El humanista escéptico que se animó a pensar a contracorriente

"Buenos Aires es nuestra enemiga en casa: absorbe, devora, dilapida, corrompe”; mientras tanto, “el interior, el territorio, la nación y el pueblo, le quedan sometidos”, escribió en 1957, en La cabeza de Goliat. La vigencia de un autor irrepetible. Por Osvaldo Aguirre

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Osvaldo Aguirre Osvaldo Aguirre 21-06-2022

?¿Qué es, pues, lo que Buenos Aires ha hecho del país? ¿No tenemos derecho a preguntarle con palabras bíblicas: ?Caín, Caín, qué has hecho de tu hermano??? Ezequiel Martínez Estrada interpelaba de esa manera en 1956 al entonces presidente Pedro Eugenio Aramburu, en una carta donde pedía que la capital de la Argentina se trasladará a Bahía Blanca. Los argumentos parecían exaltados: ?Cuando una ciudad se convierte en boca que succiona la sangre de toda la nación, no sólo hay que pensar en desmantelarla sino en hacerla volar con dinamita?. Pero surgía de una reflexión sostenida en torno a la conformación de la Argentina y de una de las grandes obras del ensayo nacional.

?Haciendo un desplazamiento poco habitual en los escritores argentinos, Martínez Estrada comenzó por pasar de la poesía, género en el que había obtenido premios importantes, al ensayo. Y se puso a estudiar la Argentina?, dice el sociólogo Christian Ferrer, que tituló La amargura metódica a su biografía sobre Martínez Estrada (2014).

Radiografía de la pampa (1933), ?un libro que parece escrito la semana pasada mientras otros publicados hace un año ya no se pueden leer?, agrega Ferrer, contuvo las primeras reflexiones de Martínez Estrada en torno a la relación entre la capital del país y las provincias. ?Su pensamiento funciona como un ácido en el sentido de un revelador, y la metáfora técnica suele estar presente en sus textos?, afirma el ensayista Guillermo David, en relación con el subtítulo de otro título decisivo, La cabeza de Goliat (1940), una ?microscopía de Buenos Aires? que apunta a ?observar lo que está detrás de lo visible?.

?La ciudad de Buenos Aires es para él una gran mascarada, la construcción del nuevo rico que se pasea por la calle Florida, por entonces el emblema del ascenso social y de la clase dominante, con un disfraz del cual ya no puede escapar?, dice David, director de coordinación cultural de la Biblioteca Nacional. El argentino aparece en sus textos como un ser frustrado, explica Ferrer: ?Los conquistadores llegaron a busca de riquezas, como Pizarro en Perú o Cortés en México, y no las encontraron. Esa frustración vuelve a aparecer con los inmigrantes y genera un fuerte resentimiento que Martínez Estrada denomina para Buenos Aires como un encono sin objeto. Todo el mundo está enojado y no hay un motivo claro: son neurosis muy propias de Buenos Aires que se transmiten al resto del país?.

El problema original

Nació el 14 de septiembre de 1895 en San José de la Esquina, Santa Fe, donde vivió su infancia. ?Conocía el mundo del campo como habitante y tenía una perspectiva de persona nacida en el interior del país. Nunca se sintió porteño, porque además amaba a la Argentina, pero no la reivindicaba. Esa es una operación crítica: los argentinos hacen al revés, admiran al país, pero no lo aman?, destaca Ferrer.

La quiebra del padre como comerciante de granos desarticuló a su familia y le impidió continuar sus estudios después de la escuela secundaria. ?Fue un autodidacta, se dio forma a sí mismo?, dice Ferrer. En 1915 Martínez Estrada ingresó como empleado al Correo Central, en Buenos Aires, y se jubiló como tal treinta años después, al mismo tiempo que se desempeñó como profesor en el Colegio Nacional de La Plata.

En Radiografía de la pampa Martínez Estrada comienza por analizar lo que sería el problema original de la Argentina: el modo en que el país se organizó en función de la ciudad de Buenos Aires. ?Ese desbalance es para él uno de los determinantes de la historia nacional -afirma Ferrer-. Pero Martínez Estrada no culpa a Buenos Aires solamente sino también a las provincias de no desarrollarse por sí mismas. Nota una especie de crecimiento hidrocefálico completamente anormal por el cual se creó una gran ciudad en un territorio gigantesco al cual ya Sarmiento llamaba el desierto mientras él insiste en la cuestión de las extensiones?.

El desafío, explicó Martínez Estrada en la carta dirigida a Aramburu, era ?comprender la magnitud del daño que ya ha ocasionado Buenos Aires a la República y el peligro que aún puede seguir causándole?. Su diagnóstico asoció expresiones técnicas y referencias históricas: ?Buenos Aires acciona como filtro y como sifón aspirante-repelente. Retiene y absorbe el elemento humano valioso y expele a provincias el elemento humano mediocre e inferior. Hace lo que hizo España con nosotros: exporta el contenido de sus cárceles, manicomios y hampas y se lleva el oro y las gentes de valor?.

Había nacido en la provincia y volvió a la provincia en 1949, cuando se radicó en Bahía Blanca con su esposa, la pintora italiana Agustina Morriconi. ?Percibe que el interior por un lado copia y envidia a Buenos Aires y al mismo tiempo le teme, por aquello de que Dios atiende en Buenos Aires. Para encontrar culturas propias del interior había que ir al norte del país. La otra posibilidad eran los indios, pero no se los tenía en cuenta ni se los tiene en cuenta hoy. En esa relación negativa, además, cada ciudad del interior parece estar en conflicto con otra: Rosario con Santa Fe, San Rafael con Mendoza y así siguiendo?, agrega Ferrer, también editor de textos inéditos de Martínez Estrada, como la correspondencia que sostuvo con Victoria Ocampo.

Buenos Aires, escribió Martínez Estrada en La cabeza de Goliat, ?es nuestra enemiga en casa: absorbe, devora, dilapida, corrompe?; mientras tanto, ?el interior, el territorio, la nación y el pueblo, le quedan sometidos: ella los esquilma y los embauca?. La capital, señala Guillermo David, ?aparece como el punto débil de la Nación? y también ?como el centro vacío de una tela de araña? que Martínez Estrada encuentra plasmada en la distribución de las redes ferroviarias.

?Pero al mismo tiempo Martínez Estrada insiste en que la historia nacional está falseada -destaca Ferrer-. No es que esté mal contada como decían los escritores revisionistas, que ya en esa época habían aparecido y con quienes podía haber sido integrado a no ser porque no tenía ninguna esperanza. Lo que él percibe es que el argentino no quiere saber de historia, tiene aversión a la verdad y huye del pasado, por lo cual la historia se convierte en una cuestión de figuritas escolares?.

Incómodo en cualquier ambiente, se mantuvo a distancia de grupos de escritores. Pudo pertenecer a la revista Sur a condición de no participar en ninguna reunión de la redacción. ?Su método era la intuición y la empatía con el texto y el fenómeno y la mirada crítica sobre lo que hablaba -dice David-. Estaba contando las costillas todo el tiempo y señalando los puntos débiles o la contracara infausta de lo que sucede tanto en la vida social como en la cultural. La tragedia de Martínez Estrada es esa franqueza?.

El desconocimiento del pasado que caracterizaría al ser argentino estaba en relación con lo que llamó invariante histórico, los problemas que se reiteran sin solución: ?Se resuelve un mal previo con un mal peor, para decirlo con sus palabras, y esa es la rueda de la fortuna de la Argentina?, apunta Ferrer. En el contexto inmigratorio ?había que crear una historia para todos? y ese relato se impuso a tradiciones orales preexistentes: ?El gaucho habitaba una frontera imprecisa entre la línea de demarcación del Estado argentino y el territorio de los indios y tenía una lengua literaria propia, que no respondía a las novedades en que se fijaban los ilustrados de Buenos Aires y de las principales ciudades de las provincias. Lo autóctono y auténtico era la poesía gauchesca con su forma oral?.

Jorge Luis Borges llamó a Martín Fierro ?santo desertor del Ejército?, en relación con el hecho de que la simpatía popular se inclinó hacia un infractor de la ley. Martínez Estrada encuentra en el gaucho, agrega Ferrer, ?un perseguido, una figura antipolicial y antiestatal que determina un modo de vida hasta la aparición del alambrado de púa en la provincia de Buenos Aires hacia 1870; por lo tanto, buena parte de nuestra historia está no solo falseada sino también soslayada, porque es una historia de los desgraciados y de los pobres, fea desde el punto de vista literario pero vigorosa en su percepción?. En cambio, ?Buenos Aires es oropel, básicamente: lo mejor que podría ofrecer la Argentina tiene cimientos endebles?.

Muerte y transformación del Martín Fierro (1948), otro de sus grandes ensayos, mantiene plena vigencia como analiza David: ?en ese libro Martínez Estrada toma el poema canónico de la literatura nacional y revisa los mitos que constituyen la idea de Argentina, la idea de sujeto popular y del héroe épico y plantea que el público hizo de un malevo asesino el paradigma de la argentinidad. El sargento Cruz representaría la fisura del poema y de la Argentina, porque él veía en ese personaje al milico que se daba vuelta, una especie de anti yo?.

Ante el peronismo Martínez Estrada se situó como opositor y volvió a situarse en la misma posición ante la llamada Revolución Libertadora, pasada una fugaz adhesión inicial. ?Vivió el peronismo como una pesadilla, como la farsa de una vedette y un simulador -dice David-. Como buen lector de signos, como pensador alegorista, veía situaciones farandulescas en la historia. Descreía de la posibilidad de la política como herramienta de reconstitución del orden social. Recién al final de su vida, con su entusiasmo por la Revolución Cubana, tiene un atisbo de esperanza por una redención humana?.

Un pensamiento contracorriente

Central por las dimensiones de su producción y a la vez marginal por sus posicionamientos, la obra de Martínez Estrada ?puede ser vista como un hilo secreto del pensamiento argentino del siglo XX?, dice David. ?Iba a contracorriente por un destino emocional propio, era su tendencia, como una fatalidad -señala Ferrer-. No era llevar la contra, sino no poder adecuarse al juego de los otros, que impone límites: ni el de los liberales ni el de los nacionalistas?.

No le faltó reconocimiento, dentro y fuera del país, como dan cuenta diversos premios; presidió además la Sociedad Argentina de Escritores y la Liga de los Derechos del Hombre y Radiografía de la pampa lleva 25 ediciones, ?y sin embargo eso no le alcanzó, o le molestaba?, dice Ferrer. También recibió críticas de diversos frentes y en 1960 Juan José Sebreli le dedicó su primer libro bajo el título Martínez Estrada: una rebelión inútil.

Acusado de conservador y de antimarxista, Martínez Estrada descolocó al conjunto de sus críticos al radicarse en Cuba en 1961 y convertirse en el primer intelectual argentino que se propuso comprender la revolución. Fue otra proyección de su espíritu autodidacta, un nuevo capítulo en su historia de aprendizajes.

Ferrer reconstruye ese paso: ?En México, donde permanece un año, y en las Antillas, se da cuenta que hay un mundo que no se tiene en cuenta en Argentina, el del elemento africano, esclavo. Sobre todo, le impresiona la revolución de los haitianos y percibe en el Caribe la riqueza cultural de una sociedad más móvil que la argentina. Empieza a comprender el problema del imperialismo y del colonialismo, antes de que esté en el centro de gravedad de la época. Lo que hoy se llama descolonización ya estaba en él en los años 50, pero en Argentina seguimos modas en vez de ver de dónde vienen las cosas?.

Antes del viaje, Martínez Estrada había adscripto al socialismo humanista que representaba Leónidas Barletta, una corriente sin peso en la vida política nacional ni relación con la nueva izquierda emergente. ?Era una época en que se requerían fervores y no agnosticismo, y su lenguaje no era el del marxismo -aclara David-. Escribe un libro de mil quinientas páginas sobre José Martí y otro, Mi experiencia cubana, que no es un diario de sus impresiones sobre la isla sino una lectura alegórica de la revolución: piensa a Fidel Castro y al Che Guevara como herederos de los profetas del Antiguo Testamento. Esa clave bíblica en el sentido laico para leer las condiciones mitológicas en la cual sucede la revolución era inaudible para el credo marxista sobre estructuras y clases sociales, pero quienes sostuvieron la lectura de Martínez Estrada fueron finalmente las izquierdas y no las derechas, a las que se lo suponía adscripto por su anti peronismo?. Si bien puede ser ?indigerible? por su fuerte tono escéptico, ?la misma incomodidad hace a su vigencia, nos lleva a releerlo: cada época crea las condiciones de su relectura y alguien lo retoma?.

En 1962 regresó a Bahía Blanca, donde falleció el 4 de noviembre de 1964, y su casa se convirtió en la sede de una fundación que lleva su nombre. Dejó numerosos textos inéditos. ?Escribió un texto de 60 páginas sobre los centauros, ¿a quién se le ocurre? -se asombra Ferrer- Tenía estilo propio, escritura y una motivación propias que era la Argentina. No hay mucha gente que tenga esa obsesión a lo largo del siglo XX: Victoria Ocampo sería un ejemplo, pero de otro orden, y después Horacio González?.

El carácter prolífico de Martínez Estrada es otro dato relevante sobre su personalidad intelectual, según lo observa David: ?Tenía pasiones secretas que más tarde se conocieron como la obra de Balzac, al que le dedicó muchos años, Paganini y el violín o el ajedrez. Escribió sobre todos los temas que se le cruzaron en la vida y esa es la posición del ensayista cuya base es la curiosidad sin la obligación de considerarse filósofo, poeta o narrador. Escribió sobre Nietzsche para rescatarlo de las garras del nazifacismo y el libro que le dedicó es más importante que el de Gilles Deleuze, aunque sea mucho menos leído entre nuestros académicos?.

La carta que escribió a Aramburu surgió después de una visita del entonces presidente a Bahía Blanca y no tuvo mayores consecuencias. El militar golpista no era precisamente un interlocutor para las preocupaciones de Martínez Estrada. ?Es el estertor final de un libro, un apéndice a La cabeza de Goliat?, dice Ferrer. También un desafío pendiente -?Porque no supimos construir una gran nación construimos una gran ciudad?- y un anticipo de problemas del presente, como destaca el biógrafo: ?Aquella disimetría señalada por Martínez Estrada no ha hecho más que fortalecerse en el medio siglo transcurrido desde entonces, y hoy mismo el 30 % de la población del país vive en la ciudad de Buenos Aires y su conurbano?.

La Casa Museo de Ezequiel Martínez Estrada está ubicada en Avenida Alem 908 de la ciudad de Bahía Blanca y puede visitarse los domingos de 15 a 18 sin turno previo. Más información en el sitio de la Fundación Martínez Estrada: https://www.fundacionmartinezestrada.org/inicio

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Redacción Mayo

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