Elecciones con alto impacto regional

Brasil y dos perfiles opuestos para afrontar la pospandemia

Luiz Inácio Lula da Silva, favorito en los sondeos, y Jair Messias Bolsonaro, aferrado a su cargo de gobernante, miran los comicios del 2 de octubre. Una fuerte polarización, enmarcada por el Covid-19, precede la pelea que los fallos judiciales, hoy anulados, impidieron en 2018. Por Marcelo Taborda
miércoles, 9 de febrero de 2022 · 00:00

“Quiero aprovechar, mientras Dios me dé vida, mientras tenga energía, fuerza en mi garganta y en mis piernas, para luchar por un mundo más humano en el que todos tengan lo elemental. Eso me da ganas de pelear, me hace ser joven. Parece que tengo 76, pero tengo la energía de los 30 años”. Así hablaba Luiz Inácio Lula da Silva en un reportaje que el diario español El País publicó a fines de noviembre pasado, dando por sentada una candidatura, la sexta suya para una elección presidencial, a la que sólo le falta la confirmación formal y la proclamación pública de su Partido de los Trabajadores (PT).

En realidad, la posibilidad de un intento de regreso de Lula al presidencial Palacio del Planalto, en Brasilia, había tomado cuerpo a inicios de noviembre de 2019. Fue cuando el Supremo Tribunal Federal (STF), máxima instancia judicial de Brasil, luego de 580 días, puso fin a la pena de prisión impuesta en Curitiba por el entonces juez, luego ministro y ahora también candidato presidencial Sérgio Moro. Desde la anulación de sus condenas, las consignas de “Lula libre” dieron paso a las de “Lula vuelve”.

El STF consideraría además que el proceder de Moro estuvo cargado de irregularidades y que sus sentencias y condenas contra Lula fueron sesgadas o parciales. Así, la famosa Operación Lava Jato que había convertido al magistrado en paradigma mediático continental de una “Justicia anticorrupción”, pareció encajar en el concepto de “lawfare”, la guerra o manipulación mediático-judicial ideada para sacar del juego a determinados actores políticos.

 

Ideas bajo encierro

Lula nació el 27 de octubre de 1945 en Caeté, un pequeño pueblo pernambucano y, como tantos migrantes internos de Brasil, se radicó con su madre y sus hermanos en el cinturón industrial paulista, donde se hizo sindicalista y comenzó su carrera política que lo llevó a la presidencia de Brasil durante dos mandatos. En abril de 2018, cuando lideraba también las encuestas de intención de voto, el carismático líder fue encarcelado. Meses después, otro fallo judicial lo apartó definitivamente de la carrera presidencial y le allanó el camino al Planalto al excéntrico ex capitán Jair Messias Bolsonaro, un reivindicador de la dictadura. Hace menos de dos semanas, un tribunal de Brasilia archivó la causa por el triplex de Guarujá, por la cual Lula fue preso.

Maquillado electoralmente como un outsider de la política, pese a que deambulaba desde hacía tres décadas como legislador en el Congreso, y sin partido propio, pero con el apoyo de votantes del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) -las otras grandes fuerzas políticas junto al PT-, el “Mito” venció en segunda vuelta al petista Fernando Haddad y lo que meses antes parecía imposible se hizo realidad.

Para buena parte del establishment económico y político se trató, más que de apoyar a un personaje como Bolsonaro y su deplorable retórica, de derrotar al PT y terminar de consumar el cambio de época propiciado con el impeachment a Dilma Rousseff. Aquél fue un juicio político de vidriosa fundamentación inicial al que lo ocurrido después, con la asunción del vicepresidente Michel Temer y los fallos de una Justicia selectiva, quitó la máscara de “salida institucional” con que disimuló un “golpe blando”.

Antes de asumir el poder, el 1° de enero de 2019, Bolsonaro tentó al juez estrella del Lava Jato con un lugar en su futuro gabinete. Y Sérgio Moro aceptó convertirse en ministro de Justicia y Seguridad de quien, entre otras cosas, se había beneficiado electoralmente con las sentencias y acciones del magistrado en contra de su principal rival político. 

A las apariencias de lawfare le faltaban aún las pruebas contundentes que el periodista Glenn Greenwald recogió en el sitio The Intercept, donde divulgó los manejos irregulares de Moro y el fiscal Deltan Dallagnol para encausar, condenar y encarcelar a quien gobernó Brasil entre el 1° de enero de 2003 e igual fecha de 2011. La figura impoluta del magistrado comenzó a desdibujarse y la de Bolsonaro, a perder apoyos de anti-PT no tan radicalizados que contribuyeron a su triunfo.

Sería sin embargo la pandemia, con sus consecuencias letales, la que desnudaría al mandatario ultraderechista en una dimensión que nunca ocultó pero muchos prefirieron no ver. Con la misma impunidad con la que le dedicó su voto a favor del juicio contra Dilma Rousseff al militar que la había torturado cuando joven, Bolsonaro desdeñó la gravedad del Covid-19 y la calificó de “gripezinha”.

“No sirve de nada huir de eso, huir de la realidad. Hay que dejar de ser un país de maricas… tenemos que enfrentarnos al virus a pecho descubierto, luchar”, sostuvo, férreo opositor a todo tipo de restricciones y medidas de protección sanitaria. 

 

El virus y otros estragos 

Hoy los números de la economía y las desigualdades sociales potenciadas por la pandemia muestran una involución hacia etapas que se consideraban superadas. Y las cerca de 635 mil muertes oficialmente computadas hasta ahora (podrían ser muchas más, según otras estimaciones) convierten a Brasil en el segundo país del mundo con más víctimas fatales por Covid.

Sin embargo, como le dijo a Redacción Mayo el ex rector de la Universidad Nacional de Córdoba Francisco Tamarit, no sólo en salud o economía sino también en educación “la herencia de estos años será terrible”(leer aquí el diálogo completo).

Muchos de quienes apoyaron a Bolsonaro en 2018 han tomado distancia de él en las últimas semanas y parece claro que sólo sus pactos con los partidos y parlamentarios del llamado “Centrao” impidieron que se habilite su impeachment, pese a las decenas de pedidos presentados contra el gobernante.

En aquella bancada de las “Tres B” (Bala, Buey y Biblia, que representa a los sectores castrenses, de los agronegocios y los evangélicos) que lo avaló ya hay señales que inquietan al mandatario que busca la reelección e intenta, con nuevas arengas, fidelizar a su núcleo más duro.

 

Tendiendo puentes

Jefes militares en retiro y en actividad afirmaron que harán la venia y se cuadrarán ante el presidente que surja de las urnas, aun si fuera un político de izquierda. La frase, por demás lógica, no era sin embargo tan natural cierto tiempo atrás, entre quienes amenazaban con no entregar el poder en caso de una derrota que denunciarían como “fraude”.

A su vez, entre los líderes religiosos de las iglesias pentecostales, sólo los más ultraconservadores ligados a Bolsonaro mantienen a rajatabla la demonización de la izquierda, el PT y sus dirigentes más visibles.

Además, Lula, reconocido por su capacidad de articular coaliciones o frentes donde conviven los sectores y discursos más diversos, hace rato que ha comenzado a tender puentes. “Tengo que hacer una alianza, porque lo importante no es solamente ganar las elecciones: es poder gobernar”, le dijo el ex tornero mecánico a El País.

Es público que hubo conversaciones con el ex presidente y ex líder del PSDB, Fernando Henrique Cardoso (con quien perdió dos elecciones en primera vuelta) y es posible que uno de los apuntados por Lula para esa “alianza” sea el ex gobernador de San Pablo Geraldo Alckmin. También ex titular del PSDB y de perfil ultraconservador en lo social, Alckmin fue derrotado por Lula en el balotaje de 2006 y quedó por debajo del 5% en el primer turno de 2018.

La pregunta es si después de la traición que Dilma Rousseff sufrió cuando fue destituida por parte de su compañero de fórmula, Michel Temer (viejo caudillo del PMDB), Lula se animará a confiar a un vice de otro partido que estuvo en las antípodas e, incluso, impulsó la salida del PT del poder.

Para la politóloga brasileña Verena Hitner Barros esa posible alianza se inscribe en el actual escenario de profunda polarización. En diálogo con Redacción Mayo (aquí, la entrevista completa), Verena diferenció a Lula de cualquier otro dirigente y opinó que el PT, sin él, no tendría ninguna chance de ganar las elecciones de octubre.

 

Sin “terceras vías”

Si las encuestas no fallan y el escenario político no cambia con algún hecho drástico o inesperado, la contienda de octubre será entre dos hombres fuertes que expresan dos modelos bien diferentes.

Con Moro desprestigiado y reducida su intención de voto a menos del 10%; con el empresario y gobernador actual de San Pablo, Joao Doria (PSDB), sin tomar altura en la centroderecha, y otras opciones, como el centroizquierdista Ciro Gomes, aún más atrás, la mentada “tercera vía” no tiene locomotora ni maquinista a la vista.

Para muchos, dentro de ocho meses se verá la pelea que no se pudo dar cuatro años antes. Sin embargo, los analistas que dialogaron con Redacción Mayo desde Brasilia se muestran más preocupados por el futuro inmediato del país y el paisaje de tierra arrasada que, al estilo de su admirado Donald Trump, podría intentar dejar Bolsonaro si se ve acorralado y en retirada. Eso inquieta hoy más que el resultado de las elecciones que, descuentan, no ratificará el rumbo del desbocado militar.

 

¿20 años no es nada?

Pocos lo hubieran imaginado cuando hace más de 11 años dejó la presidencia con altísima popularidad, pero Lula está en el umbral de un nuevo intento. Supo perder tres veces: una, ante Fernando Collor de Mello, en 1989, y dos con Cardoso, en 1994 y 1998. Ganó la presidencia ante José Serra en 2002 y la reelección ante Alckmin en 2006. Y fue clave para que Dilma, a quien ungió como candidata del PT, venciera en los comicios de 2010 y 2014. Tras su proscripción en 2018, puede tener revancha en octubre.

Hay quienes sugieren que, pase lo que pase, se requerirán 20 años para volver a situar a Brasil donde estaba antes de Bolsonaro y el Covid-19.

“Tengo que volver para recuperar el prestigio internacional de Brasil y que el pueblo pueda comer tres veces al día”, alega ahora Lula. 

La frase tiene dramáticas reminiscencias con otra que dijo en 2002, hace casi 20 años. “Si al final de mi mandato, cada brasileño puede comer tres veces al día, habré cumplido la misión de mi vida”, había pronunciado el líder del PT ante los periodistas extranjeros que viajamos a cubrir las elecciones que lo convirtieron en presidente.

“La esperanza vence al miedo”, había sido su slogan de campaña. Es la misma frase que en diciembre pasado usó en Chile el presidente electo, Gabriel Boric, quien dijo que espera y confía en el regreso de Lula al poder para abrir una nueva era en el continente.

¿Será el viejo líder sindical de 76 años, con energía de 30, el que recorra otra vez victorioso la rampa del Planalto en el primer día de 2023?

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