OPINIÓN

Los dolidos días del diciembre más caliente

En 2001, a 18 años de la democracia recuperada, Argentina se derrumbaba al cabo de una década neoliberal. La crisis más profunda estallaba en un país que no había conseguido quitarse la piedra de la deuda externa y la tutela del FMI que había dejado la dictadura más sangrienta. Por Alejandro Mareco

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Alejandro Mareco Alejandro Mareco 19-12-2021

En brazos de su padre, primero, y de un policía después, un niño ensangrentado conseguía escapar de la escena turbia de gases lacrimógenos y balas de goma que coronaron un episodio de saqueo a un supermercado, en Córdoba. 

Su mirada estaba atravesada por el miedo y la desolación de un día de espanto que jamás podría quitar de su memoria.

Así eran los días más calientes de aquel diciembre de 2001. En los televisores desfilaban imágenes desesperadas, gritos, llantos, violencia, destrucción, saqueos, represión. "Este país nos duele casi siempre, pero hoy fue uno de esos días en los que el dolor arranca lágrimas”, escribíamos entonces, acaso al final de cualquiera de esas ardorosas jornadas.

Argentina se había finalmente terminado de derrumbar. El que había sido un país capaz de contener a su pueblo, había sido el “granero del mundo” para disfrute de unos pocos, pero con el proceso de desarrollo industrial apuntalado desde el Estado que se produjo andando el siglo 20, había conseguido incluir a millones en el reparto de riquezas y derechos. Y ahora estaba en el piso.

La piedra en el cuello

Habían pasado apenas 18 años de democracia recuperada. Nunca se pudo sacar de encima la sombra de una dictadura militar que montó un sistema sangriento en la clandestinidad, como parte de un plan sistemático para la eliminación de opositores a un proyecto económico neoliberal que apuntaba a la concentración de riqueza en una minoría, mientras se lanzaba a la destrucción de la capacidad industrial.

Y en su retirada, luego de la derrota en la Guerra de Malvinas, nos dejó una pesada piedra atada al cuello: una cuantiosa deuda externa y con ella, la pérdida de la soberanía económica, tutelada ahora por el Fondo Monetario internacional (FMI). 

Una vez recuperada la soberanía popular, fuimos un país tembloroso para tomar decisiones, sometido al poder financiero internacional y sus recetas para ahogar el destino de los pueblos.

Esa fabulosa deuda no vino a situarnos en un estado de cosas mejor, sino que fue parida por la especulación, por la corrupción y, Domingo Cavallo mediante, por el inédito "acto socialista" de un Estado que transformó lo que debían algunos empresarios en una obligación de todos. Curiosa versión distributiva de los cultores de la meritocracia.

A comienzo de los años '70, la fuerte suba del precio del petróleo había hecho que los países productores dejaran enormes cantidades de dólares en los bancos y que estos, a su vez, salieron a prestarlos. La dictadura argentina y sus pares latinoamericanas fueron los tomadores ideales, pues no tenían que explicar sus desmanejos.

La presencia del FMI en un país siempre se trata de lo mismo: de su capacidad de extorsión para que los gobiernos cedan la autonomía en la dirección del rumbo nacional y para condicionar la política exterior. Por eso, al menos en el caso argentino, al FMI no le preocupa demasiado quién y para qué se piden los dólares. Y quiénes requirieron sus servicios, tanto la dictadura como el gobierno de Mauricio Macri, sabían muy bien de qué se trataba.

“La democracia argentina no acepta la trampa en la que el sistema financiero internacional y las minorías a él asociadas la han colocado al generar esta agobiante deuda externa. Los estados nacionales han sido usados para apañar a estos grupos especuladores”, dijo Dante Caputo, el canciller de Raúl Alfonsín, en 1984 durante una reunión regional.

Al estupor y el dolor que dejó la guerra, le seguiría, unos pocos años después, la gran crisis hiperinflacionaria que acorraló al gobierno de Alfonsín. Entonces, un pueblo de brazos caídos, con la buena autoestima extraviada, estaba listo para el golpe de knock out: la venta de los bienes de la sociedad toda (las empresas del Estado) y de los grandes negociados  en beneficio de algunos privados, como sucedió con la administración de los fondos de las jubilaciones (AFJP).

“Achicar el Estado es agrandar la nación” y “El Estado es mal administrador” (curiosamente, algunas  empresas estatales fueron vendidas a empresas estatales pero de otros países), eran las frases emblemas de los vencedores de la batalla cultural y mediática. 

Pero el cierre de fábricas y empresas empezó a multiplicar los números del desempleo mientras la deuda externa no paraba de crecer, pese al remate de los bienes comunes. En tanto, el paso de Carlos Menem a Fernando De La Rúa, siguió la misma receta de la convertibilidad y ya, frente al desborde de  la crisis, se planteó un ajuste mayúsculo.                                     

Habíamos atravesado una larga década de obscenidad en la que, mientras se repartían los espejitos del consumo en cuotas y del peso convertible a dólar, la estrategia neoliberal consumaba "la hazaña" de poner de rodillas al aparato productivo y de rematar las empresas del Estado, todo matizado con una pátina de frivolidad y de escandalosa corrupción. 

Así, asomamos al siglo 21 con más de la mitad de la población viviendo en condiciones de pobreza, con la certeza de que la nueva generación viviría en peores condiciones, así como otros sentimientos y presentimientos angustiados. 

Hacía tiempo ya que las luchas de los despedidos y las reacciones sociales frente a la necesidad creciente se desplegaban a diario en las calles y rutas. Hasta que el corralito también sacó a la clase media que, cacerola en mano, clamó: “Que se vayan todos”.

En aquel diciembre, el pánico en la escena nacional no sólo contaba el presente sino el futuro de los próximos argentinos, los niños que ya estaban y los que llegarían.

Quizá los primeros en darse cuenta de la fatalidad que se avecinaba fueron miles de habitantes de los barrios más humildes que salieron a buscar un poco de mate cocido y pan, y abrieron sus puertas para dar a sus pequeños vecinos una chance frente al hambre.

Fue una de las grandes hazañas de la solidaridad argentina, que brotó de manera visceral de corazones generosos, aun pobres entre los pobres, que al menos con varias dosis de meriendas calientes hicieron posible que gran parte del futuro quedara en pie.

El gran saqueo

El verdadero saqueo se había ejecutado sobre el pueblo argentino. Entonces, el FMI decidió soltarle la mano al gobierno de la Alianza. Tanta voracidad neoliberal había dejado al país tirado. Poco después, frente al abandono del mundo financiero, sería el Estado el que tendría que volvería a ser protagonista en el proyecto que siguió a la debacle.

“Hicimos probablemente muchas tonterías, muchos errores con la Argentina”, nos vendría a decir una década después el exdirector del Fondo Monetario Internacional Michel Camdessus.

Entre esas tonterías y errores, entre tantos números que parpadean voraces, las sencillas vidas de las multitudes argentinas atravesaron largas jornadas de angustia, dolor y en muchos casos desconsuelo. 

Pagamos y pagamos libras de nuestra carne de pueblo. Y casi cuatro decenas de muertos y cientos de heridos.

No es tan sencillo sepultar el pasado cuando se ha sufrido tanto.

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Redacción Mayo

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