Una aldea nunca global

El remanido vicio de usar al migrante como chivo expiatorio

Partidos de ultraderecha o de derecha no disimulan el empleo de viejos clichés que demonizan a los extranjeros como responsables directos o indirectos de desempleo, pobreza o inseguridad. Esta práctica y sus relatos, extendidos en Europa, tienen sus émulos y cultores en América del Norte y del Sur. Un fenómeno que se retroalimenta con las crisis. Por Marcelo Taborda

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Marcelo Taborda Marcelo Taborda 28-11-2022

Benicio acababa de dar una brillante explicación sobre los derechos que asisten a quienes se ven forzados por diferentes circunstancias a abandonar sus lugares de origen e intentan rearmar su vida en otras tierras. Se remitió en sus citas al Preámbulo de la Constitución Nacional, aludió a la Declaración Universal de Derechos Humanos, repasó cifras actualizadas por la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y, apoyado en estadísticas de diversas fuentes, desmintió las noticias falsas que adjudican a extranjeros cifras de crímenes y delitos que no se condicen con la realidad.

Cuando estaba a punto de cerrar su brillante exposición de primer año en Formación Ética y Ciudadana en un prestigioso colegio secundario de la ciudad de Córdoba, Benicio miró al profesor y preguntó si podía agregar una reflexión personal sobre el tema, a lo que el docente accedió más que satisfecho e interesado. “Me parece muy bien que se respeten los derechos de migrantes en todo el mundo, pero no estoy tan de acuerdo con que cualquier extranjero llegue a la Argentina y pueda atenderse gratis en sus hospitales, con lo que sale la Salud, o que los de afuera le saquen el trabajo a quienes son de acá….”

Los minutos que siguieron en la clase fueron exiguos para intentar deconstruir preconceptos o refutar remanidos clichés que traspasan fronteras con mucha más facilidad que las personas y para demostrar que la historia de criminalizar a extranjeros o convertir a las y los inmigrantes en chivos expiatorios de casi todos los males de una sociedad es una receta muy vieja de las derechas autoritarias. Posturas ultraconservadoras que hoy ganan espacio con discursos xenófobos y mensajes de odio que se fogonean desde ciertos liderazgos políticos y se esparcen o multiplican a través de las redes sociales.

Algo emparenta a los supremacistas blancos y los extremistas conservadores que se encolumnaron detrás de Donald Trump y su eslogan de “Hagamos de nuevo grande a Estados Unidos” con los obtusos partidarios del ex capitán Jair Messias Bolsonaro y su culto chauvinista del verde y amarillo, sus fakes news, y sus mensajes que mezclan arengas de cuartel de los años  '60 con impostaciones místicas de pastores muy espirituales en su declamación pero extremadamente mundanos en su recaudación.

Sin ponerse colorados

Cada vez con menos pudor hay quienes repiten consignas destinadas a cercenar derechos o marcar diferencias en perjuicio de minorías. Cada vez con más repercusión suenan mensajes que alimentan odios o reivindican pasados violentos que para ellos fueron “mejores”. Y sus argumentos prenden en sectores impensados, como jóvenes que se asoman a la política o sectores precarizados que casi seguramente sufrirán las consecuencias de un eventual triunfo de esas posturas.

A José Antonio Kast, confeso admirador de Augusto Pinochet y su dictadura de casi 17 años, no le alcanzó para llegar a la presidencia de Chile en el balotaje que perdió claramente frente al joven Gabriel Boric. Pero las diatribas xenófobas contra los inmigrantes venezolanos en el norte o contra el pueblo mapuche en el sur contribuyeron al triunfo del Rechazo a una nueva Constitución, con la que debían cerrarse las heridas del estallido social de fines de 2019.

Claro que es en Estados Unidos y, sobre todo, en Europa donde los mensajes de la ultraderecha contagian a las derechas e incluso a las centroderechas a la hora de agitar aguas en este mundo que no acabó de salir de la pandemia para sumergirse en otra guerra.

A las ya instaladas performances electorales de los ultraderechistas franceses que en su momento aglutinara Jean Marie Le Pen y su Frente Nacional, se sumó este año un nuevo intento fallido de su hija, Marine Le Pen, en el balotaje contra el actual presidente Emmanuel Macron. El Lepenismo de padre e hija no ha llegado al Palacio del Elíseo pero los votos que recogen sus candidatos instalan en la agenda política gala cuestiones que parecían superadas.

Lo paradójico, o no tanto,  es que muchos adeptos de las fuerzas que rechazan la llegada de migrantes habitan la periferia de París u otras grandes urbes galas; están en las Banlieues en muchos casos sobrepobladas de descendientes de quienes llegaron desde países africanos que fueron colonias francesas.

¿Vox populi?

Con menos adhesión electoral que sus colegas galos, pero con fuerte difusión mediática, la irrupción de Vox en España y sus planteos extremos corrieron un poco más a la derecha a las posiciones del conservador Partido Popular, con el que los ultras se han aliado en diferentes distritos y ocasiones, fortaleciendo la idea de una suerte de neofranquismo  que pugna por volver a La Moncloa.

Vox agita el estigma de los extranjeros que, según esta facción política radicalizada, llegan a España a aprovecharse de las políticas sociales y de ayuda que el Estado no les brinda a los nacidos en el propio suelo español. La ola xenófoba se agiganta por cierto ante la comisión de algún delito por parte de inmigrantes y se hizo mayor tras atentados atribuidos a yihadistas afincados en España pero provenientes de naciones que padecen ancestrales contiendas bélicas o sociales.

Dobles varas

La desconfianza y el rechazo aún vigentes ante migrantes que escapaban de las guerras de Afganistán, Irak, Siria o Yemen, contrastaron con la encomiable solidaridad que recibieron de la Unión Europea aquellos que pugnaban y aún luchan por escapar de la guerra iniciada tras la invasión rusa a Ucrania de febrero pasado.

Es cierto que en la incompleta enumeración del auge de Ejecutivos o políticos derechistas aún no se ha mencionado a países como Hungría, Austria, Bulgaria o Polonia. Pero es llamativo el doble rasero de la UE que abrazó plausiblemente a mujeres y niños que huían de Ucrania, pese a que hace un par de años cerraba sus puertos y puertas a quienes se aventuraban a cruzar el Mediterráneo en busca de otra vida en el Viejo Continente, o imponía a Turquía un papel de tapón de extranjeros, bajo la promesa de agilizar sus trámites para integrar el selecto club de “Los 27” de la Unión.

Ankara haría el trabajo sucio mientras los perfiles de las redes sociales de Occidente se inundarían de fotos con la imagen inerte en una playa del pequeño Aylan Kurdi, quien escapó de las bombas y el Estado Islámico que avanzaba en suelo sirio pero murió en el naufragio que también se cobró la vida de su madre y un hermano. Con todos ellos, su padre pensaba llegar a Canadá como asilado.

Los espasmos de empatía y solidaridad social que cada tanto generan tragedias  humanitarias contrastan con la insidiosa propaganda de una intolerancia que hace ganar elecciones o casi…

El ejemplo más reciente es el de Georgia Meloni, convertida en la primera mujer en encabezar un gobierno en Italia. Integrante del movimiento político que heredó las ideas de Benito Mussolini, Meloni hizo frente común con el incombustible ex premier y empresario Silvio Berlusconi y con el separatista racista del norte de la península Matteo Salvini.

Habrá que ver si la verborragia preelectoral de la primera ministra se morigera en el poder o ha llegado para quedarse en la península.

Culpados y culpables

Mientras, la crisis derivada de los daños colaterales de la guerra en Ucrania, con suba de precios de alimentos, de la energía y el gas, porcentajes inusuales de inflación, y la incidencia de todo ello en un frío invierno que ya está en el umbral, acentúa descontentos y acelera la siempre trillada búsqueda de responsables de todos los males.

Así, con un mensaje y planteos reaccionarios crecieron las derechas en Países Bajos o Alemania y en naciones que han sido históricamente cobijo de inmigrantes como Suecia.

“En las últimas décadas Suecia ha tenido una política de inmigración amplia, aumentando la proporción de no nativos en la población general. A su vez ha habido un aumento paulatino en la criminalidad y violencia y en la proporción relativa de no nativos envueltos en esos delitos. Estos factores resultaron en una preocupación general y deseos de cambio de políticas inmigratorias y mayor penalización de esos delitos”, le dijo a Redacción Mayo Gabriela Chiabrando, abogada y docente cordobesa que reside con su familia en las afueras de Estocolmo desde hace unas dos décadas. 

“En las últimas elecciones esto se vio reflejado en el incremento de votos para partidos que promueven limitación inmigratoria. Tradicionalmente partidos de izquierda y los salientes socialdemócratas promueven mantener el status quo. Mientras que partidos de centro como los Moderados, el Partido de Centro, Demócratas Cristianos y Liberales, y principalmente el partido de derecha Suecia Democrática planean limitarla”, explicó Gabriela. 

“Como ningún partido tiene votos suficientes para formar gobierno, se crean alianzas de bloques. Los partidos de centro formaron alianza con Suecia Democrática para formar gobierno, con la condición de que este último, a pesar de haber obtenido el mayor número de votos en el bloque, no participara del Ejecutivo (no tienen ministros) pero sí apoyara la alianza en el Parlamento. Es de remarcar que, más allá de estas alianzas, Suecia seguirá teniendo un esquema socialista del cual ningún partido promueve cambios drásticos”, indicó Chiabrando.

Por su lado, el documentalista y fotoperiodista cordobés radicado en Catalunya, Pablo Tosco, resaltó las contradicciones que rodean al discurso anti-inmigrante de las ultraderechas europeas, entre ellas Vox.

“Ahora Vox y también muchas veces el Partido Popular estigmatizan no sólo a migrantes sino que con su relato falso indican que las ayudas que actualmente brinda el Estado son mayores para los inmigrantes y menores para los españoles, como una forma de cargar contra el actual gobierno de coalición entre el Psoe y Unidas Podemos”, afirmó Tosco en comunicación telefónica con Redacción Mayo desde Mali, uno de los tantos lugares del continente africano que aún vive las tensiones y enfrentamientos que entraña su complejo proceso de descolonización.

“Esto es un relato extendido como el de que `los migrantes nos quitan el trabajo'. Pero no se habla de los trabajadores rurales africanos que llegan a España ni de cómo ellos con su trabajo levantan la economía, por ejemplo, de la región de Andalucía, donde Vox ganó las últimas dos elecciones”,  sostiene Pablo, al tiempo que remarca las responsabilidades directas de países de Europa en la inestabilidad y conflictos de la región del Sahel.

Tosco, ganador del prestigioso premio World Press Photo 2021 en Temas Contemporáneos por una de sus miradas sobre la guerra en Yemen recordó que “países como Senegal, Chad, Níger, Mauritania, Burkina Faso y Mali, entre otros, son ex colonias de naciones europeas como Francia. Y quienes tienen hoy la gestión de esos países siguen siendo una elite sostenida por Europa”.

“Cada tanto regresa cierto discurso progresista de invertir más en África y mejorar sus infraestructuras y lograr así que no haya tantas personas con la intención de abandonar este continente. Sin embargo, las inversiones han sido solo para medidas de securitización. Los controles fronterizos han bajado más al sur y eso no resolvió para nada el problema”, concluyó el documentalista que ha retratado con agudeza y mucha sensibilidad diferentes tragedias humanitarias.  

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Redacción Mayo

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