COLUMNA

¿Compiten hoy populistas y no populistas, o populistas de distinto signo?

Para la profesora e investigadora de la Universidad Nacional de Río Negro y autora del libro ¿Por qué funciona el populismo? existen un clivaje asimétrico donde es más importante la valencia antipopulista que la valencia ideológica. Por María Esperanza Casullo

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01-07-2021

Mientras en muchos países los sistemas políticos están en plena fragmentación, cuando no directamente implosión, el sistema político argentino vive un proceso de bipartidización o, mejor dicho, de bi-coalicionalización. En los últimos diez años se vivió una progresiva reducción del número de partidos nacionales representados en el congreso, así como también del número de partidos que compitieron efectivamente en las elecciones nacionales. En Argentina existen y compiten dos coaliciones: el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Ambas coaliciones se han alternado en el poder, y se dividen la mayor parte de los votos y las bancadas del Congreso. Pero, ¿cuál es el principio que estructura su diferencia? ¿Es el eje izquierda derecha? Algo de eso hay, pero hoy, como ayer, la principal disputa se da alrededor del eje populismo/no populismo. Sin embargo, como veremos finalmente, existe la posibilidad de que todos sean un poco populistas.

 

Veamos rápidamente algunos casos que difieren en nuestra región. Chile fue desde 1991 el estándar de la literatura de ciencia política dedicada a Latinoamérica: un sistema organizado alrededor de dos coaliciones sólidas, con fuerzas con décadas de antigüedad, bien divididas entre izquierda y derecha. No hace falta decir que este esquema bien organizado entró en crisis definitiva en 2017, cuando los ex socios de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista fueron divididos en las elecciones presidenciales que ganó Sebastián Piñera. Las elecciones constituyentes de este año reforzaron aún más la fragmentación partidaria y el ascenso de candidatos y candidatas independientes, como describí hace algunas semanas en esta nota para Redacción Mayo. En  la primera vuelta de las recientes elecciones presidenciales del Perú ningún candidato obtuvo mas del 18%. Brasil nunca se caracterizó por tener partidos sólidos (hasta el punto en un artículo publicado en 2002, con Marcelo Cavarozzi lo caracterizamos como un país de “políticos sin partido”). Esto parecía haber cambiado con la hegemonía del PT, sin embargo, la crisis abierta con el impeachment a Dilma Rousseff parece haber mostrado que aún el PT tenía bases menos sólidas de las que se pensaba. En Colombia no son los partidos los que organizan la competencia, y los liderazgos están hoy en crisis. En Bolivia el MÁS no parece haber perdido solidez, pero la oposición es fragmentaria. Sólo en Uruguay siguen siendo los “viejos” partidos los que estructuran la competencia partidaria. 

 

Si la fragmentación partidaria parece ser la norma del momento, en Argentina pasa lo contrario. Apreciemos los cambios: en el año 2003 fueron cinco los candidatos que obtuvieron mas de un 10% de los votos: Carlos Menem, Néstor Kirchner, Ricardo López Murphy, Adolfo Rodríguez Saa y Elisa Carrió. El primero obtuvo sólo el 24%, el segundo lo siguió a sólo dos puntos, con 22%. Tercero, cuarto y quinto se apilaron en la franja que va del 16 al 14%. Comparemos con las elecciones de primera vuelta de 2015: Scioli obtuvo el 36% de los votos, seguido por Macri con el 34%. Sergio Massa parecía desafiar la re-bipartidización con su 21%, sin embargo, el ballotage estuvo bastante parejo, con Macri ganando por dos puntos.O sea, los resultados comenzaron a mostrar un país signado por dos coaliciones en competencia, ambas sólidas, pero ninguna hegemónica electoralmente. 

 

En las elecciones del 2017 se fue angostando la ancha avenida del medio, hasta desaparecer en 2019, cuando Sergio Massa aceptó lo inevitable y reingresó al peronismo. Los números de esa elección fueron contundentes: Alberto Fernández (48%) o a Mauricio Macri (40%) acumularon el 88% de los votos, como en las épocas de gloria del bipartidismo argentino. Mas importante aún, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio se repartieron la mayoría de las bancas en el Congreso, que tiene hoy una estructura mucho menos fragmentada que hace quince años. Las encuestas marcan lo mismo rumbo a las elecciones de noviembre: no sabemos quién ganará, pero los y las votantes no parecen registrar muchas opciones por fuera de las dos principales, Juntos por el Cambio y Frente de Todos. Es probable que, sea quien sea quien gane, lo haga por pocos puntos de diferencia: ambas coaliciones tienen núcleos muy leales, sin tantos votantes “sueltos”.

 

Una pregunta importante, sin embargo, es qué es lo que las diferencia. ¿Es el eje derecha/izquierda? ¿Podríamos decir que el peronismo es “izquierda” y el macrismo es “derecha” neta? En algún punto, podríamos hacerlo. A grandes rasgos el peronismo está hoy identificado con algunas posiciones que clásicamente han sido consideradas de izquierda: la creencia en que el estado tiene que tener un rol activo en la regulación de la economía, la predisposición a sostener un estado que distribuya bienes y servicios entre quienes menos tienen, una política exterior que busca grados de autonomía con respecto al poder continental de Estados Unidos. En los últimos años, además el FdT se ha movido hacia posiciones que pueden llamarse de “izquierda cultural”, sobre todo referidos a los derechos de género y de las diversidades sexuales (como quedó reflejado con la aprobación de la ley de legalización del aborto y la ley de cupo laboral trans, votada la semana pasada). Las mismas eran ajenas a la agenda peronista clásica, pero le han redituado electoralmente, sobre todo entre los y las jóvenes. 

 

De la misma manera, no cabe ninguna duda de que Juntos por el Cambio se fue moviendo hacia posiciones que son casi homogéneamente de centro derecha o incluso, en algunos temas, de derecha. Mauricio Macri se muestra cómodo defendiendo la libertad de mercado sin regulación, la hegemonía continental de EEUU, y la aceptación de cierto grado de desigualdad social como un dato de la naturaleza. JxC también se ha ido moviendo hacia posiciones menos comprensivas de los temas de izquierda cultural, como quedó demostrado en la votación de la ley de la interrupción del embarazo y del cupo laboral trans (todos los votos negativos en el Congreso para esta ley vinieron de  representantes del PRO). Mauricio Macri hizo campaña con el pañuelo celeste en 2019.

 

Sin embargo, persisten importantes dobleces que impiden hacer una distinción tajante entre izquierda y derecha en las dos fuerzas políticas. Por un lado, algunas de las voces mas fuertes contra la legalización del aborto vinieron del propio peronismo, incluyendo su al presidente de su bloque en el Senado, José Mayans. Por otro lado, algunas iniciativas económicas que podrían llamarse de centroizquierda no tuvieron gran apoyo dentro de la misma coalición, como pasó con la propuesta de estatización de la cerealera Vicentín. Al mismo tiempo, la UCR e incluso algunos miembros del PRO rechazaría ser etiquetada como un partido de “de derecha” y varios votos centrales para aprobar la legalización del embarazo fueron cambiemitas, como los de representantes de la UCR de CABA o el de Gladyss González, senadora por PBA. 

 

¿Cómo se explican estos pliegues? Se explican por la tremenda vigencia en la historia argentina del antipopulismo como clivaje. Izquierda y derecha han sido desde 1945 (tal vez antes) ortogonales al clivaje peronismo y antiperonismo: por eso en Argentina no existen sólo izquierda y derecha, sino que hay una izquierda peronista y una derecha peronista, así como una izquierda no peronista y una derecha no peronista. 

 

El peso identitario de este clivaje, sin embargo, es asimétrico. Para decirlo de manera muy simplificada, para las fuerzas partidarias que no son peronistas (y en gran medida, para sus votantes) es más importante la valencia antipopulista que la valencia ideológica. Es decir, para decirlo mas simple, es mas fácil para los no peronistas unirse entre sí que con peronistas, sea cual sea su preferencia ideológica. 

 

Si así no fuera, no podría comprenderse como a lo largo del siglo veinte las alianzas antipopulistas incluyeron a participantes que venían desde la izquierda tanto como la derecha, o que algunos dirigentes de la izquierda hayan marchado con la Multisectorial agraria durante el conflicto con el campo en 2008. Mauricio Macri hoy redobla su apuesta a convertir al antipopulismo en el eje identitario de Juntos por el Cambio, al proponer una compulsa entre “la libertad” y el populismo, que es sistemáticamente comparado con una enfermedad, incluso “peor que el coronavirus”. El ex presidente imagina una cruzada de todos épicos contra un adversario al que se designa como un patógeno ajeno a la competencia política legítima (una matriz que se encuentra a lo largo de la historia antipopulismo argentino, como bien narra el historiador Ernesto Semán en su libro “El antipopulismo”.) 

 

Una lucha épica contra un adversario que es definido mediante una denuncia moral, y un antagonismo común que funciona como “paraguas” para una coalición conformada por participantes heterogéneos que no tienen, necesariamente, una ideología clara en común. ¿A que me recuerda esto? Sí, esa es la definición misma de populismo, que desarrollé en mi libro “¿Por qué funciona el populismo”? Juntos por el Cambio deviene en este discurso en una especie de antipopulismo populista, o populismo antipopulista, hoy en disputa con otra coalición que ofrece también una articulación populista (“no volvamos a Cambiemos”), pero de signo opuesto.  

 

En definitiva, el populismo en Argentina hoy es menos un signo binario (sí/no), que un significante en disputa. (Es probable que haya sido así a lo largo de todo el siglo veinte, al menos, es lo que dice el colega y estudioso del radicalismo Julián Melo). Paradójicamente, hoy esto le da una aparente solidez al sistema. En momentos en que además no resulta claro qué se puede, o se debe, prometer en términos de gestión económica y política, y de gran incertidumbre, se promete un poco de antagonismo populista. Finalmente, populistas somos todos, al menos un poco.

 

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Redacción Mayo

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