20 años del 11-S

Un “Nuevo Siglo” marcado por el terror y la guerra interminable

Estados Unidos respondió el atentado de las Torres Gemelas con bombardeos, invasiones y hasta operaciones secretas, que multiplicaron las víctimas. Dos décadas después, la caótica retirada de Afganistán y el regreso talibán marcan el fracaso de una hegemonía norteamericana. Por Marcelo Taborda
miércoles, 8 de septiembre de 2021 · 00:00

Las esperanzas de que el nuevo milenio alumbrara un mundo más equilibrado y multilateral, menos desigual y violento, se desmoronaron casi con la misma velocidad y estruendo que los edificios del World Trade Center. Entre las muchas preguntas sin respuesta que aún hoy abonan las tesis conspirativas en torno a la mañana del 11 septiembre de 2001 está la de cómo hubiera sido el gobierno de George Walker Bush, sin la conmoción mundial causada por los ataques atribuidos a Al Qaeda.

La llegada a la Casa Blanca del republicano se había gestado nueve meses antes tras un vidrioso recuento de votos que le dio el triunfo decisivo frente a Albert Gore en Florida, el estado que gobernaba su hermano Jeb. A la cuestionada legitimidad de origen de su mandato, el texano le sumó decisiones erráticas y un desconocimiento de la política internacional del que incluso se había preciado en campaña.

Su reacción en el momento en que le comunican que Estados Unidos era objeto del ataque más grave desde Pearl Harbor ha sido parodiada en varias películas y adquirió estatus de meme. Pero los Halcones neoconservadores que lo rodeaban –muchos exintegrantes de los gobiernos de su padre y de Ronald Reagan-  ya tenían redactado el guión para cambiar su imagen: convertirlo en un “presidente en guerra” y garantizarle, no cuatro, sino ocho años en el poder.

El “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano”, elaborado a fines de los ’90, llevaba las firmas, entre otros, del citado Jeb Bush, Lewis Libby, Dan Qayle, Richard Perle, el vicepresidente Dick Cheney, y los temibles ministro y viceministro de Defensa, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz. “Redibujar el orden internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses”, era el objetivo, pero se requería un elemento catalizador para justificar la puesta en marcha. Lo admitió el propio Wolfowitz, uno de los impulsores de la doctrina del “ataque preventivo”.

 

La historia oficial

Pero volvamos a la mañana de aquel martes de septiembre de 2001, cuando terroristas secuestraron cuatro aviones en una operación coordinada cuyos blancos eran las sedes del poder político, económico y militar de Estados Unidos. La historia oficial indica que el vuelo 11 de American Airlines fue el que se usó para el primero de los ataques, a las 8.46 en Manhattan. 17 minutos después, el vuelo 175 de United sería desviado para impactar en la otra torre. 

Media hora más tarde, con las Gemelas en llamas, se informaba que el vuelo 77 de American había terminado en Virginia, incrustado en un ala del Pentágono que estaba en refacciones. Pasadas las 10, trascendía que otro avión, el vuelo 93 de United, había caído en una zona rural de Pensilvania porque los pasajeros impidieron que los secuestradores lo condujeran contra el Capitolio.

Quienes descreen de las tesis oficiales cuestionan la falta de reacción para repeler los atentados, o apuntan a indicios de que lo del Pentágono no fue un avión sino un misil, o que el vuelo 93 fue derribado por cazas y no por la heroica intervención de viajeros que impidieron el cuarto ataque. Lo cierto es que casi 3.000 personas murieron al caer las torres en el Centro Mundial del Comercio, 184 en el Pentágono y al menos 40 en Pensilvania. 

 

Protagonismo saudí

Del mismo modo, también es irrefutable que 15 de los 19 secuestradores o terroristas suicidas de aquel 11 de septiembre eran ciudadanos saudíes.

Saudí, aunque disidente, era además Osama Bin Laden, el líder de la red Al Qaeda que días más tarde reivindicó los atentados desde algún lugar del Afganistán gobernado por el régimen talibán.

La posible relación de Arabia Saudita con los hechos acaecidos hace dos décadas es algo que familiares de las víctimas exigen que se aclare con la desclasificación de documentos secretos. Más de 1.800 firmantes tienen una petición dirigida al actual presidente, Joe Biden, reclamándole mantenerse al margen de los actos conmemorativos de la tragedia si antes no se hacen públicos esos informes.

La alianza estratégica, comercial y militar de Washington con la monarquía saudí fue reflejada por el cineasta y documentalista Michael Moore, quien en Fahrenheit 9/11 además aludió a vínculos entre las familias Bush y Bin Laden en el negocio del petróleo. 

“El wahabismo saudita, además de ser lo más misógino y retrógrado, conservador y primitivo que hay en el mundo oriental, ha sido uno de los principales suministradores de crudo desde la crisis del ’73 en adelante”, dijo a Redacción Mayo el geógrafo Pablo Sigismondi en la entrevista que es parte de este informe.

 

Enemigos íntimos

La curiosa dicotomía de mejor aliado y peor enemigo entre norteamericanos y saudíes no es la única en la trama del 11-S. Esa misma mañana de 2001, en las redacciones periodísticas de todo el mundo se repasaron antecedentes de Bin Laden, la red Al Qaeda y la milicia talibán, primeros apuntados como responsables del horror. Se reflotaron entonces las historias de los valerosos muyahidines a quienes Reagan recibió como “guerreros por la libertad”, que luchaban contra el invasor soviético en Afganistán. 

“Algunos dicen que el enojo de Bin Laden y su cambio de posición hacia Estados Unidos se produjo cuando en la Segunda Guerra del Golfo,  tropas norteamericanas se establecieron en Arabia Saudita, considerada la cuna del Islam”, explicó Sigismondi.

Este geógrafo cordobés también repasó el papel funcional de aliado y enemigo que jugó el Irak de Saddam Hussein, usado durante años por Washington “para frenar la expansión del régimen teocrático chiíta iraní” y convertido en el segundo blanco ostensible al que Bush hijo y sus halcones apuntaron los misiles de la represalia.

La caja de Pandora abierta en la mañana del 11-S no ha cesado de esparcir sus males. Al estupor que provocaron las imágenes de destrucción y guerra llevadas al centro mismo del poder global le siguieron otras tragedias impuestas como castigo a pueblos enteros.

El Bush dubitativo de los primeros meses se paró sobre los escombros  de las Gemelas y prometió ir a buscar a los responsables en cada rincón del planeta. Diez días después de los ataques dijo ante el Congreso que en el mundo “o se está con Estados Unidos o con los terroristas”. A la operación “Libertad Duradera” con que se bautizó la invasión de octubre de 2001 a Afganistán le sobraba quórum.

Entre quienes oían esas proclamas bélicas estaba el actual gobernante norteamericano Joe Biden, entonces presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, quien avaló esa guerra incipiente y la que se iniciaría en marzo de 2003 contra Irak.

 

Los muertos de la réplica

A las víctimas directas del 11-S en su territorio, Estados Unidos podría sumar más de 2.500 soldados muertos y 20 mil heridos en suelo afgano, o las 4.500 bajas propias tras bombardear e invadir Irak, para neutralizar las armas de destrucción masiva que nunca existieron.

Claro que en Afganistán también deberían contabilizarse los decesos de 450 soldados británicos, 60 mil soldados afganos y más de 120 mil civiles que constan en registros oficiales de defunciones y que otras fuentes elevan de manera significativa. Miles de vidas perdidas “sólo por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado”, tal como le dijo a Redacción Mayo la ingeniera agrónoma cordobesa Analía Ramos, a días de regresar de ese país asiático donde fue cooperante internacional durante casi 10 años.

La estela letal en Irak es aún más espeluznante. Los 30 mil muertos que reconociera en su momento la Administración Bush están muy lejos de los entre 150 mil y 500 mil de otros recuentos. En 2006 la revista médica británica The Lancet, tan mencionada en tiempos de pandemia, cifró en 655 mil las muertes adicionales causadas por la destrucción de la infraestructura sanitaria del país.

A todo lo anterior habría que añadir las víctimas que dejó el Estado Islámico, grupo que en 2014 estableció su “califato” entre Irak y Siria y reclutó a través de Internet lobos solitarios en diversos puntos del planeta. El germen fundamentalista halló suelo fértil en un país devastado por las bombas con que Estados Unidos y sus aliados prometían sembrar democracia. La rama iraquí de Al Qaeda, devenida en Ejército Islámico de Irak y el Levante precedieron al ISIS y sus diversas vertientes.

El entonces presidente egipcio Hosni Mubarak había advertido que la destrucción de Irak a partir de una guerra ilegal haría nacer no uno, sino 100 nuevos Bin Laden.

 

Oscuridades

Lo que sí florecieron en esos años de ocupación iraquí fueron los negocios ingentes de reconstruir lo destruido. Una tarea que asumieron empresas ligadas con el negocio petrolero como Halliburton, en la que Cheney o Rumsfeld tenían mucho que ver y ganar. Las revelaciones de WikiLeaks terminaron de desnudar el terror de algunos métodos usados para combatir el terror. 

“En los pasillos oscuros de Abu Ghraib y las celdas de detención de Guantánamo hemos comprometido nuestros valores más preciados”, proclamaba en 2007 el candidato Barack Obama. Al llegar al poder emitió una orden ejecutiva que bajó de 245 a 41 los presos sin ley ni garantías alojados en la base estadounidense en Cuba. Pero Guantánamo no se cerró como había prometido.

Tampoco retiró del todo las tropas de Afganistán, ni siquiera luego de que el 2 de mayo de 2011 anunciara que comandos especiales habían asesinado a Bin Laden en su escondite paquistaní de Abottabad.

Recién en febrero del año pasado en Doha, el gobierno de Donald Trump acordó un plan de retirada de suelo afgano en 14 meses. Los artífices del pacto fueron el ex director de la CIA y entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, y la cúpula talibán. Hubo sugestiva ausencia de representantes de Ashraf Ghani,  último de los gobernantes funcionales que Occidente instaló en Kabul con la ocupación y quien dijo que huyó del país para evitar un baño de sangre. 

En pocos días los talibanes tomaron la capital y recuperaron el poder perdido 20 años atrás. Las escenas de Kabul, con su aeropuerto colapsado de gente que pugnaba por subirse a los aviones de evacuación, parecieron retroceder los relojes a 2001.

Biden, el senador que aplaudió las ofensivas de Bush, el que fue ocho años vicepresidente de Obama, el que mantuvo el plan de retirada de Trump, rechazó las críticas y dijo que su país fue a Afganistán no a construir una democracia sino a impedir que volviera a dar cobijo a terroristas y enemigos de Estados Unidos. “Sólo había una opción: salir del país o una escalada militar. No hay nada que a Rusia y China les gustaría más que ver a Estados Unidos enterrado en otra guerra en Afganistán”, dijo el actual gobernante, como anunciando el final de la guerra más larga. 

Otro ex director de la CIA, el general David Petraeus, afirma sin embargo que “la lucha contra el terror durará generaciones”. Es decir, un conflicto sin plazos ni fronteras. 

A 20 años de aquella funesta mañana del 11 septiembre de 2001, podría decirse que el “nuevo siglo” alumbró más terror y una guerra interminable.

 

Crédito fotográfico a Andrea Booher, Dominio Público, vía Wikimedia Commons

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