SAMUEL CABANCHIK

“Pareciera que los argentinos tenemos vocación de fracasar o, al menos, de repetir la historia”

En una entrevista exclusiva con Redacción Mayo, el ex senador nacional e investigador del CONICET reflexionó sobre el estancamiento de Argentina y la necesidad “enfrentarse a su drama”. Por Marcelo Franco
miércoles, 30 de junio de 2021 · 10:07

Nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1958. Fue senador nacional por la ahora disuelta Coalición Cívica, luego de obtener el primer lugar en las elecciones del 2007 con más del 28% de los votos, cargo que conservó hasta terminar su mandato en 2013. Es doctor en Filosofía, egresado de la Universidad de Buenos Aires, e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la República Argentina (CONICET). Profesor a cargo de las materias “Filosofía Contemporánea” y “Fundamentos de Filosofía” en la UBA. Ensayista y poeta. En conversación con Redacción MAYO, ofrece sus opiniones y perspectivas.

Dedicado como está a la gestión académica y a su obra literaria, ¿cuán cerca o lejos se mantiene usted de la coyuntura política?

Publico habitualmente columnas, estoy conectado con la actualidad.

¿A qué asunto le parece que habría que ponerle hoy atención prioritaria para entender qué pasa, políticamente hablando, en Argentina?

En primer lugar, hay algo que nos pasa hoy pero que, yo diría, nos viene pasando hace décadas: la falta de crecimiento. Lo pienso desde el punto de vista de la infraestructura que necesita una sociedad para mejorar su calidad de vida. Si no hay inversión, no hay desarrollo. Y si no hay desarrollo, el nivel de vida se mantiene estancado o retrocede.

Si lo que crece es la pobreza, si lo que crece es la exclusión, Argentina decae en sus posibilidades. Nos vamos acostumbrando a algo pequeño, a algo crónicamente problemático. Si no se produce riqueza estamos mal, aunque también es cierto que, si crecimiento y desarrollo no vienen acompañados de redistribución, la cosa tampoco mejorará.

¿Cuáles serían las causas de ese estancamiento?

En ningún país del mundo, crecer es fácil. Siempre se requiere aceptar desafíos. Ahora, para aceptar desafíos tiene que haber condiciones que faciliten y favorezcan el emprendimiento público y, sobre todo, el privado. En la Argentina esas condiciones son poco favorables a las apuestas a mediano y largo plazo.

También es cierto que esa dificultad genera un círculo vicioso: muchas empresas se han acostumbrado a vivir de hacer negocios de corto plazo. Argentina es hoy un lugar donde hay que hacer mucho negocio rápido y fácil, invirtiendo sólo lo indispensable para poder salir rápido y fácil.

Frente a esa situación, deberíamos preguntarnos qué necesitamos para romper el maleficio. Necesitamos generar empleo, de manera urgente. Esa es la base. Hace mucho que no se genera empleo en el ámbito privado y ese es un dato real, independientemente de la fuerza política que haya estado en el gobierno.

Frente a esa situación, habría que hacer una gran concertación, un diálogo nacional, en donde estén las distintas fuerzas políticas, pero también los líderes empresarios, los dirigentes sindicales, incluso los referentes sociales no sindicalizados. Porque hoy quienes disputan la calle no son solamente los partidos o los gremios, son las organizaciones sociales que han surgido de la pobreza y el desempleo.

Necesitamos producir un shock de crecimiento de la inversión y del trabajo, pero para eso hace falta construir un consenso enorme, porque si no, cada fuerza política y cada uno de los sectores en pugna va a boicotear esa política de shock el esfuerzo será en vano. Una política de shock implica sacrificios, disponer de medios con mira a fines estratégicos. Implica pasar el desierto.

Tanto el gobierno actual como el anterior accedieron al Poder Ejecutivo ampliando la base de participación electoral de un único partido. ¿No son ejemplos de concertaciones o diálogos?

Diría que el gobierno anterior, durante la presidencia de Macri, sí fue el fruto de una coalición o una alianza. Ahora, al actual gobierno yo no lo pensaría de la misma manera. El actual es un gobierno en el que están presentes las diferentes líneas internas que actúan en el peronismo, quizás no verticalmente alineadas como en otros tiempos, pero no deja de ser una sola fuerza política.

Incluso si consideramos a Massa y algunos sectores que lo acompañan. Él siempre ha estado en el peronismo, no se suma desde otro lugar. Mucho menos si miramos lo que, en jerga periodística, se llama el “albertismo” y el “cristinismo”: esos no son dos partidos, ni nada por el estilo. En definitiva, son expresiones distintas, con roles distintos, pero todo dentro de un mismo partido.

En su época como legislador, Usted acompañó decisiones políticas de la actual vicepresidenta (cuando era presidenta). ¿Cómo interpreta hoy el rol que ella está cumpliendo en la agenda política?

La mía fue, y es, una perspectiva de construcción de puentes. Personalmente creo en los acuerdos. Durante 2012, cuando la entonces presidenta convocó a un proyecto determinado, me sumé como senador de la Ciudad de Buenos Aires de origen radical y electo por la Coalición Cívica, con un espíritu de diálogo, de concordia y de acuerdo. Así como yo pedía apoyo para nuestros proyectos, también tenía que estar abierto a ofrecerlo para otros proyectos.

Pongo un ejemplo, el del Consejo de la Magistratura. Sigo creyendo que estaba bien no limitarlo a abogados, estaba bien abrir su integración a la elección popular. Pero también, debo decirlo, lo que pienso que estaba mal era, y es, abrirlo a listas partidarias y elecciones de representación política.

El problema está ahí y, en eso, no lo veo solamente como un asunto de aquel oficialismo (que hoy es de nuevo oficialismo y que conduce la actual vicepresidenta y la entonces presidenta). No lo veo sólo como un problema de esa fuerza política. Lo veo como un problema de la política argentina, en general. Porque la construcción de poder se lleva puesto lo que dictaría cierta razonabilidad, una que garantice calidad institucional y, también, interés general. Deberíamos poder entender que nunca lo sectorial se puedo imponer contra lo general. O, al menos, que nunca lo parcial puede ser reglar contra lo general.

¿Se puede construir y ejercer poder con el otro o el poder es siempre sobre el otro?

Hay parte y parte. Mi recomendación es no idealizar la política, porque su materia son las pasiones y los intereses. Implica conflictos y personalismos, todo lo que no es lo más edificante o excelso de la condición humana. Tenemos que ser realistas en este punto, porque si no hablamos de otra cosa.

En la Argentina hay un esfuerzo enorme, que a veces está a espaldas de la sociedad productiva, de sostener políticas inclusivas, para que no haya tanta gente que esté caída del mapa económico. Insisto, hay un esfuerzo enorme. Esto está claro en todos los planes que están vigentes, planes de ayuda económica del Estado hacia la sociedad. Otros países no tienen eso. Obviamente Chile y lo mismo se puede decir de Perú.

Entonces, parece que hay una explosividad casi adolescente en la política argentina que altera demasiado las cosas por sí mismas. En vez de ser la política algún lugar de amortiguación de las conflictividades sociales, en una situación de escasez o dificultad, termina convirtiéndose en explosión social. Ese es un círculo vicioso en la que está atrapada la política argentina. En la vereda del frente, mírese lo que es la armonía uruguaya, con en el paso de un signo político al otro que permite el encuentro armónico de ex presidentes de signos contrarios. ¿Acaso los argentinos no podemos tener esa convivencia política? Entre nosotros es muy salvaje la confrontación y eso es disfuncional.

Usted ha dicho que los argentinos somos los que triunfamos al fracasar, ¿lo dice de manera irónica o paradójica? ¿O, acaso, se trata de una anomalía o una enfermedad irreversibles?

Pienso en mi infancia, yo nací en 1958. Estoy hablando del gobierno de Illia, cuando lo que se escuchaba era que, “en Argentina, no hay violencia, no hay problemas como tienen en otras sociedades, no hay vicios extremos. Hay capacidad de ahorro, hay pocos pobres”, esa es la Argentina de mis 6 o 7 años.

Era la Argentina que todavía tenía menos del 5% de pobreza ¿Y ahora dónde estamos? ¿Hemos fracasado? Sí, hemos fracasado. ¿Este fracaso se debe a que hemos sido contrincantes en una guerra mundial devastadora? No. ¿Hemos sido invadidos por alienígenas u otras naciones? No. ¿Quién ha producido este fracaso? Nosotros mismos. Entonces, para explicar la frase de origen simplemente hay que agregar ahora un elemento del significado más… ¿Acaso nuestras vocaciones fracasaron? Bueno, pareciera que los argentinos tenemos vocación de fracasar, o, al menos, de repetir la historia.

No toleramos la normalidad…

Desde hace años, en Argentina no se debate el futuro. Eso debería ser sorprendente y escandaloso. Es, sin embargo, el marco de referencia. Es lo normal. No casualmente estamos peor. Estamos peor porque nos vamos acostumbrando cada vez con menos. Dejamos de debatir el futuro, nos vamos haciendo a la idea de que una gran cantidad de argentinos/as vive y vivirá gracias sin oportunidad de desarrollarse a través de trabajo genuino.

Pero no todo es negativo. Como sociedad, sí hemos logrado el derecho a ganar la calle y hacer escuchar nuestra voz. Aunque, en oportunidades, la posibilidad se bandea y se vuelve inviable. Pero digamos que hay muchas cosas mejores, no todo es malo en la realidad argentina.

Menem repetía una frase y era una frase muy tramposa: “Las naciones no se suicidan”. No es del todo cierto eso. Un país puede desaparecer, también. En la historia de la humanidad hay naciones que desaparecieron, como hay otras que nacieron. Argentina tiene que enfrentarse a su drama como si fuera a desaparecer. Por suerte, yo creo que no nos va a pasar. Tenemos muchas cosas a favor para que eso no nos pase, empezando por un territorio magnífico. Pero no podemos seguir tolerando semejante nivel de exclusión, miseria y postergación.

La pobreza es un escándalo que hace a la sociedad inviable y no se ve una respuesta contundente ni de la política ni de la dirigencia. Deberíamos entender a la pobreza como entendemos a la pandemia: como un estado de excepción. Acusar recibo de ese shock. Y entonces, sí: nos sentamos a la mesa para fijar políticas de Estado para estas cuestiones urgentes y no nos levantamos hasta que lo resolvimos. Si no se toma consciencia, el deterioro, el decaimiento, va a ser mucho mayor.

Argentina siempre puede salir, porque tiene un territorio maravilloso y mucha riqueza. También tiene una clase media todavía vigorosa, pero ahora mismo lo necesario es vincular con el trabajo a un montón de población que puede ser vinculada rápidamente. Tenemos muchas cosas a favor para salir, pero aún así hace falta inversión y trabajo.

Esa inversión, ¿por qué habría de venir? ¿Qué rédito, aunque sea a corto plazo, podría atraerla?

Foto gentileza Editorial PERFIL

Hay que apelar a una visión de cierta grandeza. No hablo de la grandeza del mármol de la historia. Me refiero a la idea de ser jefe, presidente o poderoso de algo que en sí mismo valga algo, que no sea miserable. Todos los que nos interesamos por lo público tenemos que buscar ese estímulo.

Uno de los trabajos que hicimos cuando pasamos por el Senado fue la recuperación de la confitería de El Molino, frente al Congreso. Ahora, fíjese que, aunque creo que lo que hicimos estuvo bien hecho, si no hubiera habido una buena obra de restauración y un acuerdo tripartito entre el Poder Ejecutivo nacional, el Congreso Nacional y la Ciudad de Buenos Aires, no podría haberse hecho nada. Y todo porque no queríamos dejar a El Molino lleno de murciélagos, ratas, goteras, pérdidas de gas y sin luz. Queríamos eso que El Molino fue y todo lo que ahora podía llegar a ser.

Y este tipo de acciones pueden llevarse acabo porque hay una gran cantidad de personas practicando lo que podríamos llamar la “pequeña política”. Ahora bien, ¿no podemos transpolar esta clase de acuerdos a una “gran política”? Yo creo que sí, pero, lamentablemente, siempre se terminan imponiendo un conjunto de condiciones que traicionan ese ideal. En algún momento algo lo tuerce y lo desvía. Así es como cada gobierno asume con una proyección y al poco tiempo se termina embarrado en una historia que no era la que venía a escribir. Y aún así sigue habiendo ganadores y perdedores… Si no se lesionan ciertos privilegios concentrados, no vamos a lograr nada. Por eso hablo de esa gran mesa o concertación.

En su paso por la política legislativa, buena parte de sus iniciativas fueron en defensa de los intereses de la ciudad de Buenos Aires. ¿Qué opinión le merece la actual gestión política del Gobierno de CABA?

En el aspecto de la gestión sanitaria, en general han sido eficaces y prudentes, aparte de haber tenido una muy buena predisposición para la colaboración. Es como te comentaba sobre la pobreza: frente a un estado de excepción tuvimos en la misma mesa al gobernador de la provincia, al presidente y al jefe de gobierno de la Ciudad durante varios meses poniéndose de acuerdo en ir hacia el mismo rumbo. El gobierno de la Ciudad estuvo a la altura de las necesidades. En ese sentido, la gestión en este tiempo de la pandemia me parece positiva.

Luego hay otras cosas de la gestión de la ciudad con las que no comparto. Yo soy muy patrimonialista, creo que la ciudad se enriquece si cuida su patrimonio histórico. En ese sentido faltan criterios para cuidar nuestro patrimonio arquitectónico, hay un exceso de obra pública, como también se permite una concentración edilicia para la que no hay una infraestructura adecuada, y que, la mayoría de las veces termina siendo propiedad ociosa. Me parece que falta pensar mejor la ciudad.

¿Cómo ve la relación de Buenos Aires con el resto del país? ¿Cómo analiza el equilibrio (o el desequilibrio) que el sistema político ofrece a la convivencia dentro del federalismo argentino?

Se trata de una asignatura sumamente pendiente. En primer lugar, después de la reforma de la Constitución y de la legislación posterior nunca se terminó de resolver el esquema de coparticipación. En segundo lugar, hay una tensión permanente entre la concentración de los recursos en favor del Tesoro Nacional y en detrimento de las provincias. La dependencia permanente de las provincias que se endeudan con garantía nacional termina condicionando de manera negativa la negociación política.  

Debemos hacer del federalismo un pilar de la sociedad. El gobierno de Macri, al devolverle recursos a las provincias, avanzó en ese sentido. A su vez, dentro de este estado de excepción ha habido mucha libertad para cada jurisdicción de fijar sus propias políticas, y al mismo tiempo ha habido una perspectiva nacional. El concepto fundamental acá es el de derechos y obligaciones concurrentes, es decir una política concurrente. Un acuerdo en el que las dos partes son necesarias, no puede haber una parte contra la otra.

Esto también habla de un fenómeno muy recurrente en Argentina: el mal manejo de la lucha de poder. El nivel de manoseo de las reglas de juego que existe en nuestro país nos hace daño para poder proyectarnos hacia el futuro. Por ejemplo, el peronismo privatiza YPF, luego la nacionaliza. Estamos hablando del mismo peronismo, no del mismo gobierno. O bien el macrismo se atrinchera para defender el rol y las condiciones de la jefatura de los Fiscales y, aunque en principio parezca bien, hace pocos años durante la presidencia de Macri, también quisieron cambiar las condiciones y aligerarlas.

No se puede tener este tipo de bamboleo errático y coyuntural en las políticas. Hay que seguir un programa que la sociedad identifique claramente. No digo que sea inmóvil, porque la política tiene mucho que ver con afrontar y responder a la contingencia, transformar lo que uno es y lo que uno puede y propone hacer en función de los cambios de la realidad. Pero tiene que haber fidelidad a una coherencia. Porque si no, ahí es donde la sociedad se queda totalmente desorientada en cuanto a las expresiones que pretenden representarla políticamente. Eso también debe madurar.

Se avecina un nuevo acto electoral de medio término. ¿Siente usted alguna nostalgia por participar en ese proceso?

Mi condición de filósofo, de escritor, sigue siendo un centro de referencia y un centro de gravedad para mí. En ese sentido no tengo espacio para la nostalgia. Pero siempre he tenido vocación por lo público. Ahora mismo me desempeño dentro de la gestión universitaria. Estoy en la facultad de Filosofía y Letras como consejero directivo y como Subsecretario de Asuntos Académicos en la Secretaría Académica del Rectorado de la UBA. No he dejado la gestión política.

La verdad es que no puedo decir si volvería o no a participar en elecciones públicas. La Coalición Cívica fue un proyecto en el que creí. Era un proyecto que quería reformar y renovar la política. Nuestro credo era una especie de izquierda republicana que reunía políticas sociales activas a favor de los que más padecen las situaciones de injusticia.

No olvidemos que el proyecto de la Asistencia Universal por Hijo (AUH), que es política de Estado a partir de los gobiernos de Néstor y Cristina, tiene como origen el trabajo legislativo de Elisa Carca, de origen radical, y Elisa Carrió, que es de origen radical, aunque luego fundó el ARI. Ellas hicieron ese proyecto que hoy día, con pocas modificaciones, es una ley vigente hace años. Y así puedo mencionar muchas otras cosas de ese proyecto político, único en la historia argentina.

¿Las elecciones de medio término plebiscitan la gestión de gobierno?

Eso ocurre inevitablemente. Lo que hace falta es llevar el debate político más allá de la permanente referencia al pasado. Es infernal. En los programas políticos dominantes de la televisión argentina se ve cómo se recae una y otra vez en: “Porque ustedes aquello, porque nosotros, son ustedes, son aquellos”. Esa acusación permanente por lo mal hecho no puede ser la dinámica del debate, ni siquiera en una elección de medio término. Claro que vamos a juzgar en esta votación la performance local y nacional en cada uno de los distritos. No sólo tenemos que discutir el pasado y el presente en términos puramente coyunturales, sino que tenemos que discutir todo eso en un horizonte de futuro. Hay que hablar mucho mas del futuro. Todos los sectores políticos deberían sentirse convocados a eso.

Me parece que hay una dinámica bastante interesante en una oposición muy vigorosa. Que haya internas, disputas, diferentes nombres y figuras. Los cruces interdistritales me parecen poco prolijos, pero creo que todo ese estado de efervescencia política es muy sano, porque quiere decir que esa fuerza siente que puede y que es una opción de cara a la sociedad. Ahora bien, el estado de cosas que se perciben en el oficialismo, donde hay demasiada fractura y tensión permanente, en medio incluso de una situación tan dura como una pandemia, no creo que esté bien.

¿Participaría de una oposición que incluya al peronismo?

Yo creo que sí. Esas diferenciaciones, aunque todavía existen en el presente, eran mucho más fuertes en el pasado y ya están debilitadas. A mi me tocó un Senado en el que el jefe del Senado era Pichetto. Pichetto fue una herramienta fundamental durante todo el kirchnerismo, y luego fue candidato a vicepresidente de Macri. Creo que esas líneas fuertes entre peronismo/no peronismo, radicalismo/no radicalismo, están en un segundo plano. Hay que ver por dónde pasan realmente las distinciones.

Yo sigo dentro de una orientación política que coordina democracia, república y justicia social. En la medida que eso lo encarne alguien que viene del radicalismo, o el peronismo, o el PRO, es secundario. El tema es que la fuerza realmente tenga ese programa.

Aún en un año electoral como el 2013, cuando se vencía mi mandato, y en medio de un diálogo con el Frente para la Victoria, en todos los grandes debates nacionales fui fiel mis convicciones. Si yo hubiera ido para donde iba el viento político, hubiera traicionado esa identidad en función de una permanencia de corto plazo. Debemos aceptar ser quienes somos, pero con pragmatismo, con apertura, diálogo y negociación. Todo eso para mí es parte de la buena política. Creo en la política que se hace a la luz del día y por intereses legítimos, sin traicionar las identidades.

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