LA GEOPOLITICA EN LOS CAMINOS

De Suez a Los Fantasmas del Roxy

La visión de Ferdinand de Lesseps está ligada tanto a la navegación, transporte y comercio internacional como a la política y economía. El viejo proyecto de Daniel Ortega de reflotar en Nicaragua un canal vía fluvial entre el Caribe y el Pacífico tuvo el mismo destino. Por Marcelo Taborda
miércoles, 21 de julio de 2021 · 07:00

Hay accidentes geográficos singulares, desfiladeros, estrechos, reservas naturales, paisajes o cursos de agua emblemáticos que a menudo son rebautizados con el nombre de quien los descubrió o, mejor dicho, de quien por vez primera registró su existencia ante quienes escriben la historia de la Humanidad. También están los que adoptan el apellido de aquellos que desafiaron sus riesgos o se aventuraron en lo desconocido, desde el Estrecho de Magallanes hasta el Mar de Bering.

Otros nombres se repiten ligados a emprendimientos en los que la acción humana se focaliza en sitios cuyo potencial se interviene para obtener beneficios estratégicos en el dominio de territorios, recursos o mercados. El de Ferdinand de Lesseps (o Fernando para quienes lo castellanizaron) emerge en la segunda mitad del siglo XIX ligado a por lo menos tres hitos para la navegación, el transporte y el comercio internacional: el Canal de Suez, el Istmo de Corinto y el Canal de Panamá.

La visión de este diplomático de carrera y empresario francés fue clave para el desarrollo de proyectos de envergadura que aún soy imprescindibles en los mercados mundiales. Pero los vaivenes de su historia tienen como correlato la euforia que lo situó en el pedestal de héroe nacional o el posterior repudio de quienes exigieron cárcel y otras condenas para él, su familia y para quienes, como el mismísimo Gustave Eiffel, trabajaron en sus proyectos.

La fama y gloria que ganó tras aprovechar el viejo Canal de los Faraones que unía el río Nilo con el Mar Rojo, en 1869, se desplomó cuando 20 años más tarde dio por fracasado el plan de una vía interoceánica sin esclusas en Panamá, a la que imaginaba como “el Bósforo” americano.

Los inversores franceses y, en menor medida, británicos que acompañaron su iniciativa en América le pasaron factura por sus quebrantos. Y las miles de muertes que la construcción del canal dejó en suelo egipcio parecieron sumarse a las que el cólera y la malaria sembró en suelo panameño junto al río Chagres. Las prolongadas y ventajosas concesiones que se proyectaban se transformaron en deudas impagables.

Economía y política se combinan inexorablemente en los pasos que cada actor de fuste ha dado, da y dará en el concierto de naciones. No fue casual que potencias como Estados Unidos encendieran luces de alarma cuando hace siete u ocho años Nicaragua anunció que reflotaba un viejo proyecto de canal marítimo (tan antiguo como el de Panamá), que a través de una vía fluvial uniría el Caribe con el Pacífico. La obra cruzaría el Istmo de Rivas y llegaría por río al Lago Cociboica o Nicaragua, el segundo más grande de Latinoamérica.

El proyecto sería ejecutado por una empresa de China, la potencia que disputa hoy a Washington la hegemonía global, y preveía una cesión de soberanía por 50 años, prorrogables por otros 50 más.

El costo –fijado en 25 mil millones de dólares (unas 25 veces el presupuesto anual nicaragüense)– y las presiones manifiestas e invisibles ejercidas desde el Norte sobre el cuestionado gobierno de Daniel Ortega terminaron por cancelar la iniciativa el 21 de febrero de 2018.

Como pudo constatarlo Lesseps en carne propia, los grandes proyectos requieren de mecenas privados y/o públicos, quienes en los tiempos actuales no parecen dispuestos a invertir si no es a cambio de asegurar jugosos negocios. El apellido del francés no da nombre a ninguna de esas vías en las que tuvo un papel clave. 

En cambio sí lo recuerdan una parada de la línea Verde del metro de Barcelona y la plaza que la Ciudad Condal le erigió en homenaje a su asistencia a los heridos y víctimas del bombardeo que Antonio Van Halen ordenó desde el Castillo de Montjuic en 1842, cuando el francés ejercía como cónsul de su país.

Sobre el solar escribió Joan Manuel Serrat, quien en Los Fantasmas del Roxy evoca a aquel “cine de reestreno preferente que iluminaba la Plaza Lesseps” y al que el “progreso” reemplazó por la agencia número 33 del Banco Central.

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