opinión

¿Quién podrá reunirnos?

La ideología de la derecha actual ya no está centrada en achicar o incluso en eliminar al estado, sino en convencernos de que lo que hay que achicar o eliminar es la comunidad, en cualquiera de sus formas. Por María Esperanza Casullo
miércoles, 8 de junio de 2022 · 18:07

Joshua Mitchell, especialista en Platón y Tocqueville y el profesor que me convenció de hacer un doctorado en la universidad de Georgetown, empezaba así  sus clases de introducción a la teoría política: “el problema fundamental de la filosofía política moderna es, “¿cómo  podremos reunirnos?”

Con esta frase Mitchell se refería a lo que para él era el principal problema de nuestra época contemporánea: la disolución de la idea de comunidad frente a las dinámicas imparables de la economía y la cultura. Para él el mayor riesgo de la vida bajo el capitalismo tardío era una existencia caracterizada por la alienación de nuestros semejantes, y lo que Tocqueville llama en La Democracia en América el aislamiento.

El aislamiento, dice Tocqueville, “transforma a los hombres en extraños”, hasta el punto en que puede decirse que “pierden su propio país”.  Para Tocqueville, existía el gran riesgo de que los ciudadanos modernos quedaran reducidos a una vida administrativa, reducida a su actividad laboral y su pequeña vida privada privada, sin acceso a los espacios sociales donde es posible encontrarse con otras personas, salir de uno mismo, ampliar los horizontes, desarrollar relaciones de solidaridad, aprender a vivir con los otros y aprender de los otros.

Algo que me está resonando en estos días al ver los temas que asoman a la conversación pública. O más bien, son instalados en la discusión pública, en función de lo que las personas que programan quienes van a los programas de televisión y sobre quién se escriben las notas de los diarios deciden. Para decirlo rápidamente, daría la impresión de que los temas preferidos por las variantes más extremas de la derecha actual tienen que ver con poner en cuestión y deslegitimar la idea misma de comunidad. La ideología de la derecha actual ya no está centrada en achicar o incluso en eliminar al estado, sino en convencernos de que lo que hay que achicar o eliminar es la comunidad, en cualquiera de sus formas.

Desde aproximadamente fines de la década del setenta, el clivaje ideológico principal entre izquierda y derecha tuvo que ver con determinar la relación adecuada entre el mercado y el estado. Lo que hoy conocemos como “neoliberalismo” no fue otra cosa que una ofensiva exitosa contra el consenso surgido de la Segunda Guerra Mundial, el cual sostenía que el capitalismo requería un estado interventor fuerte para evitar los ciclos de inestabilidad que habían sido una de las causas de la guerra. Este consenso fue fuerte, aunque efímero. El presidente republicano Richard Nixon, por ejemplo, creó la Agencia de Regulación Ambiental en Estados Unidos e imaginó un ambicioso programa que extendió la protección social para los más pobres. Frente a esto, la reacción neoliberal tuvo un programa de gobierno centrado en “reducir al estado hasta que sea tan pequeño que podamos ahogarlo en una bañera de bebé”, como dijo Grover Norquist, uno de los principales economistas neoliberales.

El menú de políticas públicas asociado con esta ideología es archiconocido: privatizaciones, desregulación, apertura comercial, reducción al mínimo de la protección social. Los primeros países en implementar estas políticas no fue Estados Unidos o Gran Bretaña, sino Chile, con el gobierno de Pinochet. En este caso, el neoliberalismo viajó de la periferia hacia el centro (días pasados, justamente el presidente chileno Gabriel Boric dijo lo mismo en Canadá).

A diferencia del discurso económico de las derechas actuales, esta visión del mundo tenía un componente utópico: se suponía que eliminando el estado elefantiásico  esto permitiría maximizar la libertad de mercado y alcanzar mayores grados de eficacia, eficiencia y competitividad, y todos seríamos más ricos y más felices.

Sin embargo, si uno analiza el discurso de las derechas radicales actuales, que en Argentina están hasta ahora representadas por economistas como Javier Milei o José Luis Espert, encuentra que el problema ya no es el estado. Esa pelea, podría decirse, ya fue ganada y no vale la pena darla. Cuarenta años de discurso antiestatal erosionaron de manera profunda y probablemente irreversible la confianza en lo público que alguna vez supo existir, y los estados de todo el mundo tienen hoy capacidades mínimas.

Es más, las derechas radicales en realidad aprendieron a apreciar el intervencionismo estatal. Quieren estados fuertes, muy fuertes, en temas como la vigilancia, la represión a la protesta social, la eliminación de la migración, la protección de las jerarquías sociales de género y familia, y el mantenimiento de monopolios o posiciones dominantes de las empresas. El estado ya no es un problema, y en muchos temas es visto como una solución.

El problema ahora es directamente la comunidad, la idea de que debemos algo a otras personas, de que vivimos insertos en relaciones de solidaridad, reciprocidad y ayuda mutua antes aún de cualquier intervención estatal o de mercado. Esta esfera de la solidaridad y la reciprocidad es lo que teóricos profundamente liberales y procapitalistas como Alexis de Tocqueville y Jürgen Habermas llamaron “sociedad civil”.

La sociedad civil también era una idea valorada por el neoliberalismo de los ochenta y noventa: se suponía que la retirada del estado permitiría que ella floreciera. Por eso, el Banco Mundial y el FMI invirtieron miles de millones en programas de desarrollo del capital social y el asociativismo. Las organizaciones no gubermantales nos iban a salvar.

Ahora, ni siquiera eso. La derecha libertaria nos dice que ninguna relación social es sagrada, que todo debe ser reducido a un valor de mercado, que no hace falta mirar si mis acciones dañan la vida del otro. La idea de “externalidades negativas”, tan cara a la economía, desaparece del análisis. El poder y la fuerza (sobre todo económica) se legitiman a sí mismas: si puedo hacerlo, está bien. En ningún caso es más claro esto que en la frase de Javier Milei sobre las bondades de establecer un mercado de venta y compra de órganos humanos para trasplantes. Como sostuvo en Twitter el filósofo Alejandro Kaufman, a quien cito: “los órganos son producidos por el cuerpo individual, no tienen un afuera, no se pueden disociar de la propia existencia.” No podemos vender nuestras partes corporales porque están, por definición, fuera del sistema de producción mercantil. No aceptamos, como sociedad, la compraventa órganos porque no aceptamos la compraventa de esclavos humanos, bebés, o esposas: porque aquello que es irremediablemente humano no puede regirse por la ley de compraventa sino por las leyes de la solidaridad y la reciprocidad. Distribuir las posibilidades de recibir un trasplante en función de la pregunta de “quién lo necesita más” es asumir que la comunidad tiene valor y tiene espesor, que no vivimos solos, y que hay otros que también merecen y necesitan cosas, sólo por ser humanos. Decir “el que necesita un trasplante que lo pague a precio de mercado” es perder el contacto con los demás, hasta perder, ya no el propio país, sino la humanidad toda.

Ahora bien: las ideas de reciprocidad, de cuidado del otro, de aceptación de los derechos de los diferentes requieren de instituciones que las favorezcan: aquellas (cómo decía Tocqueville) donde podamos encontrarnos por fuera de las transacciones del mercado o de la autoridad burocrática. No nos quedan muchas de esas instituciones: la escuela pública ya no lo es, las ciudades están divididas espacialmente por barreras, las organizaciones ya casi no existen. No se trata de llorar lo que se perdió. No necesitamos ser nostálgicos de las viejas maneras, sino imaginar nuevas. ¿Cómo podremos reunirnos? La pregunta es más urgente que nunca.

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