Perfiles latinoamericanos

Gabriel García Márquez y la soledad de América latina

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27-04-2021
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Hace siete años, en abril de 2014, moría el escritor colombiano autor de “Cien años de soledad”, una de las novelas más celebradas de la historia y cumple de la corriente llamada “realismo mágico”. Su figura representó al subcontinente, como quedó explícito cuando recibió el premio Nobel en 1982.

Es posible que la primera vez que tuvieron frente a sus ojos las páginas de “Cien años de soledad”, muchos lectores se hayan hundido en la madrugada hasta desembocar en el amanecer sin poder salir de la fascinación frente a un libro que no sólo contaba una historia extraordinaria, asombrosa y atrapante, sino que era una de las mayores proezas en el arte de contar.

Ese inmenso artista del arte de contar era Gabriel García Márquez, y asombraría al mundo en 1967 con la aparición de esa novela (la primera edición se publicó en Argentina por editorial Sudamericana) de la que, entre tantos otros elogios que despertó, diría el poeta chileno Pablo Neruda: “Es la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote”.

Era la coronación del propio autor que había comenzado a anunciar su genialidad con las novelas y los cuentos que le precedieron, pero no sólo era una victoria personal sino también colectiva: era la llegada a la cúspide de la corriente literaria llamada “realismo mágico” y en la que militaba una legión de extraordinarios narradores.

El movimiento tenía raíz y vuelo latinoamericano. Y no sólo vino a mostrar toda la potencia y la imaginación de los escritores de nuestro subcontinente, sino a llamar la atención sobre la especial manera de vivir y mirar la realidad que había fecundado en esta parte del mundo.

Unos años antes, el cubano Alejo Carpentier había advertido sobre “lo real maravilloso” que florecía en estas tierras “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?”, decía en la introducción de su libro “El reino de este mundo” (1949).

El éxito de la obra de García Márquez hizo más visible la intensidad, la creatividad y la fuerza de la literatura de la región. Fueron entonces los días del llamado “boom latinoamericano”, cuando escritores y editores desembarcaron en Europa con paso de fenómeno.

García Márquez y su figura pública no dejarían de sostener nunca esa representación de América latina, no sólo en el sentido literario. También venía a dar cuenta de los dolores y las esperanzas de un continente sometido, así como de la ignorancia y prejuicios conque la veían los ojos del viejo mundo.

El escritor colombiano nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, el pueblo que le inspiró una de las mayores invenciones imaginarias: Macondo. Pasó su infancia junto a sus abuelos, fascinado por el paisaje cotidiano del lugar, las historias y las fábulas que le contaban sus abuelos, el coronel Nicolás Márquez, sobreviviente de guerras civiles en el siglo 19, y Tranquilina Iguarán. Lo mágico ya estaba tendido sobre la realidad.

Cuando tenía nueve años se mudó con sus padres al puerto fluvial de Sucre, para luego marchar a cursar el secundario al Liceo de Zipaquirá, yendo y viniendo por el río Magdalena. “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió en la cabeza esa vaina de que yo escribiera”, fue la dedicatoria impresa en su primer libro, "La Hojarasca" (1955).

La hora del Nobel

Marcharía después a Bogotá para estudiar abogacía, pero la literatura y el periodismo, al que se asomó a través de diarios como El Espectador, fueron ocupando todos los casilleros de sus pasiones. También pasaría una larga estadía en Europa, donde fue un corresponsal al que, como antes, nunca le sobraban billetes en el bolsillo.

El momento de su historia más apuntado por los reflectores llegaría en octubre de 1982, cuando la Academia Sueca lo señaló con el Premio Nobel de Literatura. “Yo tengo la impresión de que al darme el premio han tenido en cuenta la literatura del subcontinente y me han otorgado como una forma de adjudicación de la totalidad de esta literatura”, dijo.

El día en que lo recibió se vistió con un clásico e impecable liquilique de lino blanco, el traje que usó su abuelo y que usaban los coroneles de las guerras civiles, y que seguía siendo de etiqueta en el Caribe continental (1).

Pero lo inolvidable de aquel día fue el maravilloso discurso que “Gabo” llevó escrito. “La soledad de América latina"”, se titulaba, y allí estaba otra vez, el genial escritor asumiendo una profunda, brava y luminosa representación de América latina.

“América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental” ,afirmó hacia el final de su discurso.

Y luego, preguntó: “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?”.

Y desde su lugar en el arte y en el mundo, sostuvo: “Los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria...”.

“Apoteosis del arte de la novela”

“Gabo”, como lo llamaba el cariño de los latinoamericanos, murió hace siete años, el 17 de abril de 2014, al cabo de haber vivido 87.  México era entonces su lugar de residencia desde hacía tiempo, y de algún modo fue uno de esos hilos que sostuvo la conexión latinoamericana del gran país al sur del río Bravo. 

Siempre defendió la Revolución Cubana y el liderazgo de Fidel Castro. Mientras tanto, fue parte de algunas negociaciones entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de su país, en busca de la paz.

Jamás faltan razones para recordar la figura de un escritor cuyo nombre fue y es sinónimo de América latina. Mientras tanto, su vasta obra literaria y periodística sigue aquí, dispuesta a ser visitada.

Gabriel García Márquez nunca escribió ni habló sólo en representación de sí mismo. Acaso por eso, para el final del artículo apelamos a una iluminada mirada sobre "Cien años de soledad" del extraordinario escritor checo Milán Kundera, que advierte sobre que el sentido colectivo de la historia narrada por García Marquez pone fin al individualismo de la novela europea.

En su libro de ensayos “El encuentro”, comienza por apuntar que la mayoría de los protagonistas de las novelas (género que “nació en los tiempos modernos”, dice) europeas no tienen hijos, pues los hijos representan la prolongación de la vida. “Si mi historia puede seguir más allá de mi propia vida, quiere decir que mi vida no es una entidad independiente; quiere decir que está inacabada (...) quiere decir que consiente en fundirse, en ser olvidada. Quiere decir que el individuo, como 'fundamento de todo', es una ilusión, una apuesta el sueño de algunos siglos europeos”. 

Y se pregunta incluso si la novela no está frente a un tiempo futuro en el que “el individuo humano se fundirá en el hormiguero humano”.

Y es en ese sentido que Kundera sostiene. “Con 'Cien años de soledad', el arte de la novela parece salir de ese sueño; el centro de atención ya no es un individuo sino un desfile de individuos”... Y remata: “Tengo la impresión de que esta novela, que es una apoteosis del arte de la novela, es a la vez un adiós dirigido a la era de la novela”.

Volvamos entonces a la utopía de la que habló García Márquez en aquel esplendoroso 8 de diciembre de 1982. 

Gabo la definía así: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

(1) Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Gabriel García Márquez. Biografía. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España).