LA ARGENTINA CONTADA

La escritora que supo mirar más allá

Con su espíritu aventurero, sus preguntas insólitas y su humor inteligente, Hebe Uhart narró la cotidianidad de los pueblos y ciudades de América Latina con originalidad. Por Osvaldo Aguirre

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hebe uhart Redaccion mayo
Osvaldo Aguirre Osvaldo Aguirre 17-08-2022

A los setenta años, cuando por fin era reconocida como escritora, Hebe Uhart (1936-2018) cambió el cuento por la crónica. Empezó a viajar, aprovechó invitaciones a festivales y congresos y recorrió el país y el continente. Tuvo intereses raros para el género: las formas de hablar de la gente común, los pueblos donde en apariencia no hay nada para hacer, las pequeñas situaciones de la vida cotidiana. Se preocupó en particular por contactarse con comunidades indígenas. Y en la última etapa de su vida dio forma a una obra tan intensa e inclasificable como su narrativa.

“Cuando tengo una inclinación, primero la sigo y después me pregunto por qué”, escribió Uhart en el prólogo a De aquí para allá (2016). Ver un programa de televisión dedicado a Irazusta bastó por ejemplo para que se decidiera a visitar esa localidad de Entre Ríos, sin contactos previos ni previsiones para la estadía. Fue un viaje de iniciación que le permitió escribir una de sus primeras crónicas y descubrir el mundo de los pequeños pueblos de provincia, lo que la fascinó.

Uhart decía que los habitantes de los pueblos y del campo atesoraban “un saber que no tengo y que no puedo averiguar en los libros”, y encontraba plasmado ese conocimiento en los refranes y dichos criollos. Donde iba, trataba de investigar al respecto y de ponerse al tanto de los modismos y expresiones locales, y se preocupaba por documentarse con manuales y antologías.

“Ella le daba especial importancia a los nombres y a los dichos característicos del lugar y siempre preguntaba esas cosas. También cuando nos encontrábamos en Buenos Aires me preguntaba “¿qué piensa la gente”, “¿qué le preocupa?”. Leía a nuestros cronistas: Lucio Mansilla, Fray Mocho y le gustaban mucho los cronistas brasileños como Rubem Braga”, cuenta la escritora Luisa Peluffo, contacto de Uhart en San Carlos de Bariloche.

En Pergamino, provincia de Buenos Aires, Uhart recibió la recomendación de conocer Tapalqué porque supuestamente se trataba de “una zona que engendra refranes propios”. Hizo el viaje un fin de semana de enero sin mayores averiguaciones y al llegar se encontró en un pueblo sin hoteles ni bares, anclada en una estación de micros “grande como mi living, que es chico”; y, lo que era peor, nadie tenía la menor idea de los famosos refranes. Pero igual hizo una crónica; el título fue “No pudo ser”.

 

El modo de mirar

El ambiente de Irazusta podía abarcarse de un golpe de vista. “Se podía recorrer ese pueblo unas treinta veces por día, entrando y saliendo”, anotó Uhart. No había atracciones ni paseos. En Almeyra, en la provincia de Buenos Aires, al que también le dedicó una crónica, podía contemplar de igual modo el conjunto de las edificaciones desde la plaza y tampoco había qué recorrer.

Donde un cronista convencional no tendría nada que hacer, Uhart encontró la materia de sus textos en conversaciones con los vecinos y la gente que le salía al paso. La crónica de viaje, como enseñaba en sus talleres, consistía básicamente en ver y escuchar. “Me gustan los pueblos. Me resulta más difícil trabajar en una ciudad grande. Los pueblos chicos son abarcables, me parecen literarios y además van con mi personalidad”, explicó.

Luisa Peluffo matiza esa afirmación. “Hebe era urbana -recuerda-. A los bosques y lagos, prefería la ciudad. En Bariloche le divertía la calle Onelli, una calle muy popular adonde no va el turismo. Allí se hacía amiga de los personajes que después aparecen en sus crónicas, como los senegaleses que menciona”.

En el prólogo a la recopilación Crónicas completas (2020), Mariana Enríquez observa que Uhart es también una cronista precarizada, que se hace cargo de sus traslados y con frecuencia se hospeda en alojamientos baratos. “Contaba que le decía a sus editores que le pagaran viajes en vez de derechos de autor”, cuenta la poeta Graciela Cros, que la recibió en Bariloche.

A esas condiciones se le agrega la edad, por lo que “recorre, charla y ve hasta donde el cuerpo se lo permite”, dice Enríquez. Las circunstancias no quedan tampoco detrás de la escena: al describir el hotel donde se aloja en El Bolsón, Uhart cuenta que llegó a esa ciudad “arrastrando la valija de ruedas por la calle de piedras, con los pulóveres atados con furia a la valija, como una mercachifle de campo”. 

Uhart tampoco presumía de sus virtudes para la crónica. Se define como una mala entrevistadora, desde el ejercicio convencional del oficio, porque hace  preguntas insólitas o comentarios raros (“observé que en Quito de repente alguien lleva cosas de un lado a otro en una carrerita”, le dice a una profesora indígena). “Me falta el arte de los preliminares: encaro muy abruptamente a las personas, algunos se desconciertan”, reflexiona.

Pero el desconcierto es una de sus marcas de estilo. “Era una observadora con un sentido del humor muy particular, que se fijaba y le interesaba lo que salía de lo común. Y a lo habitual lo observaba con una mirada de marciana y con una dedicación burlonamente cariñosa”, dice Luisa Peluffo.

La poeta y narradora María Teresa Andruetto, que presentó varios libros de Uhart en Córdoba, coincide en ese análisis: “El modo de mirar que en la escritura es casi todo, en su caso es un mirar levemente dislocado. Lo que en principio parece un sencillo relato de costumbres se corre levemente de foco y nos permite ver la particularidad, a veces el absurdo, pero siempre la revelación que provoca toda existencia”.

La mirada, concepto básico en el género de la crónica, tiene una inflexión singular en Uhart, como lo describe Elvio E. Gandolfo en el prólogo a la nouvelle Camilo asciende: “Algo ve la mirada de la autora, y en la búsqueda del mejor modo de ponerlo en palabras, va construyendo un lenguaje propio, que no se impone a lo percibido, sino que se origina en ese mundo”. 

Más que un interés periodístico, su interés era la situación que rodeaba a la entrevista. “Disfrutaba la experiencia de viajar, encontrarse con alguien y ponerse a charlar”, afirma Damián Ríos, editor de Uhart en los sellos Interzona y en Blatt & Ríos. “Su sentido del humor, proverbial y refinado, es un foco puesto en gente común para mirarla de cerca, para examinar sin distraerse, sin juzgar y sin piedad, hasta que lo mirado exprese su verdad”, agrega Andruetto.

Damián Ríos tuvo una intervención decisiva para el reconocimiento de Uhart, como editor de las antologías Camilo asciende y otros relatos (2004) y El gato tuvo la culpa (2014). “Para el primer libro le llevé una lista de cuentos para elegir y ella los seleccionó muy rápido, iba al punto. Por la tapa no se preocupó, me dijo que no le preguntáramos nada. No quería sacarse una foto para la solapa, estuvo muy remisa, pero la convencimos y quedó conforme. Los arreglos anteriores con sus editores habían sido muy informales y entonces Hebe no había tenido buenas experiencias en cuanto a pago de regalías y de anticipos, distribución de libros y prensa”.

Las amistades con escritores y editores le sirvieron para hacer contactos en los viajes, pero sus entrevistados tenían un perfil muy particular según criterios que Uhart declara con gracia. En la ciudad de Formosa, por ejemplo, busca “un historiador que no sea estructurado, de esos que tienen un discurso largo, que no fuera demasiado erudito para no aburrirse”. En Colonia, Uruguay, prefiere algo todavía más amateur: “¿Dónde puedo encontrar un vecino de mucha edad, pero que esté bien de la cabeza para que me cuente un poco la historia del lugar?, se pregunta.

 

Puntos de desorientación

La poeta Liliana Campazzo recibió a Uhart después de un viaje de catorce horas en micro desde la ciudad de Buenos Aires hasta Carmen de Patagones. “Llegó cansada -dice-. Se hospedó en un hotel, pero no le gustó. Decía que no quería dormir en un lugar donde había una Biblia en la mesa de luz y que el televisor estaba muy alto y le dolía el cuello para mirar. Entonces la invité a mi casa, en Viedma”.

A veces simplemente se perdía, incluso en lugares pequeños, como cuenta que le pasó en la ciudad bonaerense de Roque Pérez. Entre 2009 y 2010 recorrió el interior de Uruguay para escribir crónicas destinadas al suplemento cultural del diario El País, en las que solía llevarse por las ocurrencias del momento. El dato de que en un pueblo llamado Conchillas había unas casas construidas por ingleses para obreros que merecían verse y la falta de información para hacer el recorrido la dejaron entonces varada en una parada de colectivos en medio de un paraje rural. “Yo no sabía para dónde iba”, reflexiona.

Perderse fue también, paradójicamente, una forma de ubicarse en el espacio. En Santiago de Chile, Uhart recorre las calles sin dirección y comenta: “Siempre hago eso cuando voy a una ciudad grande. Camino aunque no entienda nada ni sepa dónde estoy: es como si la ciudad me fuera entrando sin que yo me diera cuenta”.

Los bares son sus paradores en esa deriva. “Como soy medio turista, medio notera y medio perro de la calle, me siento en el primer café que veo donde pueda fumar”, dice en una crónica dedicada a Montevideo. Y en ese momento es cuando se pone a trabajar: en Asunción del Paraguay, “todos los días voy a leer a un bar con mesitas afuera, allí se puede fumar y escuchar las conversaciones de los vecinos de mesa”; en Quito, deja la valija en el hotel, se va a una plazoleta y se pone a escuchar qué dice la gente.

Del mismo modo en que rechazaba “que me expliquen cómo se produce cualquier cosa”, Uhart no quería tener guías en sus exploraciones. “Llevar un contacto siempre es bueno; lo que no es bueno es que el contacto te quiera acompañar a todas partes -bromeó en una entrevista-. Yo quiero hacer las preguntas a mi manera, la presencia de otra persona me intimida”.

Liliana Campazzo puede dar fe del método: “Cuando Hebe estuvo en mi casa dejé mis actividades normales para llevarla donde quisiera ir. Hasta que un día Hebe me dijo que me quedara quieta, porque quería hacer las cosas sola. Así que tomaba el desastroso transporte público que tenemos en Viedma para ir a barrios marginales y entrevistarse con tejedoras mapuche”.

En Viajera crónica (2011), su primera recopilación de crónicas, ya se encuentra un primer acercamiento al mundo indígena a partir de visitas a un centro cultural de la comunidad qom en la ciudad de Rosario y a descendientes del cacique Nahuel Pan, al pie del cerro Piltriquitrón, en El Bolsón. “Es un mundo que desconozco -dijo Uhart-. No me importa desde un punto de vista antropológico, porque no soy antropóloga, sino más bien desde el conocimiento”.

Además de las tejedoras mapuches Elba Caluqueo y Teresa Epuyén, con las que forjó un lazo de amistad, Uhart se sintió especialmente atraída por  descendientes de referentes indígenas del siglo XIX como Marta Catriel, bisnieta del cacique Cipriano Catriel, y Haroldo Coliqueo, bisnieto de Ignacio Coliqueo. “Quiero ver los procesos de ascenso, la mezcla de lo viejo y lo nuevo, porque dan una medida del país, de cómo han sido y se han aculturado las etnias. No creo en el purismo de las comunidades indígenas, son identidades mezcladas”, dijo.

En sus encuentros con miembros de las etnias qom, wichi, charrúa y mapuche, pronto extendido a indígenas de otros países latinoamericanos, Uhart actúa como una observadora atenta de detalles mínimos e inesperados. Ese acercamiento le permite cuestionar estereotipos de distinto signo ideológico, desde el prejuicio racista que iguala a los indígenas con la ignorancia hasta la preocupación políticamente correcta porque tengan presente la memoria de los abusos. No se deja llevar por las mitificaciones corrientes alrededor del saber y los valores de los pueblos originarios; le parecen más auténticos los cruces entre lo ancestral y lo moderno, lo propio y lo extraño.

Con el transcurso del tiempo y de los libros -Visto y oído (2012), De Patagonia a México (2015)- Uhart planificó las entrevistas que haría en sus viajes. Pero no dejó de llevarse por los impulsos, y con frecuencia descubrió sus mejores interlocutores en las personas anónimas con que se encontró por azar. En Asunción, mientras espera a un periodista del diario ABC Color que le dará referencias para orientarse en la ciudad, se pone a hablar con el encargado de la cochera y lo convierte en personaje de su crónica; al despedirse de Paraguay, le pesa no haberse despedido de dos hermanos que tenían un pequeño negocio donde ella compraba algo cada mañana y se ponía a conversar.

Se enamoró de Paraguay, “un país humano”, y le dedicó varias crónicas; entre ellas, una dedicada a los titulares de los diarios locales. “Asunción no es una ciudad para develar misterios, es para ser celebrada en sus pequeñas cosas (…) y en la charla incesante de sus calles, con la hermosa cadencia del guaraní”, escribió.

“Ella no quería hablar, nos quería escuchar, conocer nuestras historias -recuerda Graciela Cros-. Sus acotaciones eran, siempre, ocurrentes y muy divertidas. Le gustaba recorrer el Barrio Alto de Bariloche, allí se había hecho amiga de muchachos senegaleses que vendían carteras o bijouterie y lo contaba con gran regocijo, como una niña”.

Cros destaca además que Uhart “era discreta”; y a tal punto que recién en junio pasado se supo que había donado 30 mil dólares, la mitad de lo que recibió por el Premio Iberoamericano Manuel Rojas, para el proyecto de la Escuela de Territorio Insurgente Camino Andado. El edificio de la escuela, ubicada en una zona periférica del noroeste de Rosario, llevará su nombre.

“Era divertida y rara -afirma María Teresa Andruetto-. No se entregaba a nadie. Era de desconfiar, en el sentido de que siempre estaba estudiándolo todo, con esa mirada escrutadora de una profunda y elegida soledad. Pero cuando murió, estaba rodeada de gente que la quería”. Uhart relató sus días de internación en terapia intensiva en “Yendo de la cama a casa”, y en esa crónica final, dice Mariana Enríquez, logra “un prodigio de observación y de ausencia de sentimentalismo absolutamente insólito”.

 

*Nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires, Hebe Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente -primaria, secundaria y universitaria- y colaboró con el suplemento cultural del diario El País de Montevideo. Escribió notas de viajes, crónicas de personajes y situaciones. Publicó, entre otros títulos, el libro de cuentos La luz de un nuevo día (1983); la novela Camilo asciende (1987); el relato Memorias de un pigmeo (1992); la nouvelle Mudanzas (1995); Guiando la hiedra (cuentos, 1997) y Relatos reunidos (2010). Adriana Hidalgo editora ha publicado Del cielo a casa (2003), Turistas (2008), y las crónicas de viajes Viajera crónica (2011), Visto y oído (2012) y De la Patagonia a México (2015). Su último libro es "De aquí para allá", cuyo fragmento publicamos en Anfibia.

 

 Leé la crónica "Corrientes tiene payé" del libro De la Patagonia a México (2015) de Hebe Uhart.

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Redacción Mayo

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