MÚSICA

De Duki a Springsteen: los tiempos están cambiando

La lógica del negocio de la música ha virado en varias direcciones, incluida la forma en que el público se apodera de la obra y de las giras de sus artistas favoritos. Por Luciano Lahiteau

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Luciano Lahiteau Luciano Lahiteau 09-01-2023

En la crónica del primero de los recitales de Duki en Vélez, RollingStone remarcaba la importancia de Mauro Lombardo como mascarón de proa de una generación de artistas y enumeraba los invitados que subieron al escenario a ofrendarle sus respetos al primer trapero argentino en llenar un estadio de fútbol. Uno de ellos fue Bizarrap, el músico argentino más reproducido en Spotify a nivel global: “Sos el uno. Gracias a vos muchos estamos donde estamos. Nunca me voy a olvidar”.

Puede que Biza se refiriera a esa noche en particular (que por supuesto no va a olvidar), pero también pudo estar pensando en el camino que Duki abrió a un grupo de artistas que pasaron de grabarse en sus dormitorios a actuar frente a miles en poco más que un lustro. Fue Duki el que tendió la red sobre la que todo el movimiento de la nueva música urbana argentina se asienta, incluida la (muy) importante trama comercial. Aún siendo un diamante en bruto que, como muchos artistas populares de la historia, se llevaba bolsas de residuos repletas de dinero de las discotecas en la madrugada, Duki fue el primero en sentarse a planear un negocio grande que los incluyera a todos. 

Su primera reunión con Federico Lauría, el empresario con quien ordenó su ambición y visión artística, puede considerarse de similar importancia a la de un hit: ahí, Duki estableció las condiciones de una nueva forma de trabajar el éxito y relacionarse con la demanda del público que el empresariado no local no comprendía. Aunque muchos consideren a la música de Duki y sus congéneres como insustancial o pasatista, fueron él y sus colegas quienes, paradójicamente, volvieron a poner el acento en la materia musical como producto comercial. En el interregno que supuso el largo cambio de siglo, cuando la caída de ventas de CD y la “piratería” marcaban el clima apocalíptico de las discográficas, los discos y las grabaciones eran más un costo que un beneficio en la calculadora: eran el insumo necesario para poder vender una nueva gira. 

La aparición de las plataformas monetizables como YouTube y Spotify cambió eso, e impuso la necesidad de ver el negocio de una manera más integral: si la canción no funciona, sea quien fuere el artista, no hay nada más que vender; si la canción funciona, sea su autor un reconocido artista internacional o un chico que se grabó rapeando con un micrófono barato, las posibilidades son infinitas. Ni las ventas digitales ni las giras son redituables por sí mismas: hace falta una amalgama de acciones e intereses que sostenga una dinámica atractiva para los oyentes, una trama de artistas que se asocian y separan, pero que han generado un ambiente los suficientemente espacioso, autorregulado e interconectado que puede ser llamado movimiento e industria al mismo tiempo.

En ese proceso, las acciones de todos se elevan: ninguno, por sí mismo, hubiese llegado a donde está, si no fuera por ese intercambio (no desprovisto de competitividad y conflicto, todo lo contrario) que engrosa la faena. En los últimos meses de 2022, Duki, Wos, Ysy A, Trueno y CRO llenaron estadios y actuaron ante miles. Todos partieron del mismo sitio (las competencias de freestyle en el Parque Rivadavia de la ciudad de Buenos Aires) y hoy las entradas para sus conciertos tienen precio internacional. Todos ellos, a su vez, entienden qué quiere su público y cómo satisfacerlos. Duki y Bizarrap, por caso: trabajaron por años el operativo clamor para que su BZRP Music Session vea la luz como la edición 50 del ciclo. Una vez publicada, se convirtió en un éxito inmediato y un ícono generacional: una coronación de la épica de los cuatro Vélez que se percibió como un obsequio a la legión de fans.

Mal sueño

Como en una distopía, en Estados Unidos la incitación a la urgencia y el fanatismo ha tomado ribetes ridículos y culturalmente horrorosos. En ambos está involucrado Ticketmaster, la empresa de comercialización de entradas del gigante Live Nation, que presta el siempre cuestionable servicio de vender entradas por internet con cierta opacidad y con el cobro de una comisión por un servicio al cliente que siempre deja mucho que desear. 

Ahora, Ticketmaster está en el ojo de la tormenta por dos escándalos simultáneos en su política de ventas. En el primero, se ha enfrentado a uno de los fandoms más intensos del mundo, las y los autodenominados “swifties”: el cuantioso grupo de fans de la cantautora Taylor Swift. La ansiedad por los tickets para el Eras Tour, que Swift todavía no inició, hizo que miles de fans fueran estafados. En noviembre, cuando comenzó la preventa (para toda la gira, que se desplegará por distintos estadios de Norteamérica), salió a la luz que la compañía estaba permitiendo que especuladores y revendedores compren tickets para luego revenderlos en un sistema subsidiario de Ticketmaster a precios infundadamente más altos. El escándalo, que transcurrió en la web durante el 14 y 15 de noviembre, explotó el 18, cuando la venta de entradas generales se canceló. Ahora, al menos 25 demandantes ante la Justicia alegan que Ticketmaster “ha incumplido contrato, tergiversación intencional, fraude, incentivos fraudulentos y varias violaciones antimonopolio” y buscan una multa de 2,500 dólares por cada una de estas violaciones del Código de Negocios y Profesiones. “Los componentes centrales del esquema de Ticketmaster son los siguientes”, dice la denuncia. “En primer lugar, las instalaciones de los estadios exigen por contrato que la reventa de entradas para conciertos se efectúe únicamente a través del Intercambio secundario de entradas de Ticketmaster. Estos lugares han hecho cumplir y continúan haciendo cumplir este requisito, mientras que Ticketmaster continúa permitiendo que los revendedores compren boletos en lugar de los compradores que realmente planean asistir a la presentación. Ticketmaster permite transferir boletos, pero comprar boletos de esta manera significa que el comprador debe enviar dinero al revendedor de boletos y esperar que no lo estafen”. A pesar de las declaraciones de políticos y las demandas, Ticketmaster continúa aplicando el mismo criterio

El segundo escándalo tiene como protagonista a los fans del legendario Bruce Springsteen, que vuelve a los escenarios en 2023. En esta ocasión, Ticketmaster experimentó con un nuevo método, donde un algoritmo recalcula el precio de las entradas de acuerdo a la demanda. Esta política de “precio dinámico” llevó, obviamente, a que los tickets para ver a Springsteen en concierto llegaran a valer 5.000 dólares cada uno, aunque ni siquiera estuvieran asignados a un sector específico de los estadios donde se realizará la gira. El sistema permite que los precios de las entradas aumenten hasta una cantidad teóricamente comparable a la que obtendrían los revendedores, lo que permite que el dinero extra quede para el artista y el promotor. Pero pareciera no estar funcionando: los precios aumentan rápidamente y los revendedores no se desalientan, sino todo lo contrario. Los gráficos de asientos para el estadio de Tulsa, Oklahoma, muestran que los revendedores ya habían colocado alrededor de una quinta parte del total de asientos en el programa de reventa de Ticketmaster, que permite que las personas establezcan sus propios precios para la reventa de boletos comprados.

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Redacción Mayo

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