francia. Murió en 2004, también en noviembre, bajo el gobierno israelí de Ariel Sharon y en medio de una serie de versiones conspirativas todavía vigentes sobre las causas que deterioraron su salud.

Versiones conspirativas también hubo en torno al magnicidio de Rabin. Algunos las reflotaron cuando Amir, hoy con 51 años y condenado a prisión perpetua por el crimen, reclamó tiempo atrás un nuevo juicio y alegó que no fueron sus balas las que dieron muerte al premier.

En Ramallah, un Mahmoud Abbas debilitado políticamente y cuestionado en su poder desde la Franja de Gaza por Hamas tampoco es considerado hoy “interlocutor válido” por su contraparte en un proceso estancado.

Ya no están en este mundo ni Rabin, ni Leah, ni Arafat, ni Peres, ni Sharon. Sí Netanyahu. El mismo que hace 16 años afirmaba que “el apoyo de un Estado palestino equivale a ceder territorio a los terroristas islámicos radicales para atacar Israel”. El que hace 26 años hacía proselitismo acusando a Rabin de traición y de estar alejado de la tradición y los valores judíos. El que se instaló de nuevo en el poder en marzo de 2009 y al momento de escribirse estas líneas buscaba por todos los medios impedir que una coalición variopinta integrada por dos ex ministros suyos obtuviera los votos suficientes en la Kneset (Parlamento) para desalojarlo del sitio que ocupa desde hace más de una década.

 

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